I

Duerme, duerme, duerme… por fin, duerme.
Ya no es el sueño del niño que tranquilamente arrullabas en tus brazos,
Ya no es el sueño del hombre cuya frente cansada acariciaste.
Ya no es el sueño en que se sume la lóbrega eternidad de los apóstatas,
ya no es el sueño al que vagamente aspiran y encadenan a la tierra
/los desesperados.
Duerme, duerme, duerme… por fin, duerme.

II

Todo parece consumado, un injusto monumento se ha levantado por los hombres.
Estas triste, estas en el dolor de la terrible arquitectura de la cruz.
Estas triste, estas en todos los latigazos que vejaron su piel.
Estas triste, estas en la punta de la lanza que lo hirió.
Estas triste, estas en el ocaso que rodea la tragedia.
Todo parece consumado, no hay consuelo para ti, tu hermana, Juan y la
/Magdalena, sus últimos testigos.

III

¿Cómo no hubieras querido verlo de nuevo en el humilde pesebre?
¿Cómo no desearías otra vez la noche fría de Belén?
Sabías que sufrirías, pero más amaste que sufriste.
Sabías que llorarías, pero tuviste el momento de tu íntima alegría.
¿Cómo soportas los helados hierros que colocamos en tu corazón
/todos los días?
¿Cómo lo sigues anunciando si tu fuiste su nacer y su morir?

IV

Si divinizaste al hombre, preferiste ser la fiel compañera de José.
Mujer, cultivaste la apertura de la conciliación.
Mujer, vertiste siempre comprensión.
Mujer, enseñaste el lenguaje de la complementariedad.
Mujer, alejaste el fantasma de la muerte con la bondad.
Si divinizaste al hombre, elegiste el feliz sino de ser artesana de ilusiones.

V

Viajaste… en el Génesis estuviste con Él y todavía lo esperas en
/el Apocalipsis.
Y lo acompañaste en las mansas tareas que sus frenéticos impulsos
/le trazaban.
Y lo viste trocar en paz el rostro de los hambrientos, de los leprosos,
/de los marginados.
Y fuiste testigo de cómo su luz alegró la cara de la viuda, del pobre,
/del doliente.
Y junto a su lado estuviste cuando rompió para siempre las cadenas
/del esclavo.
Viajaste… mujer tu vives en todas las estirpes, en todos los barrios
/y en todos los hogares.

VI

Socorriste a los enfermos en la diáspora,
iluminaste la tétrica existencia de las catacumbas,
fuiste la fortaleza de los mártires,
te recreaste en el alegre mediodía de los apóstoles.

Has dejado todas las noches flores en los sepulcros,
recorriste los pasillos y las celdas de los monasterios y conventos,
en bellas basílicas tu inspiración olvidó insultos y blasfemias,
guiaste la pluma de quienes pensaron en el hombre, la virtud y la justicia.

Te hiciste a la mar y surcando océanos bendijiste nuevas tierras,
en ti se refugiaron los conciertos y mitayos,
sembraste fe en los campos dominados por la ira,
y, hoy, de tu delicado mirar brota la esperanza que habrá de redimirnos.

VII

Celosa has cuidado las estrellas para que tus hijos las miraran;
Madre, tu conduces el curso de los ríos
y brillas en cada una de las plumas de los pájaros;
pese a todo, continúas esperándonos para que colonicemos los azules
/espacios donde moras.

Espantas al ruido del trueno, pero fulguras en el instante del relámpago;
Madre, habitas en las sonrisas de los niños cuando juegan,
en el aletear de los jóvenes cuerpos cuando se muestran a la vida;
con mucho amor, no te cansas de devolver la inocencia a quienes pecan.

Tus cataratas se desbordan desde monstruosos rascacielos;
Madre, purificas el agua que bebemos
y alimentas la imaginación de los poetas;
sigue bendiciendo a los harapientos; a su materia de despojos y su
/espíritu de rocas.

VIII

Gran lago que recibe nuestras lágrimas,
viento que conduce todas las empresas,
volcán que expulsa las pasiones,
ya nos invitas a las bodas del cordero.

Huracán que gira sobre el mundo,
arena sin fondo para la ambición desenfrenada,
desierto de nómadas sin brújula,
ya nos das la pena que expiaremos arrepentidos.

Guía sublime del añorado paraíso,
recibirás hasta al lobo si va con San Francisco.
Estallido de luz serás en el vacío túnel,
donde se abrazará nuestra fe con el Resucitado.

Poesía de Víctor Arias Bermeo

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