Bajo el candente sol equinoccial, azaroso camina un ser por esas callejuelas empinadas del centro de la ciudad, triste metrópoli llamada “La Araña Multicolor”, pulpo amorfo que por doquier extiende sus tentáculos formados por el concreto de esta “vida moderna”. Se rasca con fruición y dolor el brazo izquierdo, luego la pierna derecha, sube sus manos temblorosas y deja que sus dedos se regodeen con la cabellera extensa, aruña su cabeza, intenta hurgar desde fuera a ver si encuentra alguna extraña criatura de carbono o de silicio, se siente vigilado, sabe que está bajo el control del CGPS (Criminal Geoposition System).

Juan Pedro Alimaña Navaja, así lo bautizaron en las oficinas del crimen cibernético, -¿dónde demonios tengo el chip?- se pregunta, mientras continúa su marcha por la ciudad en busca de ayuda, mira una enorme vitrina donde se exhiben los últimos modelos de ordenadores pseudo-cuánticos y piensa:-malditas criaturas del silicio, por vuestra culpa estoy fichado en la CGPS. Cae ante la tentación de acariciar a los nuevos modelitos de computadores seguidores, aquellas tabletas anti gravedad que nos persiguen a donde vayamos, con la cual mantenemos contacto permanente con las redes sociales en el ciberespacio. Mira desconfiado a su alrededor, al fondo sentado cual estatua se encuentra el Vampiro, parece que está charlando con Chancholovo, decide acercarse pero en ese momento se despliega un enorme monitor láser, el cual muestra la noticia última de control emitida por los juiciosos señores del CGPS, un mapa 4D, porque muestra el pasar del tiempo en cada punto tridimensional. Y allí está él, vigilado en cada uno de sus pasos, monitoreada su posición en tiempo real, mientras la meta data de su punto de ubicación informa a todos los que miran curiosos hacia la pantalla, que en el sector se encuentra un cibercriminal apodado Juan Pedro Alimaña Navaja, pero cuyo nombre real es Marcus Aroya, han actualizado su fotografía en cuanto entró en la tienda de juguetitos electrónicos que ahora mismo dejó de ver y perdió el interés en ellos.
Sale presuroso sin contestar al llamado que le hiciera Chancholovo, -me urge abrirme entero, encontrar el maldito chip- piensa mientras vuelve a rascarse maniáticamente. Tras él un grito: -¡espera Marcus!- es Vampiro que con el regordete Chancholovo vienen a su encuentro.
-Déjenme en paz. Serán controlados como a las vaquitas del campo, a esas que criamos por millones, para comerlas, para satisfacer la gula del “hombre moderno”; y solo por andar en mi compañía. Saben muy bien que por crackear esos algoritmos de seguridad del gobierno me han marcado como a ganado, con ese chip que me inyectaron conocen siempre en donde me encuentro…y no sé que cosas más.
-Sabrán también de tus enfermedades, de qué vacunas tiene tu cuerpo, etc. Tranquilo Juancho, -acota Vampiro- todo tiene solución. Si te rajas con la navaja suiza, el chip podría estallar, dice el mito social que hay una pequeña carga de un explosivo ultra potente.


Juancho ha tomado la decisión, tratará de suicidarse, pregunta insistentemente por el paradero de Kantoborgy, a ver si aquel montañero, infringe su ley, y va acompañado a la montaña y lo lleva a un glaciar traicionero, para terminar así con sus huesos dentro de las gélidas fauces de una descomunal grieta. Chancholovo recomienda, que aunque Kantoborgy accediera, considerando que irá acompañado a la montaña pero que regresaría solo, sería mejor que Juancho se tire desde ese balcón siniestro llamado Chiriculapo, que le saldrá más barato el viaje. Todos ríen nerviosos, de seguro que ya están todos en la mira de la policía, y tan solo por charlar con un humano, quien por una sola vez rompió con las leyes, descifrando para el mundo el susodicho algoritmo que encripta los nefastos secretos de un pujante gobierno electrónico. Cada criminal, sin distinción alguna, es decir, no importa que sea un exterminador compulsivo de humanos o de máquinas, o un roba gallinas, porque han de saber que con tanta tecnología en este mundillo “moderno” el ser humano sigue viviendo en la miseria, muchos miserables por falta de inteligencia, y no menos humanos en la miseria por la carencia para cubrir las necesidades básicas. Todos luego de su primera infracción, son inyectados con nanobots que revelan su posición en el globo terráqueo, aprovechándose de que por doquier existen lectores de radiofrecuencia que leen los chips insertados en sus carnes, y que transmiten su posición por GPS a los centros de control policial. Las ciudades, pueblos, campos y recónditos lugares del planeta, están llenos de lectores de radio frecuencia, así se conoce en tiempo real en donde está el criminal, de esa forma se sabe cada uno de los movimientos que ha dado, y en este pedacito de planeta, donde ahora me encuentro vigilando los pasos del Sr. Alimaña, también existen por doquier.
Ante la ausencia de Kantoborgy, Chancholovo y Vampiro acompañan a Marcus, todos viajan al sur, hacia la impertérrita centinela; llegados al balcón del Inca, Juan Pedro Alimaña Navaja sin decir nada, y antes de arrepentirse o de que la CGPS decida hacerlo estallar por violar por segunda vez la ley, porque no le está permitido al humano despojarse de su cuerpo a voluntad, abraza al inquieto computador seguidor, grita:-El mejor gobierno es el no gobierno- y emprende el clavado magistral hacia el abismo en cuyo final está la dulce Parca esperando para liberarlo.

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