El maldito Edi y nosotros

Mi existencia la debo al Maldito Edi (o a cualquiera de ellos). Sin él no hubiera nacido, ni yo ni Eugenia, y la vida en el pueblo no hubiese tenido sabor, ni sueños. Pero, sinceramente, no le estoy agradecido. Ya no.

El Maldito Edi es un vago y narrador. No tiene una edad exacta y su imagen es una contradicción. Hace mucho tiempo, algunos dicen que desde que se formó nuestro pueblo, él aparece periódicamente, trae cosas asombrosas, para las que siempre existen compradores, cuenta historias, y, sorpresivamente, así como llega, desaparece. Nadie sabe exactamente de dónde viene y a dónde va, cuándo aparecerá de nuevo, tampoco cuál es su origen y su nombre verdadero.

Los campesinos de mi pueblo dicen que él es gitano: un día le habían echado de la aldea por incesto y le habían condenado a errar infinitamente en soledad (de ahí proviene su apodo, según la versión). Sin embargo, no está claro hasta dónde esta versión responde a la verdad, sobre todo porque la última vez el Maldito Edi fue rubio, con ojos azules, labios delgados y rosados, alto, fornido, elástico, y parecía más un alemán que un gitano.

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