En este trocito de planeta Tierra se ha iniciado el trueque de “cosas finas”. Prácticamente se han desvanecido las antipatías contra el cannabis como herencia de la hipocresía mundial. Más allá de que está aún fresco el recuerdo de la feroz campaña que se dio por el SÍ o por el NO en el motejado referéndum del cáñamo, para que cada municipio cantonal de la república decida legalizar el cultivo de la hierba para usos gastronómicos y terapéuticos. Fue un acontecimiento que sacudió a propios y extraños, se convocó al pueblo soberano para que acuda a las urnas a definir la suerte de una sola pregunta, muy elemental, pero cargando toda la intencionalidad y misterio que el ciudadano común, y el extraordinario quiso darle. “¿Aprueba usted que el cáñamo sea cultivado sin ánimo de lucro, bajo la modalidad del trueque, con fines gastronómicos y terapéuticos?”. Nuestra pequeña república es famosa por las convocatorias a que el pueblo decida en asuntos tan complicados de macroeconomía como en cuestiones que afectan la salud de Gaia o el fuero interno de cada quien. En el papel somos campeones de los derechos de la madre Tierra a no desangrarse por las ambiciones desarrollistas del bípedo depredador. Y, en situ, en concreto, mediante los resultados del referéndum del cáñamo, se han derrumbado prejuicios que naciones poderosas, de escuela liberal, no lo han hecho hasta la fecha.

La pregunta fue simple pero de un orden trascendental para los que afirmaron su personalidad a través de su respuesta. Antes se había preguntado en los municipios de la república si se mantenían las peleas de gallos y las corridas de toros, dándose en general una apretada victoria del NO, pero quedando al albedrío de los ganadores hacer cumplir esa voluntad a través de las respectivas autoridades cantonales. A la verdad, a muchos que votamos por el NO, esa suerte de horror intempestivo por la crueldad contra nuestros hermanos evolutivos menores, en las plazas de toros y circos de gallos, no nos quitó pizca el apetito por devorar cadáveres de animales que son exquisitos en el recetario global. Lavamos nuestra consciencia votando por la abolición de la tortura y muerte de toros de lidia y gallos de pelea, así quedamos libres de culpa por las ingentes multitudes zoológicas que enviamos al patíbulo, asumiendo que los bichos gozan de una muerte indolora, digna, humanitaria. Ni de chiste se nos ocurrirá derramar un lagrimón por el cochinillo, la vaquita, la gallinita… No tenemos para los trillones de sacrificados una lágrima de cocodrilo porque esos reptiles también son parte de nuestra dieta.

El referéndum del cáñamo fue más peliagudo, y discutido filosóficamente, que todos los anteriores llamados a consulta popular. Aquí la cuestión sencilla que se propuso a las masas, reventó en una suerte espiritual a la hora de tomar partido por el SÍ o el NO. Se armaron debates aun en recónditas tiendas de abarrotes de la patria. La interpretación del real contenido de la pregunta, ¿Aprueba usted que el cáñamo sea cultivado sin ánimo de lucro, bajo la modalidad del trueque, con fines gastronómicos y terapéuticos?, engendró cielos, purgatorios e infiernos, que el ser humano es capaz de crear despierto, a la luz del día o al amparo de la noche espesa.

Los bandos del SÍ y del NO, lucharon enconadamente por sus posturas, estando técnicamente empatados en los pronósticos previos al día de acudir a las urnas, existiendo un amplio margen de indecisos que a la postre dirimieron con largueza en la contienda mediante su voto vergonzante. Los del SÍ (entre los que me sorprendió contar a connotados pelucones -de izquierdas y derechas, pues, pelucolandia, no discrimina por afiliación e inclinación política-), estaban convencidos que iban a perder en la mayoría de cantones pero acumulando un triunfo en una gran minoría de los mismos, siendo que se aprestaban a celebrar por lo alto la gran votación general que obtendrían y el hecho de que cerca de la mitad de los municipios podrían hacer uso responsable y generoso del cáñamo. Los del NO (entre los que se agrupaba el venerable gremio de Ingenieros Electrónicos, quienes predicaban que para colocarse no requerían de ningún psicotrópico), esperaban parar el intento de sembrar un “apocalipsis ahora” en la república amante de una sobriedad alcoholizada, su esperanza radicaba en lograr una nueva convocatoria a consulta popular para que lo del uso de la “semilla aquerontiana” se defina con una votación nacional y no a nivel cantonal.

El NO fue perjudicado por el voto vergonzante, gente que uno nunca hubiese previsto que fueran tan abiertos de mente, se habían agazapado para dar un golpe certero. Ejemplo, mi padre, loquero de quilates -ceñido a su tradición de investigador emérito de la Pontificia Universidad-, fue uno de los que mantuvo en secreto su vocación por el SÍ, cosa que hizo patente al instante de proclamarse los resultados del sufragio porque por primera vez lo vi bailar en chulla pata. El SÍ triunfó arrolladoramente a lo largo y ancho de los municipios del país. La máxima Siembra para el trueque, que YO, el grafitero de la maceta, me adelanté a escribir hace más de una década, en muros como el del edificio de la Corte Suprema de Justicia, se realizó en cultivos familiares auspiciados por la patria soberana.

 

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