Qué hermosa se la ve y cómo luce perfecta y armoniosa;
su cuerpo, igual sirviera de pedestal de pórfidos astrales
lenificado en la hierática virtud de la ternura
para erigir su rostro, divinamente bello,
enmarcado en la gracia inefable de la dulzura plástica,
como de una madona esculpida con cincel de un Buonarroti.

Sí; y ella sabe; se siente fascinante y depurada
y en su interior existe vibración de culto a la soberbia.

Soy bella, se dice; en tanto va humillando a su camino
un caudal de altivez que injuria y somete a quien la mire.

Hay tanta grandeza en todo el esplendor de su contorno
y más aún, a veces, por fibra de mujer que sabe ser coqueta
reviste de una gracia pubescente su cálida hermosura,
que destila una pérfida modestia transparente
como quien, por ser tal, y por instinto,
luce su garbo con fachendoso y fabuloso ritmo.

Qué linda es; cómo despierta en el cautivo que la observa
un deseo ferviente, no sólo de célica ternura,
sino de verdadera pasión, de un delirio violento que enloquece;
es como un obsesivo grito fugaz, sin voz y sin palabras,
que estremecen el sentimiento de escultor que lleva dentro
y quiere romper a golpes de besos esa escultura.

En tanto, ella es feliz; su orgullo de mujer erotizada
alentando en un prosaico pudor envanecido,
la eterniza en un ritual reinado de Narcisa pleitesía
y se ensueña en un paraíso irredimible
con querubes adonis, que diariamente exalten su lindura.

Mas, ¡Oh! Vanidad, vanidad; como fuera tu sombra
te persigue un detractor, un atávico rival te acosa:
Es el pávido tiempo que frustra en desolación ese festejo.
Poco a poco, van marcándose arrugas en tu frente,
entonces se apagan la alegría y la soberbia
cuando esa omnímoda realidad resalta sin clemencia
esas estrías ominosas en tu cara.

Así, las galas se transforman taciturnas
en enlutados crespones de duelo y de derrota,
y al paso, aquel desapacible aridecido tiempo
va musitando por todos los ambientes de tu alcoba
un susurro, un ruido clandestino de HOJAS MUERTAS.

Cogitación:

Quizá entonces, los perifollos que lucían pretenciosos
y que tanto alegraron en derroche de esplendores,
se conviertan en andrajos descompuestos;
y en ese tocador en que un día se exhibieron
cascadas de crenchas rútilas y argénteas,
ahora, aunque se las procure resguardar dentro de una cofia
o aún, bajo encajes de artísticos festones a la moda,
ya no serán más que esas canas de filiforme seda
que, aunque siempre por siempre venerables,
no dejarán de ser sino, un punzante toque de campana
anunciando el Ángelus de un crepúsculo en derrota.

Entonces, salmodian en lúgubres salterios los recuerdos
en místico homenaje a aquellos irrisorios y estólidos resabios.

Vanidad:

Tus fantasías de oropel y petulancias
sólo son deletéreas y erráticas umbrías
que flotan por las brozas de los tristes despojos de la vida.

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