Floreana, parroquia Santa María (150 habitantes), Puerto Velasco Ibarra, cuenta con alojamientos comunitarios alternativos que no se los encuentra catalogados en páginas tipoTripadvisor. A saber, en Floreana, existen las siguientes casas de huéspedes: Cactus, Santa María, Hildita, Lecocarpus, Pajas, Emperatriz. Estos establecimientos brindan un buen servicio básico de hospedaje, lo manifiesto sin ambages considerando la lejanía de la isla tanto del Ecuador continental (a 1000 km.) y de la isla capital cantonal y sede del gobierno provincial que se halla a 96 km., San Cristóbal. La tarifa comunitaria de hospedaje por persona varía de $20 a $30 la noche dependiendo del tiempo de estancia en el lugar. Se trata de casas de huéspedes dirigidas por residentes permanentes de Floreana -algunos descendientes de los primeros colonos ecuatorianos de la isla-, que ofrecen habitaciones independientes sin pretensiones pero cómodas, amplias, baño completo, ventilador e internet particular. A gusto me estacioné en Casa de Huéspedes Hildita (cuatro habitaciones dobles de aproximadamente 25 m² c/u), de don Santiago Eugenio Paredes.

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Lenguas viperinas me dijeron que Lovochancho ha dejado botando todo y se ha ido de larga vacaciones a las Islas Encantadas. No puedo más que echarme una carcajada cuando el propio acusado de vacacionista compulsivo no se cansa de repetir que su residencia en el planeta Tierra es perenne jornada de reflexión al grito de muera la esclavitud moderna. Lo que sí sé es que el señor Lovochancho está de paseo por las islas Galápagos, pues, como es su saludable costumbre, a donde fuere nos envía fotografías de lo que le viene en gana. A continuación colgamos las imágenes de “Lobos de mar durmientes”.

No soy lobo de mar, soy lobo de páramo, pero no quita que sienta un gran respeto por mis colegas acuáticos dormilones. Aquí tenemos a un venerable individuo en profundo reposo terrestre-urbano tras su última aventura oceánica”, Lch.

Lobo de mar durmiente

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Las ruinas del Morurco, podría ser el título de una novela de ciencia ficción existencialista que está circulando en universo paralelo. En este, nuestro mundo, el Morurco es una pequeña montaña estratovolcánica que está unida al colosal Cíclope, Doctor Araña o Cotopaxi. Hay una fotografía fenomenal, con la atmosfera despejada, que nos dejó el ya mítico señor Kantoborgy desde la cumbre de la Tioniza. (Acorde con las leyendas que se transmiten en las ondas largas de la radio-libre de Olegario Castro, el montañero Kantoborgy desapareció en acción ascensionista nocturnal en la espantable muralla sur de La Diosa Madre de la Abundancia. Se especula que transmigró a leopardo de las nieves, o mejor aún, se convirtió en dragón fractal; también se sospecha que vaga por recónditos riscos del Himalaya, tal como fue en su apariencia humana, con el beneplácito y amparo de los dioses himaláyicos). En esa memorable imagen panorámica aérea, se observa a la roca cimera del Morurco siendo sujetada por el gigante nevado. El Morurco, se asemeja a un castillo en ruinas o a una muela ceniza que se le desprendió al Cíclope, en cualquier instante de violencia magmática y piroplástica del millonario volcán pudo haber sido escupida a la intemperie. Las imágenes y notas que siguen son de los paseos diletantes del señor Lovochancho.

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El único verdadero viaje de descubrimiento consiste no en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos”, M. Proust

Su cabaña había sido levantada por los innumerables obreros moleculares del Arquitecto. La encontró tras atravesar un pequeño pero tupido bosquecillo de árboles endémicos de la zona, ahí mezclándose la sombra del chereco con la del arabisco, la del ceibo con la del cholán morado, ahora sabe sus nombres vulgares junto a otros individuos vegetales que entraron en la fiesta aromática de bienvenida regalando los efluvios de flores de variado color, ya formando ramilletes blancos, ya siendo cálices rosados o campanillas azules. La luz filtrándose entre el ramaje, daba a las hojas secas del suelo una profundidad claroscura que hacía un cuadro salvaje e inconmensurable ante él, parecía sacado de una de las espirales para andar largo de Valle del Silencio, era como si Mente VS lo hubiese colocado en el punto de partida del sendero que al final lo agasajaría con el hallazgo de un refugio hecho a medida para satisfacer sus deseos de reposo, y de aprovechar la belleza silvestre caleidoscópica de turno, mientras se nutría con los manjares dispuestos por ubicuo Gastrónomo. Pero, no, se trataba del arbolado acceso posterior al hogar de Rancho Pm.

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Café Vía Tarot

No sé cuántos meses, años o décadas han transcurrido desde que asistí a la inauguración de Café Vía Tarot. Fue un evento inolvidable porque no hubo otros invitados ni acto ceremonial por parte del anfitrión, todo se dio directo a las cosas de contemplar. Desde entonces aguardo a que el rato menos pensado surja la siguiente convocatoria al refugio de Xavier Pacheco, donde cada vez asoma un renacido Café Vía Tarot. Aquí dejo a los amigos del blog Bípedos Depredadores algunas imágenes raptadas de ese tiempo-espacio singular de las pinturas del maestro Pedro Niaupari navegando en los barcos armados por Xavier Pacheco.

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Hay libros con un barniz infantil que son para bucear en ellos bastante después de haber superado la niñez, como El Principito, de Antoine de Saint Exupery. El autor del Principito, desde la dedicatoria, deja en claro que el libro va dedicado al niño que aún reside en el corazón de un adulto de cualquier edad, o sea, va dirigido a un joven de por vida, el que no ha perdido su capacidad de asombro, de admirar y alimentarse de lo sencillo que es en sí lo complejo. El Principito, en su asteroide B 612, amaba a la flor vanidosa que cuidaba junto a una oveja y a tres diminutos volcanes, dos en actividad y uno apagado al que también deshollinaba, por si acaso despierte de repente y no lo vaya a sorprender con una erupción plínica.

El Principito abandonó temporalmente a sus compañeros planetarios por el prurito de ver qué había fuera, tal vez lo suyo era caduco y no valía la pena tanta devoción por los ralos habitantes del asteroide B 612. Así viajó en el espacio visitando otras esferas donde la gente se hallaba enajenada por sus deseos mundanos. Sus aventuras no fueron en vano, moverse hacía fuera no vino a ser un circuito superficial, estar lejos de su hábitat lo hizo verse a fondo a sí mismo, y entender que sus rituales en casa constituían su verdadero tesoro.

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En este trocito de planeta Tierra se ha iniciado el trueque de “cosas finas”. Prácticamente se han desvanecido las antipatías contra el cannabis como herencia de la hipocresía mundial. Más allá de que está aún fresco el recuerdo de la feroz campaña que se dio por el SÍ o por el NO en el motejado referéndum del cáñamo, para que cada municipio cantonal de la república decida legalizar el cultivo de la hierba para usos gastronómicos y terapéuticos. Fue un acontecimiento que sacudió a propios y extraños, se convocó al pueblo soberano para que acuda a las urnas a definir la suerte de una sola pregunta, muy elemental, pero cargando toda la intencionalidad y misterio que el ciudadano común, y el extraordinario quiso darle. “¿Aprueba usted que el cáñamo sea cultivado sin ánimo de lucro, bajo la modalidad del trueque, con fines gastronómicos y terapéuticos?”. Nuestra pequeña república es famosa por las convocatorias a que el pueblo decida en asuntos tan complicados de macroeconomía como en cuestiones que afectan la salud de Gaia o el fuero interno de cada quien. En el papel somos campeones de los derechos de la madre Tierra a no desangrarse por las ambiciones desarrollistas del bípedo depredador. Y, en situ, en concreto, mediante los resultados del referéndum del cáñamo, se han derrumbado prejuicios que naciones poderosas, de escuela liberal, no lo han hecho hasta la fecha.

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Nunca antes habíamos entrado a la Capilla del Hombre. Ayer, los cabecillas del blog-editorial Bípedos Depredadores, y, por inercia, luchadores autónomos del Movimiento Utopista Anarquista (MUA), estuvimos de cerca con el pensador Ignacio Ramonet, oriundo de Galicia, tierra de ondulantes verdores serranos y donde anida la Costa de la Muerte. “Alguna vez morí en sus acantilados, abrazando el regazo oceánico de Diana de Bergantiños, y renací en sus bahías ahítas de perfumados sargazos”, diría el desaparecido fundador del MUA, Salvador Pineda Pinzano, de su estancia en Malpica.

A los cuartos aquilinos de Bípedos Depredadores, nos llegó una simpática invitación, en forma de pasador de libros, para asistir a la conferencia que encarnó el pretexto para lanzar estas reflexiones personales. Somos precavidos, nos metimos a investigar con antelación qué podía decirnos el pensador gallego acerca de “La explosión del periodismo”. Por supuesto, usamos los motores de búsqueda del ciberespacio, no se trata de embutirse cualquier cosa a cuenta de “conferencia magistral”, que es pan desabrido de los días globalizados, tal como “Los caminos garantizados al éxito” o el “ABC de la excelencia”. Sí. Somos reacios a atender toda convocatoria que sugiera actualizarse en lo de autoayuda y/o autocompasión.

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