Mundo artificial

Una blusa azul cobalto. Igual al cielo que filtra el grueso cristal ámbar que sella en la estructura de aluminio por ventana. El silencio característico se corta de golpe en el andar agitado de quien busca inspiración. —Tengo que verlo por última vez. —Se repite mientras fuma a escondidas dentro de la galería, piensa que solo ocurre cuando la imaginación se crea dentro de uno, sin poder salir al mundo real, y camina: ¡Sí! en unos instantes no sabes qué hacer, ni qué decir, echas un vistazo al reloj, disimulas y allí estás frente al maldito lienzo en blanco.

Detuvo los pasos al finalizar justo delante del inmenso Cuadro. Apenas respira, impresionada. Hay que reconocer que en este juego se necesita una extraordinaria habilidad. Es un mundo artificial, alejado de todo naturalismo, donde hay otro sentido de la materia y de las sorpresas que pueda causar: el agua derramada que se reúne de imprevisto en gotas redondas. Al atardecer, las luces en lo alto de las torres se confunden con la atmósfera de lejanía. Todo se vuelve enigmático y parece tener un significado, ya sea la escalera, la llave, el pájaro o el árbol solitario, pero nosotros no vemos ninguna razón para descifrar esos enigmas que nos priva del encanto de ver más allá del lienzo. La solución es tratar de evitar las ilusiones evidentes, que nunca se vuelvan solemnes en sus misterios.

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