Qué hermosa se la ve y cómo luce perfecta y armoniosa;
su cuerpo, igual sirviera de pedestal de pórfidos astrales
lenificado en la hierática virtud de la ternura
para erigir su rostro, divinamente bello,
enmarcado en la gracia inefable de la dulzura plástica,
como de una madona esculpida con cincel de un Buonarroti.

Sí; y ella sabe; se siente fascinante y depurada
y en su interior existe vibración de culto a la soberbia.

Soy bella, se dice; en tanto va humillando a su camino
un caudal de altivez que injuria y somete a quien la mire.

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