Los Mercados… ese ente abstracto y sin rostro que preside los titulares hoy día. Ese Dios de mil voces que pide recortes en el gasto social para que podamos recuperar su confianza. Ese flujo de capitales que campa a sus anchas mientras el resto del mundo ve recortadas sus libertades.

Hoy en día asistimos al espectáculo: los Mercados controlan el mundo mientras la ONU se llena la boca hablando de Derechos Humanos.

Cuando crecimos nos contaron un cuento hermoso. Nos hablaron de la democracia, o el llamado gobierno del pueblo. Sin embargo la gran verdad es que el poder real siempre estuvo en manos del poder financiero.

Los apóstoles del Mercado predicaron con entusiasmo la promesa de su Dios perfecto: la competencia entre los más aptos genera el verdadero progreso. Y todos creímos que aquello era cierto.

¿Qué pasa si un país no es competitivo? ¿Si no es tan competitivo?
Y uno se pregunta: ¿Cómo ser competitivos contra China?

Dicen los expertos de Credit Suisse: “Los trabajadores españoles deberían soportar un recorte del 11% de sus salarios en 5 años para recuperar la competitividad perdida.”
¿Cuánto deberíamos recortarles a los expertos que iniciaron esta tormenta perfecta? ¿Un 11% de la cabeza?

Más de lo mismo por todas partes, señores serios con traje y corbata que desde Wall Street, Francfort, Bruselas, Madrid y Barcelona no dejan de repetirnos: “la austeridad se acerca, vienen tiempos difíciles”. Día a día, de forma constante y sin tregua: “serias y profundas reformas”, “la necesidad de recortar todo lo que se pueda”… todo muy sensato y coherente. Después de la fiesta del despilfarro hay que pagar la cuenta.

Pero la realidad siempre tiene varias caras:

«La lógica indica que las medidas de austeridad del año que viene van a estrangular más a los hogares», dice un tal Newton, de Nomura. Y sin gasto doméstico ¿cómo va a activarse el consumo?

Luego está la reflexión más profunda. ¿No se suponía que está era una crisis del ambicioso sector bancario privado? ¿Por qué ahora se ha convertido de golpe y porrazo en un problema de deuda pública?

Veamos, parece que hay gato encerrado. Los doctores de Bruselas y Francfort nos han recetado austeridad y reformas estructurales. Asumiendo buenas intenciones, cabe preguntarse si la medicina ortodoxa será suficiente, si con eso saldremos adelante. O si tal vez nos estamos adentrando en una peligrosa espiral decadente.

Para administrar la receta han puesto a cargo de gobiernos electos a funcionarios grises de corte técnico. Pero cabe preguntarse si es posible llamar técnico a alguien que responde a una ideología: fundamentalismo del mercado moderno. Como todo extremismo, peligroso por cuanto nos empuja al extremo.

Escuchamos que el FMI va a intervenir en Europa, para prevenir que la crisis se contagie a Estados Unidos, y de ahí al planeta entero. La tormenta perfecta se ha desatado en occidente. Para evitarla los tecnócratas van a reclamar el control de los gobiernos, y a dictar las políticas económicas.

Veamos de cerca lo que eso implica: un sistema implacable se ensaña sobre aquellos más necesitados, y que viene avalado por personas serias y respetadas que predican su credo desde grandes tribunas. Son esos expertos, siempre tan serios y tan ceñudos, los que nos dicen: el mercado es como un perro asustado, siempre trata de evitar el riesgo, huye en manada hacia los buenos puertos.

Sin embargo, hace no tanto tiempo, el mercado era como un lobo hambriento: desesperado por morder la inversión más jugosa, tratando de sacar el máximo provecho con el mínimo esfuerzo.

“España va por muy buen camino”, nos decía en febrero Ángela Merkel, “y los mercados van a tomar buena nota de ello”. Hoy en día, los chicos de Goldman Sachs que manejan Europa nos aseguran que ese Dios con pies de barro se encuentra muy intranquilo, y que debemos inspirarle confianza como sea. La única manera es reduciendo el gasto, para así conseguir credibilidad en nuestra solvencia y que vuelvan a prestarnos dinero. Lo dicen ellos, que no supieron decir muchas cosas en su momento y que han obtenido amplios beneficios de los desbarajustes ya habidos.

Y Europa les hace caso y ofrece su cuello desnudo, dejando que la prima de riesgo aumente semanalmente y exponiéndonos a que esta extraña moneda llamada Euro acabe siendo un experimento fallido. ¿Hasta cuándo seguiremos haciendo el papel de payaso de feria? ¿Hasta cuando someternos de esta manera a agencias de calificación, bancos usureros, y tecnócratas de rostros opacos adoctrinados?

Algo huele mal. Todo parece tan raro. Todo el mundo tiene su agenda, pero poco a poco las piezas encajan. La zanahoria y el palo. Primero el dinero fácil y abundante sin las medidas necesarias para regularlo. Luego el sermón calvinista que cae sobre aquellos que creyeron ser nuevos ricos − PIGS nos llaman en el norte –. Después el expolio y la mansedumbre. La extorsión de la población para pagar intereses que son eternos.

El Dios del Mercado posee la institución actual más poderosa que existe: la Banca. Y la Banca dispone de la herramienta más efectiva del mundo: la deuda. Aquí radica el corazón y control del sistema económico financiero. La mano que mece la cuna.

Sus acólitos nos dicen: Dios ayuda al que lo merece. Os habéis portado mal, habéis pecado en exceso.

Es cierto, reconocemos humildemente, pero… ¿por qué tenemos que pagar los platos nosotros solos? ¿Por qué no se ataca a aquellos que realmente tenían el poder cuando se inició todo? ¿Por qué nadie acusa la responsabilidad del Banco Central Europeo y de la banca de inversión estadounidense, que nos han puesto el caramelo en la boca y que ahora están poniendo nuestra cabeza en bandeja de plata para que nos devoren a precio de regalo?

Mientras tanto el malestar de la incertidumbre aumenta. La democracia actual no nos salvará, aunque nos duela admitirlo. Es una Diosa muy débil, sometida desde hace tiempo a los intereses de la Banca del Dinero. Vapuleada, manoseada y ensuciada por aquellos que juraron defenderla, ahora es muy poca cosa frente al Dios Financiero. Como la pobre Grecia, valga la coincidencia.

La economía, nuestra economía, está envejeciendo. Pese a las promesas del libre mercado, cada vez hay menos crecimiento. Ostentamos el paro más grande del mundo industrializado. Uno de cada cinco trabajadores no tiene trabajo, el 50% de los jóvenes no tiene futuro y volvemos a ser un país de emigrantes, como en los viejos tiempos. Sobre nuestras cabezas llueve intensamente, y la recesión planea cada vez con más fuerza.

Pero la verdad es que siempre es más fácil cargarle el muerto al pequeño: “la culpa de todo la tiene Grecia, y también los migrantes que vinieron en pos de sus sueños”. Es fácil cargarle el muerto al pequeño, por que suponemos que con el grande no podemos. ¿Cómo meter en la cárcel a los tipos de Goldman Sachs, a los que manejaron el Banco Central, a los banqueros de ansia desmesurada, y a los políticos corruptos e ineptos?

Habría que preguntarles a los islandeses.

“La banca es demasiado importante: hay que rescatar a los bancos. No podemos dejar que estos quiebren. No podemos dejar que Grecia cese de pagar sus intereses.” Bueno, eso es interesante: ¿qué ocurriría su Grecia se declarase en quiebra?

Imaginemos: Los griegos se niegan a seguir siendo usados como chivo expiatorio de este gigantesco castillo de naipes financiero, y deciden levantarse contra su gobierno de tecnócratas impuestos. Al cabo de una semana anuncian, como los islandeses, que ya no van a seguir manteniendo a sus bancos. En consecuencia, los grandes bancos alemanes y franceses que les prestaron inconscientemente se encuentran en la encrucijada de que ellos tampoco pueden asumir esas perdidas. Se produce otra gran recaída, lo que provoca que los bancos norteamericanos que les vendieron los derivados fantasmas no puedan cuadrar sus ingresos. Y todo el castillo de humo con forma de dinero que se ha ido creando a lo largo de todos estos años se viene abajo, provocando un fabuloso efecto dominó en barrena. Una recesión mundial en toda regla.

“Eso no puede pasar, claro. Sería un desbarajuste tremendo. El fin del mundo tal y como lo conocemos”. Bueno, tal vez va siendo hora de un cambio. Tal vez asistimos al declive del Dios del Mercado y su credo.

Quizás toca aceptar que nuestra clase media, tal y cómo la conocemos, está llegando a su fin. Y que el destino de España, no está en manos de Rajoy, a pesar de contar con su anhelada victoria. Y eso nos lleva a tres escenarios:

En el primero nos aprietan todo lo posible las tuercas para que nos ajustemos a unas medidas imposibles de asumir por cualquier pueblo que se precie de serlo. Nos volvemos esclavos de un proyecto inhumano de corte mundial que nos condena a ser exportadores competitivos para poder pagar unos intereses de deuda eternos. Un día cercano nos damos cuenta de que ya no somos soberanos y que tenemos los pies y manos atados por una cohorte de tecnócratas de traje y corbata muy serios.

En el segundo, Europa se da cuenta de la trampa y logra resistir unida, impidiendo que un nuevo feudalismo se apodere de sus grandes conquistas conseguidas a lo largo del tiempo. Para ello los alemanes deciden hacer realmente de capitán de navío del grupo, aunque la austeridad norteña se convierte en la nueva insignia y la soberanía nacional en un preciado recuerdo. Luego se hacen películas sobre la Gran Crisis.

En el tercero, nos salimos del Euro. Volvemos a la peseta, a los viejos tiempos. Los guardianes del orden braman y chillan, y nos tratan de hacer corralito. Y toca pelear a la brava, organizando la sociedad contra los tecnócratas del miedo.

Son escenarios extremos, pero no tan lejanos. Ya ha pasado antes, en Latinoamérica. Es posible que algún día nos sentemos a contar historias a nuestros niños junto al fuego y recordemos aquellos sueños de prosperidad y consumismo eterno que alimentamos televisivamente. Aquellos tiempos en que fuimos tan felices e ingenuos. Luego les explicaremos las lecciones aprendidas a costa de tanto esfuerzo. Fabulas como las de siempre. Como aquellas que hablan de lo que pasa cuando se gasta lo que no se tiene, o las que narran cuál es el verdadero poder de los pueblos.

Y entonces tal vez recordemos el tiempo en que los hombres adoraban al Dios del Mercado, y lo que pasó cuando éste les impuso el castigo por haberse salido del ruedo. Y cómo la deuda del crédito se comió sus ilusiones y sueños. Y de cómo la desbandada obligó al temido retroceso.

Por ahora nada de malas caras. Alegrémonos por lo que estamos viviendo. Sólo se trata de apretarse los pantalones. Desempolvar la vieja solidaridad, la piña barrial y los antiguos valores. Porque después de la tormenta económica vendrá el cambio de clima y el asunto se pondrá aun más serio. Y entonces recordaremos que existen otros Dioses mucho más grandes e implacables que este Dios egoísta y miedoso que es el Mercado Financiero.

Los apóstoles del Mercado no lo saben, y no les importa, pero la Tierra es redonda. Dentro de poco lo recordaremos.
j.c.carrasco

Comments are closed.