Visión

En aquella época
recorría los caminos
tratando de poblar como ermitaño
un bosque negro y su montaña.

Nací huraño y, como todos, niño;
por ello, me salvó del despeñadero
una sonrisa larga y sincera,
a la que debo mis ilusiones.
Hoy, encerrado en la jaula citadina,
aún añoro emprender una larga huida,
por el caudaloso río de la memoria,
hacia los confines de mis pensamientos.
Pero la visión del filósofo,
solamente encuentra, todavía,
ruinas y campos áridos
que no alcanza a redimir,
en su emoción vesperal.

El caballero que falleció sin sucumbir

De todos los instantes
Admiro el de la muerte,
Recordar un momento
Todos los que viví y viviste:
¡poderte decir Padre de nuevo
y por vez primera,
revivir la fortaleza del músculo indomable
y la bondad de tu sonrisa
que seguía siendo inteligente
aun al transformarse en risa y carcajada!

El postrer beso resucitará a la memoria:
Al ágil agitarse de tu cuerpo
En el duro bregar contra-corriente,
Entre las ondas del río,
A veces tierno otras enardecido. Porque:
¡Con enseñarme los secretos de la mar
y mostrarme las estelas de los barcos,
fuiste huella que sigue siendo huella
aunque toneladas de agua
la arranquen del océano!

No te olvido:
Joven, maduro y casi viejo
Permaneces y permanecerás
En aquella virtud que hiciste camino.
En él resucitarás
Y por tu dulce faz recorrerán
Nietos, bisnietos y discípulos;
También, acaso, por la ira estallando pura
Al no soportar al mundo sus miserias
Enterrado, quedaste, en Utopía;
Ahí ya duerme el espíritu
Del mejor de los ciudadanos;
Allí nunca hicieron estatuas a los malvados.
Sobre sus murallas estoy yo, ahora,
Convertido en centinela y nuevamente,
Me elevo atisbando horizontes lejanos:
Esperando ver nuevos SERES,
Ese, Tu regreso;
Manteniendo cerradas las puertas de la villa
Para corazones que no sean sencillos.

Noches del Hendaya

No había dado ninguna noche por perdida,
el misterioso encanto de la luz
me unía a la ciudad con su arrebatado firmamento,
siempre busqué la felicidad en cada trago consumido,
la oscuridad era mi estado y compañera.
Estaba cansado de vagar y bogar
por las mojadas calles de pavimento oscuro,
cuando encontré a la puerta de mi casa
el hogar de mis amigos,
el sitio de carnavalezcas fantasías,
la vena abierta a quijotezcas carcajadas,
el vestíbulo del cielo y el infierno.
Era el Hendaya, la habitación abierta a los sueños
/de un hermano,
el refugio para la soledad instigadora de mis vicios,
el pentágono de líderes rebeldes,
el viejo bar, imaginado, que murió siendo niño todavía.
Mi pacto con la sociedad
no contemplaba la destrucción de esa vertiente,
testiga del amor
y sus festines embriagados
llenos de semilúcidas ideas.
Adiós barra de madera aristocrática,
fin de mi juventud.

Encuentro a la sombra de un arupo

Recorriendo las célibes arenas,
cada una esculpida por mis manos,
dí con la historia y geografía de mi mundo;
estaba desnudo, rodeado de mis pecados y mis
/obras;
hasta por Dios abandonado, ninguna fuente reflejaba
/mis máscaras heréticas.

En las torbellinos de polvo
mi rostro no se reconocía en otros rostros,
durante las noches había puesto mi destino en las
/estrellas y la luna;
negándome a que mi sombra me acompañara,
en los días que el sol, tacaño, me reconocía.

Un día, mientras caminaba por ese mar seco y sin sal,
me quiso enseñar sus secretos un pájaro pequeño,
porque deseaba albergarme al pie de su perdido
/nido.

Pude volar y la noche se hizo innecesaria,
despertando nuevamente mi pasión por lo infinito.
Pronto, juntos ya dominábamos el cielo
y aventurándonos en sus lejanos horizontes,
descubrimos, al pie del púrpura más triste,
las flores de un inmenso y fuerte arupo,
y, en él, al nido y la muchacha.

Borrachera

Durante unos momentos
las fantasías ocultaban al abismo
y el cataclismo de risas
nos precipitaba hacia las sombras
arrastrando con nosotros el universo
y todas sus estrellas.

El ritual se repetía
durante la mañana, la tarde, la noche
de los días, los meses, los años.
No ignoro la felicidad
de encontrar al sol en algún amanecer
repleto de sueños angustiosos,
no olvidados por inolvidables;
pero descender a los infiernos de la tierra
no era la recompensa que buscábamos
en las copas que vaciamos
y los tragos a cuya servidumbre
encomendamos inmensas ilusiones.
Adiós sabio océano de fulgurantes respuestas,
la lúgubre lucidez de las madrugadas
ya no es una necesidad del mundo
sino un vicio del alma,
al cual jamás condenaré.

Valle de Los Chillos

Déjame hacer yo tu apología y elegía.
Pensar en ti es participar de tu maravilla,
en esos hombres y mujeres
que vagan por tus parajes sintiéndote suyo,
porque los contaminados ríos no han cambiado su
alma
y los mercaderes todavía no han ocultado
esos horizontes llenos de volcanes,
respetando el designio que quiso hacerte bello.
Te he contemplado desde el Ilaló
y las orillas de límpidas lagunas,
desde el vicio y la virtud.
En la cantina te adoraba
y en la iglesia te extrañaba,
moría en tus anaranjados ocasos
y revivía con tus amaneceres rituales.
Suburbio de pobres y ricos,
quisiera que la naturaleza embriague al odio
y que tu semidestruida paz sea la del mundo.

Banderillero

Castigado y herido,
el noble toro no se explica
su existencia es esa plaza ebria,
donde el cenit no oculta ninguna fantasía.

Sus adoloridos ojos buscan
al varilarguero que probó su casta,
pero los clarines cubren la retirada
de la cabalgadura apetonada y ciega,
con su cruel jinete.
Entonces surge,
desde el rincón más oculto del ruedo,
el banderillero armado de dos puñales,
que despiadados siente el hastado
dentro de su carne.
El público vibra y aplaude
la rápida huida del verdugo,
el toro gime enloquecido y
meneando la cabeza no encuentra su incógnito
enemigo.
Nuevamente el rito se repite,
los mostrados ganchos empapelados hacen rugir
a la multitud,
se inicia la carrera, se detiene y vuelve a
emprender;
los pitones alzados, las patas meneándose en el
aire,
la sangre desperdiciada antes de la faena,
y ya la gloria no es del toro
sino de su cobarde torturador.
La música premia el baile del bailarín y el coso
entero da inicio a la fiesta noctámbula,
nuevas banderillas adornan al bravo animal,
el tercio del torero ya no tiene sentido;
el novio busca en vano a la muerte,
el que huye de ella ha triunfado.

La casa de mis abuelos

La ciudad pequeña y provinciana
aún tiene lugar para mí, siempre lo supe,
pero su más querido encanto
es remontar los años y devolverme
la vida de un niño que exploró sus techos,
sus aguas, sus tapias, sus cerros, sus sótanos,
sus criptas, sus bosques, sus patios, sus parques…

Todo ello sucedió sin saber que soñaba y jugaba,
acariciado por el sol, la lluvia y el viento;
llevado de la mano por mi padre y mi madre;
protegido por esos ancianos abuelos y familiares
llenos de consejos, sonrisas y risas.
Pero, si algo añoro ahora es la presencia
de aquellos ambiciosos aventureros que,
cansados del fútbol callejero y encestar pelotas,
eran capaces de trasponer los dinteles prohibidos
para, en la puerta, jugar a la guerra,
a ser artesanos del lodo arcilloso,
a descubrir con sus perros el mundo
del que nos separaba el arroyo.
Primos y primas, amigos y amigas,
todos entraban a la casa de mis abuelos,
cuando la vida era fiesta
y los cafés eran maltratados y consumidos
antes de que se vuelvan amargos.

Cueva de Los Tayos

¿Llegará el día del encuentro
entre el águila y el jaguar?
El océano verde añora la esperanza
de recorrer con el hombre
los túneles vacíos que invitan al vuelo
y esconden la presa del felino.

Realidad desbordada en el universo del mito,
donde posibilidades infinitas
laboran los inimaginables sueños
que brotan de la chicha y la ayahuasca;
anidando la libertad de viejos dioses,
entre las liturgias olvidadas del Chaman,
incapaz, hoy, de purificar las tierras
manchadas por el origen de todas las hogueras
y el viento de arenas negras,
precursor del desierto creado
por nuestra conciencia sin voz
y el amado interés.

Inspiración

Queriendo hacer transitar lo mío
sobre el abecedario y las palabras
descubrí que ya no soy el mismo niño
que soñaba con dominarlas a la orilla del río.
Hoy, ya preparado para mirar el mar,
añoro las pequeñas quebradas andinas
y la voluntad de bañarme en fríos riachuelos;
pero, atrapada en alguna rama, me pregunto
¿Qué haces inspiración?
Me acompañaste, fiel pasajera,
en los vasos de las cantinas pobres
y en las sonrisas tristes de los alegres burdeles.
Encontraste belleza aún en las fétidas alcantarillas
y hoy no eres novia mía, nuevamente,
ni en los atrios de las catedrales.
Perdóname, no me elevo a tus regiones
escondiéndome del viento frío,
y cada vez más siento que te necesito,
aunque de tí solo me quedan los restos
que saborea mi memoria
cuando transita por los felices días
que presidías en el adolescente ayer.

Día

La tarde huele a tarde
y vas conmigo por la tarde,
consuelo de las horas sombrías
me conduces a la noche,
noche que sabrá a noche
y nos acercará a la eternidad
de la alegre madrugada,
madrugada que beberemos como madrugada,
presagio del dorado amanecer,
amanecer que veremos amanecer
sin recato ni inocencia, sin ruborizarnos,
para embarcarnos en la mañana,
mañana que viviremos como mañana
plagada de futuro y utopías,
en las que habitaremos esperando el medio día.

Fraternidad

El revolotear de las aves
y los pájaros
es también el vuelo de los halcones
y las águilas.

Luna y sol,
morena y macarena,
luz y oro,
mis hermanas modelaron mis alas.
Ellas olvidaron al Icaro fracasado
y le dieron compañía al Icaro triunfante:
vida pequeña bondadosamente maliciosa,
ira y alegría plagadas de virtud.
Moradoras del porvenir
en las alturas de los Andes
encontrarán al nido de los cóndores,
vencedores del viento huracanado.
Comerán de sus picos
el sueño de la Libertad.

Cronos

He querido mirar al mundo como pájaro,
desde la altitud de una simple hierba mojada.
Mi cumbre no necesita de nubes que la oculten,
ni elevo volando mis sueños cuando cansado duermo.

Perfectamente sé que ayer nací y mañana moriré,
pero del ayer quiero rescatar la discreta luz de una
/lejana estrella
y del mañana la ilusión de verla nuevamente recostado
/en el bagazo,
esa es la eternidad que deseo para mi fugaz paso
/por la tierra.
Si alguien aquí se detiene a examinar mis huellas
en ellas no hallará la clave de lo finito y lo infinito,
esculpidos en la dura roca están los pasos de mi viaje
iluminando un mapa laberíntico,
sobre un mar de arena.
El cosmos, si existe, necesita de un orden,
pero ¿Cómo comprenderlo desde una Teología de
/la soledad?
En la guadaña fría se esconde, tal vez, la vida del trigo,
profanando el gran motor de la única rueca.
Si fui y soy ¿Alguna ocasión seremos?
¡Vestida de blanco descifrarás el enigma!
Ni un segundo antes, ni un segundo después,
te espero, a veces con impaciencia, te espero…

A la mar salobre

Quisiera mirar la mar
con los ojos de aquellos poetas
que no intentaron explicarla,
puesto que es imposible encerrar la belleza
en un concepto humano.

¿Cómo definirte salobre masa inmensa?
Mar del pescador que saborea tu riqueza,
mar del marino que con miedo se adentra en tus secretos,
mar del comerciante que une a las orillas de los océanos,
mar del buzo que extrae perlas y destruye tus riquezas
mar de los almirantes que te hacen campo de batalla.
Desde la playa, mar salobre,
eres el absoluto todo
en el que se hunde Dios todos los días.
Indago e interrogo si las olas arrojarán
a mis plantas, en un remoto mañana,
una lámpara encantada
de la que surgirá el genio
que me permita descubrirte,
en un silencio de Conrad,
como delfín, como orca, como salmón,
como tintorera, como habitante de tus hondas.
Tal cual hombre, desearía ser un niño náufrago
o un pirata bueno que conozca todos tus refugios;
mar de Salgari, mar de Julio Verne:
de todos los hombres honestos.

Renacimiento

Mi caravana no se detuvo
en ningún oasis,
duro fue el trayecto,
el largo peregrinaje.

Estuve en la Meca y no lo supe,
ahí también oré en el crepúsculo
arrodillado hacia el Oriente,
adorando a falsos profetas.
De vuelta a mis parajes
di crédito a visiones famélicas,
confundido, víctima del pánico más frenético,
viví mi pesadilla, dormido, sonámbulo…
¡Y llegó la hora de despertar!

Memoria

¿Quién transita mis antiguos pasos,
si ellos me han abandonado
y ya no son míos ni de nadie, peor de todos?
¿Recordaré algún día las lágrimas unidas
al cauce inseparable de dos ríos en su encuentro?
¿Olvidaré estas palabras escritas
para retratar a mis amigos,
devolverme a las aulas que me acogieron
y renegar de los antros donde me corrompí?
¿De qué sirve una memoria llena
de segundos, minutos y horas?
¿Podré tal vez ser el dueño
de un calendario poblado de días, meses y años?
Escudriñar en los instantes que me han hecho,
los senderos que he andado,
los surcos que he labrado
mis trágicos amores,
ya no es digno de una memoria avara.
Solamente quiero ser ilusión e imaginación,
ideas grandes y hechos pequeños
que no necesiten contarse,
como las volutas que forma el viento
con el humo del tabaco.
Que mi memoria esté repleta de sueños
nunca ajados en el suelo,
es hoy mi deseo para el resto de mi tiempo,
de mis momentos anclados en mi puerto.

Invierno y frío

Invierno, propietario del frío,
no hagas languidecer el espíritu;
que tu viento sea el mensajero
de los besos de corazones alegres.
Invierno, capitán de glaciares fríos,
apaga las lenguas de fuego
con las que el odio incendia la Tierra
y envenena las palabras de los hombres.

Invierno, portador de la niebla fría,
no ocultes el paisaje que maltratamos,
hazlo añorar por los seres buenos,
devuélvele su verdor cuando pases.

Invierno, origen de las calles frías,
enciende leños en todas las casas,
permite que el calor alegre las almas
de los hogares tristes.

Invierno, inclemente dueño del frío,
no castigues al pobre,
enséñale el camino del cielo azul,
edúcalo para que comparta la energía de los astros lejanos.

Invierno, manantial de la lluvia fría,
alimenta los campos del agricultor,
da luz a la semilla del trabajador,
instruye a su esperanza para que coseche y duerma.

Poesía de Víctor Arias Bermeo

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