Pescábamos esa mañana sin nubes, en los bajos de la Corona del Diablo. Un círculo de basaltos siniestros que se cernían sobre un mar transparente. Un antiguo cráter que las olas devoraban. Un atolón que circuía el vacío de las aguas. Éramos cinco con Lucas en el bote. Había sido él, precisamente, quien nos había guiado al interior, y ahora anclados al centro girábamos con peligro muy cerca de las rocas, arrastrados por las invisibles corrientes.

Por entre las crestas fracturadas se alcanzaba a ver por instantes, como desde un tiovivo, las tobas rojizas y violetas de Floreana, y hacia el oeste, sobre el horizonte, se perfilaban apenas, como un aire más denso y translúcido, las montañas de Isabela. Sobre los escollos combatía y copulaba furiosamente un rebaño de focas, ajenas por completo a nuestra presencia; sus hesitaciones nos llegaban como el coro de la resaca o de las multitudes. Arriba, giraban también como nosotros, atadas a una invisible ancla en el cielo, las gaviotas, ansiosas de comida. Una luz torrencial atravesaba el agua, como al vacío y desnudaba un fondo soñoliento de algas y de arena.

Éramos cinco en el bote con Lucas. Todos pescábamos para mister Gray, el comerciante de Santa Cruz. Nosotros con los cordeles tensos, esperando en la mano, casi en el oído, la caricia de los morros de los bacalaos al rozar la carnada. Lucas, angélico, en la proa con el cordel en alto en la una mano, ensartado el anzuelo en una pluma encarnada, y un pedazo de espejo en la otra. Nosotros miserables, azotados por un sol que quemaba vertical, extrayendo para otro, como flores abismales, los bacalaos que subían en tumbos hasta voltearlos por la borda, destrozadas las branquias por el aire antes de que ellos nos reventaran los riñones. El, esperando, sin tiempo, encantar con su espejo al rey de los bacalaos, el bacalao dorado, padre de todos los cardúmenes, que claro está el sabía finalmente, después de haberlo buscado por todos los mares de Galápagos, sólo podía encontrarlo ahora en la Corona del Diablo.

Lucas tenía los ojos de un color acuoso, turbio. Parecía mirar siempre un paisaje muy lejano o quizá nada, un poco la ceguera de las estatuas griegas, aunque este pescador del Pacífico tuviera, en cambio, los párpados orlados por el azufre delicuescente de las lagañas que deposita el hambre. Las cosas inmediatas, los harapos, la pobreza, su propio destino de peón de bote luchando contra el mar para disminuir su cuenta en el almacén de Gray, su propia llaga en la rodilla izquierda que no obstante cultivaba como una flor, resbalaban por su mirada vítrea sin contaminarla, sólo los colores puros, las perspectivas lejanas, los mirajes sin tiempo la animaban, cuando no las llamas o el deseo o el alcohol.
Ahora sus ojos resplandecían oteando a través del agua, hacia el fondo del alvéolo –de risa descarnada- en que nos encontrábamos, sorprendiendo las luces que destellaban los caballos marinos.

Desde hace tres días ,que habíamos salido de Santa Cruz, él sólo pescaba caballos marinos. Devolvía al mar los peces vivos luego que habían eructado, en los estertores de la asfixia, los pálidos semidigeridos hipocampos. Siete de ellos pendían del mástil al trinquete, las colas engastadas contra el cielo, trazaban rampantes una heráldica de locura.

No, no estaba loco. Todos nosotros lo sabíamos. Lucas sólo perseguía con ímpetu, lo que nosotros no nos atrevíamos a buscar, urgidos por la vida inmediata, los hijos, los crueles intestinos .Lo que todo hombre anhela encontrar inútilmente algún día, el diamante sin contornos de lo imposible, la fascinación de la quimera.

Sin embargo, ahora no le importaban ya los relámpagos azulados que teje y desteje el caballo de mar en las profundidades. Deliberadamente, nos había conducido a ese misterioso recinto de piedra en cuyo seno girábamos en el bote, como si todos nuestros destinos giraran en la peonza con que jugara un dios insensato. Solo, aquí como en el infierno, Lucas estaba transido, entregado al destello que debía trazar irrevocable el rey de los bacalaos.
Era casi medio día cuando don Escarabay el patrón del bote dio la señal de que cesáramos. El mundo bajar, pausar y subir de los “empates” se detuvo, así como el doblegarse de nuestros cuerpos trasijados.

Don Escarabay era un viejo pescador en el Archipiélago ,ennegrecido por los soles, curtido por el mar y su tarea, zurrado por el sufrimiento. Un pequeño número de verdades absolutas había grabado su vida de menestral y de galeote de Gray en su entrecejo: el tono más claro de los bajos de pesca, su contorno de parcela, las brazadas necesarias para que el anzuelo no se enredara en los corales, y sobre todo ésta que resumía su experiencia y que repetía incesantemente

–carnada grande, pescado grande.

       -El tuerto está alto y no agarras nada- le gritó a Lucas, refiriéndose al sol ya cenital sobre nuestras cabezas.

       -Allá ustedes, que yo no ensarto pendejadas-contestó sin moverse y siempre inclinado sobre la proa.

Fue en ese instante, cuando lo vimos girar imperceptiblemente su espejo y agacharse hasta tocar casi las aguas. Un torrente de luz brotó de su mano y atravesó el abismo hasta el fondo. Mas nosotros no veíamos sino el haz del reflejo violando la profundidad. Sólo para sus pupilas legañosas tomaba cuerpo el misterio, y él sí adivinó, más dentro de sí mismo que fuera, la forma fugitiva y dorada que desde siempre buscara. De pronto, tensó su empate que giró en círculo sobre nosotros, y luego oímos, sí, sólo oímos, el chasquido del cordel sobre las aguas y como éstas se abrían susurrando, y después… sólo el silencio de la resaca, de los pájaros, y de las focas luchando y apareándose.

Esperamos, nos parece, como mil años, él inmóvil y jadeante, nosotros también inmóviles y como aplastados entre el mar, entre las rodas, contra el cielo, hasta que don Escarabay, sólo por decir algo rompió:

       -Aquí castizan los lobos que da miedo, compadre.

Desde la proa le llegó:

-Cállate, puro miedo es el tuyo viejo desgraciado.

Era Lucas que empezaba a izar lentamente, como si se hubiese vuelto de vidrio, su cordel. Nosotros, permanecimos clavados en las bordas, hasta que sentimos emerger la cabeceante corola con la boca abierta del pez que Lucas extrañaba a los abismos. Lo levantó de un golpe hasta el puente, las gotas resbalaban entre las escamas tremantes, la asfixia convulsionada el cuerpo destinado desde siempre a la muerte.

Era el bacalao de oro.

-No les dije que algún día iba a ensartar al rey de los bacalaos, y ahora, quien jode carajo-. Clamó exultante. Nadie contestó, abrumados por el cumplimiento de los mitos y la inminencia de los dioses.

Amarró el cuerpo vibrante aún del pez, sin desengarzar la pluma y el anzuelo que afloraban entre la boca. El bacalao pendía de la proa como un mascarón salpicado por la espuma, después Lucas cogió el timón y enfiló a la escombrera que abría la Corona del Diablo hacia la libertad del crepúsculo.

Orzamos toda la noche en dirección a Santa Cruz, nosotros dormidos sobre nuestras pequeñas cargas de hedor que darían de comer a nuestros hijos; él, al timón horadando la tiniebla con sus pupilas sulfurosas, reconstruía las formas enigmáticas de su pez atado a la proa.

En la obscuridad, propicia a la memoria, recordaba su vida destinada a la búsqueda del misterio: cholo de la Sierra, huroneador de totems y de huacas, encantador de serpientes y de pájaros, cazador de animales de oro vivo con los que la imaginación de su gente poblaba los frisos de nevados y volcanes. Fugose a Esmeraldas fascinado sobre todo, ahora lo sabía por la sugestión cautivante del vocablo. Después de vagar sin encontrar nada, nada de ese algo innombrable que ni él mismo comprendía, se obligó a vivir de los trabajos a veces más extraños y disímiles: guardián de mingitorios y burdeles, buhonero de afrodisíacos, condones y abalorios, sacristán, contrabandista, faquir, mendigo… hasta que se enganchó como soldado en una partida que iba al Oriente. Aquí cuando más cerca estuvo de alcanzar el enigma de lo arcano, el rostro de lo indecible. Fue cuando se perdió en los Llanganatis mientras buscaba con sus compañeros los tesoros de los incas. Allí, en la cordillera, en una comarca esfumada por la niebla, castigada por el rayo, entre líquenes y estalactitas de mortuorio esplendor, moraba el gallo de las rocas. Lo sorprendió cuando alzaba el vuelo, dorándose en un aire imantado por la atracción de los taludes, donde otros pájaros caerían con el corazón destrozado. Lucas escondido entre la niebla, acezando, reptando entre las rocas desgarradoras, lo alcanzó. Mas en sus manos sólo tenía una larga pluma encarnada, cuando despertó más tarde, con la rótula sangrante, al pie del peñasco sobre el cual el pájaro se cernía nuevamente, dorándose en el aire enardecido.

Despertose, apretando entre sus manos la llaga de su rodilla, y buscó cojeando, en la mañana que empezaba, su bacalao de oro. Allí estaba, mascarón de proa batido por la espuma, ya nadie podía quitarle, era el rostro encadenado de la realidad. Sólo que… las doradas escamas se habían apagado invadidas por el gris nauseabundo que inicia la descomposición, sólo que las pupilas del pez, como en los antiguos mascarones ciegos esculpidos en los mitos, estaban velándose y destilaban ese azufre delicuescente que al final depositan en todos los ojos el hambre o la pobreza, o la muerte.

Lucas no dijo nada. Enmudeció el resto de la travesía. Cuando menos nosotros no le oímos gritar, cuando todavía adormecidos, nos revolvíamos sobre nuestras pequeñas cargas de hedor, con el sol sobre los párpados, y comenzamos un nuevo día de la vida arrollando la vela de trinquete. Es verdad también que se levantó una brisa fuerte que ululaba entre los obenques y el mar rugía como una bestia en celo, apagando todo otro clamor.

Era casi medio día cuando llegamos a Puerto Ayora.

– El tuerto está alto

Sentenció don Escarabay, poniéndose al hombro su apero de pesca y su carga de pescado ajeno. Lo mismo hicimos nosotros. Lucas, desató su bacalao, oscuro como todos los bacalaos, y acunándole entre los brazos, con desolada ternura, como a un niño dormido o muerto, se perdió tras la escollera, dispuesto a emborracharse.

Al crepúsculo, un crepúsculo sin libertad, mister Gray gruñendo de contento, sentó en su libro de almacén:

Lucas Campoverde debe $ 5.000.00

menos $5,00 por un pescado.

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