Fue un libro el que comió Juan en Patmos
como una rata; pero a mí me gustan más las frambuesas.
Le llenó de amargura las entrañas
y tuvo después muchas visiones.
¡Nathanael! ¡Cuándo hayamos quemado todos los libros!!!

André Gide, Los alimentos terrestres

 

Cruzó como una exhalación por los altos Andes, entre las nubes, la nieve y el viento, casi al anochecer:
– ¿A dónde vas Juan, montado en ese caballo arposo y amarillo?
– Me estoy yendo no sé si a Chobchi o Altamira, aunque ésta dicen que está cerrada.
– ¿Por qué no te quedaste en Patmos mismo?
– Porque en estos últimos tiempos los curas ortodoxos convirtieron mi caverna en show center para turistas.
– ¿Y por qué no viniste más bien en el caballo negro?
– Porque él y “el sentado encima de él” con su balanza de libre mercado en la mano, se fueron a la Bolsa de Nueva York, donde están gritando, les oigo desde aquí arriba:

”Dos libras de trigo por un denario
y seis libras de cebada por un denario…”

–A los corredores de biocombustibles y petróleo.
– ¿Y la muerte qué se hizo, acaso se murió?
– No, no está jineteando porque se encuentra en Tierra Santa, Irak y Afganistán matando justos e injustos por cuenta del Anticristo.
– Así ha de ser…

Y jinete y cabalgadura se hicieron humo.

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El peso de la libélula

Absorta
flotando en la neblina
estuosa
una libélula
cae entre mis muslos
como en un bosque
entre dos montañas.
me posee
estremece mi vientre
hasta quedarse inmóvil.

Se instala con sus nombres
sus metálicas patas
algas sustantivas,
sueños acuáticos de larva .

Atrapa en los rincones
mis oscuros recuerdos
inconscientes.
Martilla en mi memoria
bisbiseando verdades
no asumidas..

Yo entonces naufragaba
en un mundo rosacálido
perdida en el limbo
de la madre.

Informe perezosa
aceptando los nombres convenidos
los límites impuestos, las razones
asignadas.

¡Abre los ojos Despierta¡
Alguien llama desde no sé
dónde
golpeando la puerta del destino
entre voces que se pierden
me pierdo al fin… Continue reading

Esta noche

Dos peces
de fuego
como tijeras siderales
penetran en la inmensidad de esta noche
fuente profunda y eterna.

Arrastran tu recuerdo
extraño
como un fruto permitido.

Mascullo su aroma
en el umbral de un bosque líquido,
espejo de pájaros vegetales.

Persigo la tibieza
de tus caricias
raíces escolopendras
que en algún tiempo
me alimentaron de la tierra.

Presiento la humedad salobre
de tu voz
fluido subterráneo
antesala del silencio.

La oscuridad cae
densa, retaceada
asfixia mi piel
entre las sábanas

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