Ahora.
Suena una música que no conoces.
Lejos, al fondo, una fuerte línea de bajo, como de artillería.
La mente escarba y el alma busca. Te va a hacer daño, pero tu cerebro pide y tu cuerpo
aguanta.
Inhalación fuerte y profunda, microgramos que entran por tus pulmones. Los alvéolos
transmiten la sustancia a la sangre, y un tren eléctrico recorre tu espina dorsal. Parece
mentira…

Sales del lavabo con la cara aun mojada, sientes las gotas bajar por tu nuca y te sacudes con el dorso de la mano. Abres la puerta y una gran bocanada de humo, ruido y calor te impacta fuertemente en el rostro. Resoplas mientras sacudes los hombros, sientes la sangre recorriendo tu cuerpo, la sangre caliente. El corazón empuja y bombea, un guerrero de latido imparable que marcha adelante de nuevo.

Sacas un cigarro del paquete arrugado. No ves a nadie conocido que brinde fuego, tan
solo una tipa con traje negro ceñido, rubia-parece-guapa, con un buen cuerpo y una
triste mirada; no sonríe y pasas de largo.

Sacas el encendedor, prendes e inhalas: la nicotina, benceno y los 4.000 productos más
entran a plomo por tu garganta. Te sientes bien, vivo, disfrutas el calor suave que se
extiende por dentro. Ya es demasiado tarde para arrepentirse. Tu frente parece un radar con un único gran objetivo. Aprietas el paso mientras un par de idiotas se disculpan por tropezar contigo. Son solo jóvenes que no saben de nada.

Has esperado meses, puede que incluso años. Añorando este momento, codiciando la
huella que dejo en ti aquel recuerdo. Antes no sabías lo que ocurría con el paso del
tiempo, pero ahora… ahora es tu momento.

El bajo se cuela por debajo de tu tímpano y todo se mueve: la gente, las luces, el humo y el aire cargado, las miradas perdidas y los cuerpos ansiosos, todo en movimiento, todo vibrando. Sientes como el bajo retumba contra tu cuerpo despertando a tus viejas
hormonas, las glándulas segregan y te arremeten, inyectándote adrenalina y endorfinas,
y toda la bioquímica que le da sal a la vida. Te excitas y por tu cuerpo sube una
sensación de poder y valor inauditos, que hacia ya tiempo. Miras alrededor y es cierto, los tiempos han cambiado, la música ha cambiado, la gente ha cambiado. Pero en el fondo, sigue siendo lo mismo, y aun tienes fuelle que dar, litros y litros de fuelle en tus venas.

Le hechas el humo en la cara a un payaso que te mira raro y desaparece. Más adelante
está tu grupo, y tu cerebro busca.

Allí, en un lado está ella ¿La ves bien? Ella. Sensual, tierna, joven y prieta. Te ha visto
venir, ha girado la cara y luego se ha mordido el labio, coqueta. Eso te encanta, le gusta el juego, lanzar miradas, sonreír a media cara y pedirte fuego con sexo dibujado en los ojos. Mueve sus labios, te dice algo a lo lejos y tú sabes que podrías perderte en ese mismo momento.

Aparece J., te encaja la mano, sonríe y te dice algo. No le escuchas, ni falta que hace, ya sabes como es la noche, y hoy tienes la gracia. Piensas en lluvia salvaje y en barcos en la tormenta; sabes lo que hay que saber, tienes la experiencia, el coraje, y toneladas de sangre caliente que derramar por la borda. No se puede pedir más y no se puede dar
nada menos.

¿Sabes como fue, no? Lo sabes. La escogiste bien, te acercaste y lanzaste las redes,
aplanaste el terreno cuidadosamente, encandilándola hasta estar seguro de tener vía libre y acceso. Cocina de fuego lento en vasija de barro. Todo lento, hasta ahora.

Ella te vuelve a mirar y en ese momento lo ves: un joven imbécil, camisa negra, pelo
cortado a la moda, cara de subnormal-seguro-de-si mismo, sonrisa de puro idiota…
junto a ella. Tu nariz se dilata, y comienzas a transpirar mientras ves que el tipo le dice
algo a la oreja. Imaginas su cabeza estampada contra la puerta.

Te mueves, te acercas, aprietas el puño mientras sientes los músculos tensarse, es el
instinto de la vieja guardia, la innata bomba de relojería. El imbécil es joven y en buena forma física, pero tú conoces algunas mañas y formas de ganar ventaja. Todo pasa rápido por tu cabeza.

Ella te ve venir. Te mira una fracción de segundo y ya sabe lo que sucede. Aparta al
imbécil de camisa negra y pelo moda con desdén, y le dice algo a una de sus amigas.
Ambas se ríen y tú te relajas… te relajas… la sangre vuelve a su sitio, no es noche para
violencia. Todo perdido, todo por ganar todavía.

Te acercas a ella, sientes las miradas de lado y lado, como si de un extraño teatro se
tratara. Pero te sientes bien, cómodo, listo para hacer un gran número. Ella aparenta ser más segura de lo que es, por supuesto, y de reojo ves las miradas cómplices de sus
amigas. Ya sabes como es el carnaval de la noche, pura fachada.

¿Me querías preguntar algo?
Si… Pero no se si es lo correcto.

Coges su mano y la levantas lentamente, la pones sobre tu lado izquierdo.

No es lo correcto… pero no importa.

Ella acerca su cara, y tú sientes su presencia más cerca, muy cerca, se te erizan los pelos de la espalda con tracción electromagnética. Ella es hermosa… tan hermosa. Como promesa de elfos y hadas. Lo sabe y le gusta, que la miren, sentir deseo, sentir ese poder que desprende su rastro. Así que todo está bien y la sangre se te dispara.

Acércate, tengo que decirte algo…

Ella toca tu pecho sensualmente. Tu cuerpo pide y su instinto busca. Hay tantas cosas
buenas a la mano, tantas… Tanta energía, tantas ganas, tanto amor, y afuera un mundo que está desquiciado. Pero tú sabes lo que valen los sueños efímeros. Ningún
pensamiento oscuro va a arruinarte esta hora.

Un millón de años no bastan, sobran mil rimas estúpidas y no sabes si la quieres, pero
en este momento matarías por ella. Ella está cerca de ti, tan cerca, y sabes que no
importa ahora el mañana, el mañana no existe, tal vez no llegue nunca, y tal vez se
pierda el tiempo, devorado por los gusanos.

Sabes como es eso, debes ser seguro y firme, pero delicado… pero seguro, siempre
seguro. No hay lugar para medias tintas. No se trata de palabras, pero sabes sonreír y
mirarla de esa manera y transmitirle lo necesario. Le pones la mano en la cintura y la
atraes hacia a ti. Suave pero firme, sin forzar nada, sin perder tiempo.

Ella ha tomado algo, lo viste antes: diminuto, perfecto, redondo y blanco, allí, en la
punta de su lengua. Los jóvenes de hoy día…

Te acercas a su pequeña oreja carnosa, apartando un rizo de pelo seda.

Tú eres…

Sonríe ladina, se le hacen hoyuelos en las mejillas y le cae un mechón de pelo negro
caoba en la frente. Estáis tan cerca que podrían prenderos fuego, solo con soplar, solo
con un poco más de oxigeno. Y sin embargo no llega el oxigeno, no a la cabeza, está
trotando por la venas, se dirige a otros lados.

… lo que me hace sentir….

Está cerca de ti y lo sabes, nítido, preciso, alto y claro: Ella nunca será vieja, nunca
tendrá arrugas, nunca perderá esa imagen divina y perfecta; respirando el aliento de la
vida junto a ti, tan y tan cerca. Tu cuerpo pide mientras el suyo rezuma, y en ese
momento suenan unos buenos acordes y un chorro de placer, amor y deseo recorre tu
nervio hasta llegar a la base del hipotálamo.

… el salvaje estallido.

Se gira y te besa con fuerza cogiendo tu cara con las dos manos.

La-mente-cabalga-y-en-ese-momento-sientes-que-todo-puede-explotar.

Nunca más, nunca otra vez ni otro deseo, el único momento que vale la pena, el único
instante de toda una vida. La hora prometida. Y mientras tanto la química recorre libre y hermosa, estimulando ampliamente tu cuerpo. La fracción de un segundo que se
convierte… en toda la eternidad.

Esto es lo que vale, el instante magnético, cuando solo hay energía que fluye en
movimiento constante. Aquí no hay tiempos muertos, ni lugar para despedidas, ni
llantos ni reclamos, ni nada de lo que arrepentirse, y mientras ella te acerca su cara
entiendes que ésta es la fracción más valiosa de tu existencia. Nunca otra así, nunca tan intensa, nunca esa fiebre salvaje que hace que todo tu cuerpo se encienda y que desees fundirte en el hielo. Solo la eternidad y el diamante del tiempo, el dios del momento y del aquí y ahora. Lo que realmente importa. Nada más.

Te fundes, te derramas, te conectas a miles de gigas de potencia eléctrica que sacuden tu alma, tu esencia, tu parte de fibra que se calienta. El mundo se para y nada existe, solo este instante húmedo, caliente, pleno y vivo donde amanece la vida y se pierde la estúpida rutina de un mundo enfermo. Aprietas su cuerpo que se abandona, estrechas
sus brazos y absorbes su aliento, no hay hoy y no hay mañana, solo está ella, y es lo más grande que has tenido nunca. Y todavía no sabes si podrás aguantar la presión de tu corazón desparramado.

Un relámpago pasa, y tal vez no deberías…

Pero ya es demasiado tarde, no hay marcha atrás, ya no hay tiempo.

No te detengas, no te detengas y no pares ahora, ni se te ocurra. Un latido suave y luego viene el pulso salvaje, le metes la lengua en la boca y sientes la suya buscando, y es entonces donde tu alma y la suya se encuentran para vivir toda la violencia de la
creación, y del miedo y del deseo del universo.

Deseas… deseas que sea tuya… que sea tuya como nunca lo ha sido de nadie. Deseas
tenerla siempre… y que te inyecte su vida… y que comparta el gozo, el placer y la dicha
que sienten aquellos que si están vivos.

Muerde tu labio con fuerza y eso quiere decir que os estáis entendiendo. Un brote de
sangre cae de tu labio, poesía plena, y un destello de color rojo intenso.

Flor, carmín, sabor salado, la fuerza en su boca, y su cuerpo pequeño que se
estremece… y se estremece…

Nada es mejor que esto.

Bajas la mano para acercarla. Ella se agita dentro tuyo y tu podrías morir… ¡Oh si!,
podrías morir, aunque todavía falta un rato…

La otra mano baja a buscar su corazón, a cogerlo con las dos manos. Su pecho es firme
y bien puesto, el pezón joven duro y erguido, la bomba latiendo. Aprietas la entrepierna
contra ella y sientes un calambre que recorre todo su cuerpo. Y es ella, y su cuerpo, la
promesa de un mundo mejor, la certeza de que la vida si es magia, sentir que no está
todo perdido.

Las palabras se agotan, pero resuenan:

El Porvenir es irrevocable…

No te rindas, no te arredres, no pierdas el fuelle, deja que venga a ti la marea.
Abandónate y siente la pulsión que te maneja, nunca te sentirás tan joven como ahora,
nunca más, no desperdicies este momento. Tu alma busca mientras su cuerpo pide.

Latido, ritmo, latido. Compás, siempre compás. El sabor de la miel de sus labios. Miles
de imágenes, miles de sentidos, cientos de impulsos eléctricos que recorren tus nervios, nada más grande, nada; que nadie te engañe, si nunca sentiste esto nunca has vivido, eres tan solo un fantasma dentro de un cuerpo enfermo.

La caricia de un ser eterno… bien vale amar, y sufrir, y vivir, y nunca detenerse a pedir
perdón por nada que no hayas hecho. Sombra y viento, y el surco que hace el agua en
las laderas de la montaña, y el río que se desborda. El tiempo que devora a sus hijos y el hombre que consume su tiempo. Pero todavía te queda tiempo…

Rosas salvajes y besos de adolescente. Sangre caliente y el pulso de tu ser que se mezcla en ese beso… ese beso…

No hay soledad, no ahora. Te acabas de encontrar, y sientes… que estás completo.
Te fundes, fundido a negro… o a blanco. Te desvaneces…

Te desvaneces.

Al día siguiente.

El mundo empieza a moverse de nuevo. Te despiertas suavemente y escuchas los
transeúntes que caminan apresurados por la calle. La sirena de un coche que rompe la
calma. Los pitos de los coches ansiosos por llegar a algún lado. Nada de eso tiene que
ver contigo.

Un claro rayo de sol se cuela por la ventana y cae directamente sobre tu cara. La vida te
ilumina mientras estiras los brazos. Ves el contorno de tus brazos iluminados, el dorso
teñido de luz dorada, tus venas latiendo, y te maravillas de lo mucho que hace un poco
de luz sobre las cosas.

Tienes sed, la boca realmente seca. Y un regusto salado en los labios. Te beberías un
galón de agua fresca ahora mismo. De un solo golpe, sin respirar siquiera.

Te giras y sientes el cuerpo caliente y joven que respira pausadamente a tu lado. Ahí
está. La miras durante unos cuantos latidos y piensas que podría ser tu alumna… podría
serlo. Incluso podrías ser casi su padre. Y tal vez al final seas eso que siempre has
temido. Podría ser…

No es lo correcto, ¿verdad?

No, no es lo correcto pero maldita sea lo que eso te preocupa ahora.
Estiras el brazo hacia ella, tocas su mejilla y sientes la sangre correr de nuevo.
La sangre. La savia que mueve las cosas. Lo único que ahora te importa.

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