El entierro de Ga-Nozri.
La oscuridad que llegaba del mar Mediterráneo cubrió la ciudad, odiada por el procurador.
¡Demente! ¡Morir de quemaduras del sol! ¿Porqué rechazar lo que permite la ley?
Quizá fuera el crepúsculo la razón del cambio repentino que había experimentado el físico del procurador. En un momento había envejecido, estaba más encorvado y parecía intranquilo. Una vez se volvió y, mirando el sillón vacío con el manto echado sobre el respaldo, se estremeció. La noche de fiesta se acercaba.
Las sombras nocturnas empezaban su juego y, seguramente, al cansado procurador le pareció ver a alguien sentado en el sillón. Cedió a su miedo, revolvió el manto, lo dejó donde estaba y empezó a dar pasos rápidos por el balcón frotándose las
manos. Se acercó a la mesa para coger el cáliz y se detuvo contemplando con mirada inexpresiva el suelo de mosaico, como si tratara de leer algo escrito... Era la segunda vez en el día que le aquejaba una fuerte depresión. Con las manos en la
sien, en la que sólo quedaba un recuerdo vago y molesto de aquel tremendo dolor que sintiera por la mañana, el procurador se esforzaba en comprender el porqué de su sufrimiento. Y lo entendió en seguida, pero trató de engañarse a sí mismo. Estaba claro que por la mañana había dejado escapar algo irrevocablemente y ahora trataba de arreglarlo con actos insignificantes, y sobre todo, demasiado tardíos. El procurador trataba de convencerse de que lo que estaba haciendo ahora, esta noche, no tenía menos importancia que la sentencia de la mañana. Pero la realidad es que le costaba mucho creérselo. Se volvió bruscamente y silbó. Le respondió un ladrido sordo que resonó en el atardecer, y un perrazo gris, con las orejas de punta, saltó del jardín al balcón. El perro llevaba un collar con remaches de chapa dorados.
—Bangá, Bangá —gritó el procurador casi sin voz.
El perro se levantó sobre las patas traseras y apoyó las delanteras en los hombros de su amo. Faltó muy poco para que le tirara al suelo; le lamió un carrillo. El procurador se sentó en un sillón. Bangá, jadeante y con la lengua fuera, se echó a
sus pies. Sus ojos estaban llenos de alegría, la tormenta había terminado y eso era lo único que temía el intrépido perro. Se encontraba, además, con el hombre al que quería, respetaba y veía como al más fuerte del mundo, el dueño de todos los
hombres, gracias al cual se creía un ser privilegiado, superior y especial. Pero tumbado a sus pies, sin mirarle siquiera, con los ojos puestos en el jardín semi a oscuras, el perro se dio cuenta en seguida de la apurada situación en que se encontraba su amo. Por eso cambió de postura. Se levantó, se acercó al procurador y le puso la cabeza y las patas en las rodillas, ensuciándole el manto con arena mojada. Seguramente quería demostrar así su deseo de consuelo y su disposición a enfrentarse con la desgracia al lado de su señor. Trataba de expresar esta actitud ensu modo de mirar al procurador y con sus orejas, levantadas y alertas. Así recibieron la noche de fiesta en el balcón, el hombre y el perro, dos seres que se querían.