El Trono

Recargué el arma una vez más, y aspiré con fuerza el aire caliente que se levantaba del suelo: denso y pesado como fuego vivo cayendo a plomo por mi garganta. Era el último que quedaba en pie, el último de los míos. Ramírez había caído partido en dos hacía tan solo unos instantes. El Astarte le había roto la columna vertebral de un solo golpe, con pulcra furia concentrada. Así que sólo quedaba yo, con mi viejo fusil de precisión HK y un par de granadas. Poca cosa frente a las circunstancias.

Aquel ser actuaba de manera extraña. Se había detenido sobre los restos de mi compañero, ajeno a lo que le rodeaba. Lo vi allí, inmenso y erecto, y sentí una gran envidia. Una fría y asquerosa envidia gris que me subió de golpe por toda la espalda. El hijo de puta era superior y se sentía muy bien al respecto. Tan seguro de si mismo, tan capaz y dotado, sin rezagos de inseguridad o de miedo. Sólo una implacable determinación de victoria y poder que no dejaba lugar para nuestra esperanza. No sé, creo que fue en aquel momento cuando me di cuenta de que aquella era mi oportunidad.

Apunté bien mientras aspiraba aquel aire espeso.

Todo había ido rápido, demasiado rápido. Había sido un ataque sorpresa de tres Divisiones del Ejército de Resistencia Libre: 5.000 hombres con soporte de artillería y caballería aérea, la mayor ofensiva realizada hasta la fecha. Al frente de la carga estábamos nosotros, Escuadrones Esparta. Los más entrenados, los curtidos, los que habíamos logrado sobrevivir al exterminio.

Fue fácil acabar con los primeros guardias de la zona de perímetro, y también con las Tropas de Defensa que protegían la zona – la gente que se había pasado a su bando, humanos esclavos del miedo. Pero luego, cuando aparecieron ellos, comenzó la verdadera carnicería. Por cada uno que eliminábamos, exterminaban a quince de los nuestros.

Habíamos logrado llegar a las Puertas de la Antesala usando lo más duro de nuestra infantería, dejando la piel, literalmente regada, en cada tramo del camino. Se había peleado cada metro, cada palmo del terreno y cada baja de sus fuerzas. Les habíamos dado duro. Pero ellos nos habían masacrado. Cuando logramos eliminar al último Histaty tan solo quedábamos tres de nuestro Escuadrón en pie: Kairos, Ramírez… y yo. Y habíamos perdido la comunicación con el resto de las unidades. Estábamos solos en medio de aquel infierno. Pero pese a todo, decidimos avanzar.

Habíamos entrado en la gran sala con mucho cuidado, de forma táctica, para encontrarnos un suelo repleto de cuerpos destrozados y muros y pilares asolados por cientos de impactos de bala. Había sangre por todas partes y un hedor espantoso flotaba en el ambiente. Era una locura, pero habíamos llegado tan cerca… que nos descuidamos. Entonces apareció él: el Astarte, el Jefe Supremo de la guardia real. La última barrera entre nosotros y el maldito Trono.

Tenía el largo pelo negro recogido en trenza sobre la espalda. El porte marcial, perfil de águila de guerra; un torso hercúleo y aquellos poderosos brazos capaces de romper el cuello de un caballo en solo dos segundos. Su aspecto era de líder, como así lo indicaba su armadura negra y dorada. Su mirada era la de un asesino: aquellos afilados ojos color verde frío. Sabíamos que para llegar a ocupar ese puesto había tenido que pelear en numerosas batallas, y derrotar a los mejores de su propia raza. Seguramente, con sus propias manos había dado muerte a decenas de nuestros hombres, y seguramente había exterminado poblaciones enteras indefensas en sus numerosas expediciones de castigo. Si estaba allí era porque lo merecía.

Nos ha visto – Susurró Ramírez por el comunicador. Pero estaba claro: nos había visto, escuchado
y calibrado de sobras mientras explorábamos la sala. Habíamos descuidado la guardia, y el Astarte había tenido tiempo de ganar una posición perfecta. Él conocía mucho mejor el terreno y sabía cuales eran nuestras posibilidades. Mucho mejor que nosotros mismos.

Dispersarse, esa era la consigna cuando te enfrentabas a ellos. Cuerpo a cuerpo no había nada que hacer, se trataba de cubrir los flancos y ajustar la puntería. Respirar, aspirar, respirar, siempre atentos a la mínima señal de movimiento. No habría diálogos, ni tiempo para condiciones, seria rápido y certero, con su afilada Krisha de doble hoja cercenando tus entrañas antes de poder decir… ¡Jesús!

Tuve suerte, ya que aquel engendro acabó con Ramírez y Kairos en tan solo unos segundos. Como si fueran perros, como si sólo fueran carnada. Apareció por detrás de una columna antes de que pudieran Reaccionar, y para cuando apuntaron ya estaba demasiado cerca de ellos. Demasiado juntos, demasiado lentos, demasiado estúpidos. La hoja cortó el metal, y la carne y los huesos. La mano libre atrapó la cabeza de Kairos y la estrelló contra el suelo arrastrando todo su cuerpo, como si solo fuera un simple muñeco de trapo.

Con Ramírez se entretuvo, se dejó llevar. Mi compañero dejó de aullar mientras aquel ser rompía sus huesos y quebraba sus articulaciones, reduciendo su cuerpo a un amasijo de carne. Fue algo extraño, absurdo, impropio de un guardián de su rango. Se dejó llevar por alguna emoción salvaje, concediéndome un instante de tiempo precioso. Cuando se levantó del suelo totalmente empapado de sangre supe que aquel era mi momento.

Dejé de pensar y apunté el arma como autómata, como había aprendido a lo largo de todos mis años de entrenamiento. Fue un solo disparo, justo en el nodo, con pulso firme y respiración contenida; una bala calibre 300 a 900 metros por segundo atravesando el aire de la sala. Después… la sangre y los sesos se estrellaron contra el suelo.

El monstruo se derrumbó. Con un agujero enorme donde antes tenía la nuca. Lo había tumbado. De un solo disparo. Y sentí como si hubiera recibido un milagro. Mi corazón latió con tanta fuerza que casi caigo al suelo de rodillas. Kairos, Ramírez, Andreas, Marcus… todos habían caído. Sin embargo yo todavía seguía en pie. Era el último de los míos.

Giré 360 grados mientras trataba de calmar mis pulsaciones. No había señales de movimiento, tan solo las enormes columnas, los estandartes imperiales y la gran puerta. La sala era titánica y descomunal, hecha a la escala de ellos. Estaba repleta de emblemas y estatuas, terribles replicas de sus líderes esculpidas en granito rojo. Como si fueran dioses. Allí estaban sus símbolos y sus odiados colores: el Negro, Rojo y Dorado. Y encima de la puerta estaba la pirámide, claro, la maldita Pirámide del Universo. Entonces recordé lo que había pasado.

Casi perfectos

Al principio pensamos que eran dioses. Parecían dioses. Cuando llegaron, la sorpresa no fue descubrir que hubiera vida fuera de la Tierra, ni tampoco que existían seres inteligentes en otros planetas. Lo que nos dejo atónitos fue encontrarnos frente a frente a los seres más perfectos que Dios parecía haber creado.

Aparentemente eran similares a nosotros, quizás un poco más grandes, pero muy parecidos. Eran bípedos, tipo homínido, tenían división sexual entre machos y hembras, y pertenecían al orden de los mamíferos… Sin embargo, ellos no tenían debilidades. Eran imponentes. Como una versión muy mejorada de la raza humana.

Poseían una constitución física extraordinaria, músculos y cuerpos totalmente desarrollados y una estructura ósea mucho más recia que la nuestra. Tenían un metabolismo prodigioso, y su estado físico era diez veces superior al del mejor de nuestros atletas.

Por otro lado su inteligencia era descomunal. Poseían una vasta capacidad cognitiva, y grandes aptitudes para la lógica. No dejaba de sorprendernos la rapidez con la que habían aprendido nuestros idiomas, frente a la dificultad que para nosotros comportaba su extraña lengua: el Ak´thell.

Dominaban la física, las matemáticas, la lógica y poseían una enorme capacidad de ingeniería. Nos hacían parecer niños pequeños jugando con espadas de madera.

Pero lo más sorprendente de todo fue su belleza, su carisma: eran seres hermosos, realmente hermosos. Parecían tocados por la gracia de Dios. Sus facciones, sus ojos, la armonía de sus rostros -tanto en los machos como en las hembras – todo emanaba una sensualidad y atractivo deslumbrantes.

Caminaban a tu lado y notabas que desprendían seguridad, auto confianza, orgullo de ser quienes eran. Y tú no podías dejar de sentirte algo menos, como inferior, como una especie de segunda.

Cuando los mirábamos veíamos seres evolucionados. Seres casi perfectos. Fueron invitados a participar en nuestras competiciones, a jugar nuestros deportes, a pugnar con nuestros mejores muchachos. Y arrasaron.

Los medios los adoraban y las masas soñaban con poder tocarlos. Eran la manifestación suprema de la selección natural del ambiente: su metabolismo había tenido que adaptarse a condiciones de vida imposibles para nosotros, y habían logrado sobrevivir en ambientes extremos e inhóspitos. Su sociedad no lo había olvidado, así que al parecer no habían dejado mucho lugar para el hedonismo.

Todos se encontraban en perfecta forma física fruto de una genética superior y un entrenamiento totalmente riguroso. Ninguno parecía viejo, ninguno se veía enfermo.

Era extraordinario, y desalentador. Nos derrotaron una y otra vez sin que nuestros mayores esfuerzos lograran provocar más que alguna disculpa. En todas las contiendas, en todo lo que implicara competir o enfrentarse, al final siempre nos avasallaban. Y aunque aquello parecía incomodarles, lo que se mostraba en sus numerosas disculpas diplomáticas, podíamos adivinar que en el fondo disfrutaban. A ratos parecía que para ellos la Tierra era un mundo de juguete, y que los humanos éramos tan solo indígenas subdesarrollados. Su capacidad trascendía cualquier cosa que hubiésemos imaginado y eso nos bloqueaba. Ellos eran líderes naturales y deslumbraban a las multitudes.

Se presentaron como los Elohim. Y muchos dudaron. Quizás fueran Dioses, los antiguos Dioses.

Quizás era hora de un mundo nuevo.

El orden natural de las cosas

Entonces llegó el día, el Día de la Nueva Era. Como todo lo que se refería a ellos, había sido calculado a propósito. Era el 31 de Diciembre del 2020, y querían darnos un mensaje.

Organizaron un gran evento: una cumbre internacional en la sede de las Naciones Unidas en Washington. Convocaron a nuestros principales dirigentes, a los mayores medios, y su máximo representante – el Eloah – se dirigió en directo a los 8.000 millones de personas que contenían el aliento.

Aquel día, imposible de olvidar ahora, nos dijo lenta y serenamente, con toda la calma que proporciona hacer lo correcto, que iban a cambiar las cosas. Después de haber convivido un buen tiempo con nosotros, después de haber compartido experiencias conjuntas, después de haber podido conocernos en amplitud, habían entendido que éramos una especie con problemas de autogobierno.

Según su criterio, una especie en proceso de desarrollo. Así que ellos habían decidido tomar la responsabilidad de asumir el tutelaje de nuestro planeta. Iban a convertirse en los regentes temporales de nuestro mundo, en nuestros mentores. Lo habían consultado con nuestros líderes, y ellos estaban de acuerdo.

Nos quedamos paralizados. Parecía una broma, o un sueño, una suerte de locura bizarra. Aquellos seres habían decidido tomar el control de nuestro planeta y de nuestras vidas, sin dudar un solo momento, sin vacilar un simple instante. Como si fueran Dioses.

La mayor parte de la gente accedió al principio, como desbordados por la inercia. Estábamos tan confundidos acerca de lo que conocíamos, nos sentíamos tan inferiores, y estábamos tan cansados de la capacidad de nuestros gobiernos para resolver nuestros problemas, que muchos se alegraron por la noticia. Aquellos seres podían enseñarnos el camino de la luz.

Pero hubo gente que no estuvo de acuerdo. Así que dos semanas después comenzaron a manifestarse las primeras muestras de desobediencia. Y el velo que teníamos en nuestros ojos comenzó a fisurarse.

Aquella no era una decisión negociable, no era un dialogo entre pares. Allí no había nada que discutir. Ellos habían tomado el control de nuestro planeta porque eran superiores a nosotros. Y eso implicaba una relación vertical: el nuevo orden especificaba que no éramos especies iguales. Si discutías, simplemente eras eliminado.

En una semana ya tenían el control de nuestros mayores ejércitos, de nuestros misiles, de la policía.

En un mes manejaban los medios, la banca, los gobiernos… el dinero. En un año toda nuestra estructura estaba en sus manos.

Los Elohim tenían a muchos hombres disponibles para ejecutar sus órdenes, eran millones los que preferían someterse a ser masacrados. Su sistema piramidal recompensaba a los más fieles, de modo que nunca les faltaban sicarios dispuestos a vender su alma por un pedazo de carroña. Sin embargo, cuando se trataba de reprimir las protestas, las manifestaciones, o los atentados, entonces intervenían ellos en persona. Como para inculcarnos que resistir era algo inútil. Como para enseñarnos que por mucho que lo intentásemos, ellos siempre serían un eslabón superior en la cadena.

Comenzamos a entender. La idea no era gobernarnos. Lo que querían era someternos, doblegarnos, romper nuestra fe y confianza. Y para ello, el mejor medio siempre ha sido el miedo, el virus del terror corroyendo la esencia de todo coraje. Querían quebrar nuestras mentes, nuestras almas.

Inculcarnos que sólo éramos razas inferiores que debían asumir su puesto en el nuevo orden del universo. Un orden piramidal, absolutista, en la cima del cual, por supuesto, se encontraban ellos.

Cuando comenzó el caos, y el terror, y la desesperación fueron apoderándose poco a poco de nuestra gente, comprendimos cual era su verdadera naturaleza. Para los Elohim someternos era un entretenimiento. Algo que les permitía sacar a flote sus increíbles recursos y explorar el goce de sentirse poderosos. Era algo que les estimulaba, les hacia vivir intensamente. A ratos no sabíamos si peleaban contra nosotros, o si simplemente, competían entre ellos. Como si nuestras vidas no tuvieran mayor significado que el de los animales a los que se caza.

Aquello fue lo peor: sentirte tan poca cosa, sentirte frágil y humillado. Sentir que no les importaba lo más mínimo, que para ellos sólo éramos bestias inferiores. Sentir que a pesar de ser seres sensibles, y de nuestra capacidad humana, y de nuestra inteligencia, no éramos sus semejantes. Y que por lo tanto nuestro dolor, no era el suyo.

Esos eran nuestros nuevos Dioses, aquellos que habíamos esperado tanto tiempo: seres bellos, fuertes y avanzados; seres crueles y despiadados sin el menor rastro de escrúpulos o remordimientos. Y aunque algunos pensaban que era un justo castigo, y que habíamos hecho suficientes meritos como para merecer su pie sobre nuestro cuello, al final llegamos a entender que tampoco ellos eran perfectos. Y eso fue lo que despertó la chispa: entender que no eran Dioses, que no eran los malditos elegidos, y que no nos iban a salvar de nada. Tan solo eran unos despreciables y condenados monstruos sedientos de sangre, poder y dolor ajeno que nos habían invadido. Y al final entendimos que aunque realmente eran fuertes, si te esforzabas mucho, al final podíamos matarlos.

La resistencia comenzó a generarse en todos aquellas poblaciones autónomas donde la gente había aprendido a cuidar mejor de ellos mismos. Gente con adiestramiento militar y entrenada en técnicas de supervivencia. Poblaciones que habían resistido toda la vida. Nuestros guerreros. Los humanos aprendemos pronto, y pronto aprendimos a explorar sus puntos débiles y a defendernos. Creo que aquello les excitaba, y también creo que lo habían previsto. Pero no había otro camino, y comenzamos a plantarles cara con tenacidad, a base pura obstinación y sacrificio.

Los nuevos Dioses tenían un punto débil: eran arrogantes. Despreciaban la debilidad, y no toleraban la compasión. Y también eran menos que nosotros, muchos menos. Así que empezamos a devolverles la moneda. Cuando capturábamos uno, lo triturábamos. Y cada Elohim que conseguíamos matar se convertía en una gran victoria de aliento. Así que paso a paso, y con mucho esfuerzo, comenzamos a ganar algunas pequeñas batallas.

Fue ahí cuando comenzó la masacre, realmente. Usaban topos, infiltrados, tipos que nos vendían a cambio de ser favorecidos. Establecieron ejércitos de humanos, las Tropas de Defensa – los grupos de morralla les llamábamos –, y se instalaron en fortalezas inexpugnables. La guerra se endureció, y nos vimos obligados a matar a nuestros propios hermanos. A ratos pienso que ese era el juego, romper nuestra humanidad, quitarnos toda esperanza. Casi lo logran los malnacidos.

Aquello se convirtió en una guerra de guerrillas, no había otra forma de pelear contra ellos. Fue la única forma de combatir en aquella guerra asimétrica; hostigándoles con ataques rápidos y sorpresivos. Joderles todo lo posible y no dejar uno vivo. Y así fue como aparecieron los Comandos Esparta, las fuerzas de elite de la resistencia humana. Hombres formados con un solo objetivo en la mente: exterminar a aquellos monstruos.

Cada Batallón se componía de diez Falanges. Cada Falange de tres Escuadrones. Y cada Escuadrón de cinco hombres. Ramírez, Kairos, Andreas, Marcus y yo. Mi equipo. Una extraña mezcla de latinos, alemanes y griegos. Una mezcla algo espesa, pero al fin y al cabo un buen equipo…

Para cuando llegamos a la antecámara tan solo quedábamos tres. Pero aquel **** de Astarte se había encargado de que solamente yo siguiera vivo. Así que allí estaba: el último de los míos. Con mi viejo fusil HK y mi par de granadas. Frente a las puertas de la sala del Trono. Justo a punto para encontrarme cara a cara con los Regentes: con el Rey y su furia, la Reina Roja.

Alguna vez los había visto en los archivos de la central de inteligencia. Altivos e imponentes como dioses olímpicos tallados en piedra de silex. La cima de la pirámide, los elegidos para la gloria.

Según la filosofía Elohim, el orden natural de las cosas no daba pie para ideas ingenuas: en un mundo despiadado la igualdad era algo absurdo. Su organización dividía a los individuos en estratos diferenciados y le asignaba a cada uno una función clara y específica. Tanto vales, tanto eres. Como nuestros antiguos sistemas feudales, pero sin la rigidez obtusa de aquellos tiempos. Ellos permitían a sus miembros ascender y descender en la escala, compitiendo, demostrando quien era el más fuerte, el más hábil o el más inteligente. El máximo nivel eran los Regentes. Y ellos eran los que esperaba encontrar tras aquellas puertas.

Ajusté el sensor que regulaba la visibilidad de mi casco, y me agaché para descansar mientras examinaba la escena. Allí delante estaba la puerta, y todo estaba en calma, como un lago de agua clara mezclada con litros y litros de roja sangre espesa. Un pobre humano frente a los Dioses. Solo, únicamente armado con mi pobre equipo de asalto especial, y un cargador y medio de munición, sin apoyo de ningún tipo. Aquello era un suicidio.

En aquel momento sonó la alarma. Se disparó. La luz roja que indicaba la hora comenzó a parpadear intermitentemente. Eran las 10 de la noche, y era martes, ¡su puta madre!

El mundo en tus manos

Rápidamente busque el comando de salvar posición, ya que por suerte estaba en un punto franco.

Busqué el botón X en el lado derecho de mi casco, finalicé la conexión y apagué los controles del sistema. Dejé el fusil en el suelo y comencé a desabrocharme el cierre de seguridad del chaleco. Se me había pasado el tiempo volando.
Me levanté el visor 3D para poder ver mejor, mientras me afanaba por desanudar los cierres de mi chaleco de retroimpacto. Aquel era un trasto caro, pero increíblemente útil, y la verdad había sido mi mejor inversión de la década. Salí pitando mientras maldecía mi estampa.

Cuando la industria de los juegos de realidad virtual había logrado sacar los nuevos dispositivos Home 3D, parecía que no se podía ir mas lejos; a nivel visual era ya cuestión de los propios programadores. Sin embargo aquella compañía canadiense lo había logrado: Sincro. Había sido un salto de gigantes, pero aquel traje multisensor además de permitirte realizar todo tipo de movimientos, te permitía sentir sensaciones virtuales en tu propio cuerpo por estimulación radioeléctrica. Era como vivir mil experiencias en carne propia.

Para poder jugar tan solo necesitabas una habitación vacía de 3×3, un enchufe a la red eléctrica y una toma de conexión a la red. Bueno, y también un poco de dinero… bastante dinero. Al final de cuentas aquello era una buena inversión, necesitabas gastarte una pasta para tener todo el equipo: Consola, proyector, visor 3D, armamento electrónico y el traje nuevo de Sincro. Todo junto, unos 10.000 a 12.000 euros. Casi como un coche. Solo que bastante mejor. Más estimulante.

Por último estaban los juegos, y una cuenta a tu nombre en alguno de los proveedores. Aunque aquello no era caro, al menos no para mí. Y eso me recordó que tenía que salir corriendo sino quería quedarme sin el trabajo.
Dejé las cosas en el suelo, cogí la chaqueta del colgador y metí la cartera, el móvil y las llaves en la mochila; con mucha prisa me mojé la cara en el lavabo. Por un momento pude ver las bolsas oscuras que se me estaban formando bajo los ojos, la cara de zombi trasnochado, la piel cada vez más blanca.

Pero no había otra, aquello era lo que había. Apunté mentalmente que había que cambiar el grifo que goteaba y salí corriendo de la casa.

Tuve suerte y logré coger el ascensor vacío, justo a tiempo para bajar los 10 pisos que me separaban de la calle. Abrí la puerta, saludé a la señora María que sacaba a pasear su Bull Terrier a la hora habitual y salí pitando hacia la boca del metro. Con un poco de suerte cogía a tiempo el de “y cuarto”. Llevaba tres minutos de retraso.

Las nuevas consolas de realidad virtual habían cambiado definitivamente el mundo de los videojuegos. Ya no existían más videojuegos, o videogames, a partir de ahora era pura realidad virtual, o fantasía, o ciencia ficción, o lo que fuera. La nueva generación de dispositivos te permitía experimentar y vivir en tu propia piel tanto la realidad de un combate en primera persona, como un vuelo fantástico sobre un precipicio, como la adrenalina del terror puro recorriendo tus entrañas… de una forma que nunca antes habías imaginado. Era como la vida misma. Solo que no, era mejor, mucho mejor. Más real de lo que se pensaban.

A medida que habían avanzado los dispositivos de captación de movimiento, la jugabilidad había evolucionado terriblemente. Hoy en día, el personaje hacia todo lo que tú querías que hiciese. Solo necesitabas un buen juego. Y este juego era el mejor juego de todos: The Grace of God – El mundo en tus manos -.

Llegué a la boca de Urgell justo a tiempo para lograr colarme con un joven con chaqueta de cuero y la A inversa de la anarquía pintada en la espalda. Me disculpé por empujar a unas chicas que volvían seguramente de la universidad y salté las gradas de las escaleras de cuatro en cuatro. Cuando llegué abajo estaba pitando la señal de cierre de puertas y me logré introducir un segundo antes de que cerraran. Me faltaba la respiración y el corazón me latía como demente. Algunos pasajeros me miraron un instante con curiosidad, pero pronto volvieron a sus grises pensamientos cotidianos. A esta hora todos tenían cara de apaleados. Para mí era lo contrario. Miré el reloj, mi turno acababa de comenzar.

The Grace of God había sido el juego revelación del año. La gran sensación de la temporada. Con cerca de 15 millones de copias vendidas, The Grace se había convertido en un éxito inesperado.

Desarrollado por Xenius, una nueva empresa Anglo-Oriental, el juego llevaba la generación de personajes virtuales, dotados de inteligencia propia y capacidad de reacción a unos niveles asombrosos. Ellos existían. Los Elohim existían.
Enfrentarte a The Grace era la mayor descarga de veracidad y adrenalina que podías vivir virtualmente bajo tu piel en esos días. Algo que nunca antes nadie había logrado. Y tanto la trama de la historia, como la ambientación o el detalle del mundo recreado superaban con creces cualquier experiencia anterior. Aquel juego lograba aprovechar el potencial de la realidad virtual hasta un nivel parecido al de los sueños… o las pesadillas.

The Grace había desbancado a los demás MMORPG (juegos multijugador masivos) en tan solo unas pocas semanas. Tenía algo con lo que no podían competir: la historia evolucionaba, realmente evolucionaba. Lo que sucedía en el juego, cambiaba el curso de la historia. Un jugador de cualquier parte del mundo podía hacer cosas que influían en todo el resto, para bien, o para mal. De hecho eso era lo que había pasado con algunos de los traidores. Y si tu personaje moría, moría, no había vuelta atrás. No hasta la fecha. Tenías que hacerte otro y volver a comenzar, en otro sitio, con otros antecedentes, con una nueva parte de la historia.

Ese era el desafío, el reto de un mundo virtual vivo, dinámico y en movimiento. Un duelo que los creadores nos planteaban a nosotros, los Gamers.

Por lo que decía la página web de la compañía, la empresa se comprometía a ofrecer un mínimo de tres años continuos de juego. Yo llevaba 7 meses, y había llegado hasta la primera gran ofensiva conjunta, con aproximadamente 5.000 gamers jugando a la vez, para tratar de asaltar el Xoah, la gran Fortaleza Elohim, y así acabar de una vez por todas con los Regentes. Era la primera vez que se había llegado tan lejos. Para ello habían tenido que morir miles de personajes, habíamos empleado cientos de horas en practicar con el entorno, y por último habíamos desarrollado un buen sistema de comunicación que nos permitía organizarnos contra aquellos **** fascistas. Algunos comparaban lo que estaba pasando con el enfrentamiento entre Kasparov y el Deep Blue. Bueno, claro, solo los Geeks más frikis.

Yo había tenido 5 personajes antes. Los cuatro primeros habían muerto de varias formas horribles, pero el último había sobrevivido hasta el asalto. Había experimentado la cacería de los Hunters, el reclutamiento por parte de la HORS, varias misiones de entrenamiento en territorio abierto y zonas salvajes y por fin la integración de mi propio Escuadrón de Exterminio. Y ahora, el asalto.
El metro llegó a la parada de Urquinaona y salí zumbando del vagón rumbo a las oficinas de Nexo.
Eran tan solo unos quinientos metros hasta la entrada de acero y cristal de la empresa, justo en medio de plena Vía Laietana. Una vez más llegué resoplando y recordé que estaba en pésima forma. Miré la hora mientras el guardia me revisaba una vez más el documento de identidad – con mala cara – y vi que llevaba 8 minutos de retraso. Con un poco de suerte el Sr. Ángel Serra, mi encargado, todavía no habría llegado a mi sección.

Saludé con la cabeza a Doña Gloria, la señora de la limpieza que venía todos los martes a baldear la oficina y me colé en el ascensor. Con la voz indiqué mi nombre y el piso al que iba, y aquello comenzó a subir. El séptimo piso, como siempre.

Cuando se abrió la puerta respiré aliviado, por primera vez. No había nadie. Eso significaba que tal vez, con algo de suerte, todavía no había pasado el supervisor por mi área, y tal vez, con un poco de más suerte aún, ni siquiera pensaba pasar el día de hoy. Me felicité por la carrera, aunque tenía el estomago trepando hacia la garganta.

Me acerqué al panel central y vi que sobre el monitor izquierdo había una pegada una nota. El compañero de la tarde me decía que todo estaba Ok, que no había tenido ninguna incidencia, y me deseaba suerte para el resto del turno. Las ocho horas que todavía tenía por delante.

Dejé las cosas en la silla, me senté en el sillón y rápidamente revisé que las estadísticas de consumo fueran correctas, que no hubiera problemas con el suministro. Luego me encendí un cigarro de doble filtro – mi dosis diaria de nicotina – e inhalé el humo blanco lentamente.

NEXO.Com, la empresa donde yo trabajaba, era el mayor proveedor de Internet del área metropolitana de Barcelona, sobretodo desde que habían cambiado la regulación autonómica. Los dueños eran chinos, pero daba igual. Diariamente proporcionábamos Internet a unos 3 o 4 millones de usuarios, y la verdad había que reconocer que nuestros precios eran los más bajos.

La puta verdad era que los precios eran bajos, entre otras cosas, porque a los trabajadores nos pagaban de puta pena. Yo por ejemplo, cubría el turno de noche en el área de mantenimiento, y mi sueldo no difería un centavo de los que trabajaban cómodamente durante el día. No existían las horas extras, ni las 14 pagas, sino las odiosas jornadas extendidas, y por supuesto tampoco te las pagaban como tales. Teníamos 15 días de vacaciones al año, pero como el contrato era por servicio se ahorraban el coste despidiéndonos durante ese tiempo para volvernos luego a contratar. Esos eran los nuevos “Tiempos Modernos”.

Era un trabajo de mierda. Pero era un trabajo donde nadie te molestaba la mayor parte del turno, no tenías que relacionarte demasiado con compañeros idiotas que te hablaran partidos, tías o coches, y además podía descargarme todo lo que me daba la gana. No podía jugar, eso estaba prohibido, pero podía bajar películas, y series, y libros, y plugs de los nuevos juegos para probarlos después en mi propia casa. Así que después de todo, no estaba tan mal.

Todos me decían siempre lo mismo: mi hermano, mi hermana, mis padres, amigos, amigas-medionovias-que-quieren-ser-algo, etc… Siempre igual… Por qué no me buscaba un trabajo mejor, y trataba de evolucionar, por qué no estudiaba algo, por qué no trataba de aprovechar de una vez mi enorme capacidad e inteligencia vilmente desperdiciadas. La verdad es que podría haber tratado de buscar un trabajo de player, o de programador, o de traficante de drogas o de cualquier oficio medio digno. Pero siempre he pensado que si haces algo que te gusta por dinero, al final siempre acabas prostituyéndote.

No me gusta la gente. Y tampoco me gusta el sistema social necesario para ascender en la vida del lugar donde vivo. Detesto jugar a juegos a los que no puedo ganar. Así que para mí no hay más opciones. Tengo un trabajo que me permite ocupar la mayor parte del tiempo en eso: recorrer mundos paralelos de forma intensa sumergido hasta los topes en eso que los eruditos han dado en llamar “el universo virtual”. Al final, como dijo Milton, la diferencia está entre servir en el cielo, o reinar en el infierno. Yo hacía ambas cosas.

Sé que puede parecer absurdo para muchos, pero así ha sido siempre al principio de cada época.
Luego las cosas cambian. A medida que los juegos han evolucionado, la proporción de personas que dedican su tiempo a ello, y la cantidad de tiempo que estas personas invierten han aumentado…aritméticamente.
Desde la época del Mario Bros y todas esas tonterías, hasta los grandes momentos del juego on line masivo, como el Kill Zone Match o el SMASHER, han pasado tan solo unos pocos años. Pero los juegos han cambiado por completo. Y las consolas. Y también los hábitos. Ahora la gente puede pasarse días enteros jugando conectada, y si quiere, siempre hay más juego.

Hubo un momento en que la cosa se puso seria: la OMS comenzó a barajar la posibilidad de incluir la adicción a los juegos en su famosa lista roja de “posibles problemas para la salud pública”. Como las drogas. Se llegaron a dar casos terribles, como lo de aquellos coreanos que se habían pasado tres días enganchados al War Craft, y se les olvidó dar de comer a su bebe de 8 meses.
Así que sí, hay cosas jodidas. Pero la verdad es que como negocio, el mundo del entretenimiento virtual va a toda vela. Se facturan millones entre consolas y juegos, millones que además pagan impuestos. Y al final de todo la mayor parte de los adictos llevan unas vidas medio productivas para poder pagar los nuevos juegos, las nuevas consolas y el suministro de luz e internet que se necesitan para mantener vivo el vicio.
Hay que tener dinero para jugar. No mucho, pero si constante. Y para tener dinero hay que trabajar.
Y por eso estoy aquí, en esta mierda de empleo, en esta horrible oficina, con esta porquería de turno.
Para poder vivir a mi manera.
Miré la pantalla del monitor y no pude evitarme el sonreír. Allí estaban: 3 millones y medio de usuarios, inmersos en “The Matrix”. Y de seguro que al menos un tercio están jugando en ese mismo momento, viviendo aventuras fantásticas en mundos casi imposibles. Seguramente, otro tercio debía estar perdiendo el tiempo en la cansina vida social virtual que implica tener demasiados amigos de pega, mientras un buen montón debe arrastrarse ahora mismo, como babosas, entre el porno, los casinos, y el tarot o la astrología. El resto, los menos… tal vez trabaja.
Me fijé en las graficas de consumo, hileras de barras parpadeantes de color rojo que ascendían o descendían dependiendo de la hora, del sueño, o de la falta de alternativas. Gente jugando, gente chateando, gente buscando sexo, gente perdida en operaciones de banca, dinero virtual que se invertía, perdía o ganaba, gente jugando con gente de otros lados del mundo a salvar el mundo, o a destruirlo. El universo virtual, nuestro mayor invento como especie.
Expulsé el humo blanco y contemplé la consola de control, como había hecho tantas otras veces. Era una idea atractiva pero peligrosa, como suelen ser ese tipo de ideas. La madre de las tentaciones: la posibilidad de apagar el servidor central y desconectar a cerca de la mitad de un solo golpe. Fin del suministro, fin del problema.
En ese momento me entró la tos, y comencé a escupir saliva sobre el teclado. Se me había atravesado una bocanada de humo en los pulmones. Me contraje con espasmos violentos durante unos cuantos segundos, maldije al tabaco y a mi deteriorada salud, y apagué la colilla en el cenicero. Me recosté en el asiento mientras anotaba en mi mente que algún día no tan lejano iba a tener que dejar de fumar.

Miré la pantalla por un momento. Vi que todo estaba bien y me relajé en el sillón.

Cerré los ojos y comencé a soñar en un mundo casi perfecto.

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