Sobre la fritada, el hornado y los sánduches de pernil.

Los doce cerdos estaban amontonados en el extremo del cobertizo, sin moverse, con expresión de miedo. Uno de los hombres con botas de caucho bajó una cadena de metal de la pared y avanzó hacia el animal más cercano, por detrás. Se agachó y colocó con rapidez un extremo de la cadena en torno a una de las patas traseras del animal. Ató el otro extremo a un gancho del cable móvil cuando lo tuvo al alcance de la mano.
El cable siguió moviéndose y la cadena se tensó. La pata del cerdo recibió un tirón hacia atrás y hacia arriba y luego el animal empezó a retroceder, arrastrándose, pero no se cayó. Era un cerdo bastante ágil y logró mantener el equilibrio sobre tres patas, saltando con una sola y luchando contra la cadena que tiraba de él, pero fue retrocediendo más y más hasta que al llegar al final del cobertizo, donde el cable cambiaba de dirección y subía, la pobre bestia perdió pie bruscamente y quedó colgando. El aire se llenó de chillidos de protesta.
—Es un proceso realmente fascinante —dijo Lexington—, pero ¿qué era ese ruido raro, ese chasquido que se oyó en el momento en que subía el cerdo?
—Probablemente, la pata —contestó el guía—. O la pelvis. —¿Y eso no importa? —¿Por qué iba a importar? —replicó el guía—. Los huesos no se comen.
Los hombres con botas de caucho no paraban de encadenar cerdos; los colgaban uno tras otro y los hacían pasar por el techo entre fuertes gruñidos de protesta.
—Esta receta no consiste solamente en recoger hierbas sin más —dijo Lexington—.
La tía Glosspan jamás hubiera hecho una cosa así. En ese momento, mientras Lexington miraba el último cerdo que subía hacia el techo, un hombre con botas de caucho se le acercó con precaución por detrás y ató un extremo de la cadena en torno al tobillo del muchacho, colgando el otro extremo del cinturón móvil. Al momento siguiente, sin que le diera tiempo a darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, nuestro héroe perdió el equilibrio y se vio arrastrado hacia atrás por el piso de cemento del corral de encadenado. —¡Paren! —gritó—. ¡Deténganlo todo! ¡Se me ha enganchado una pierna.

Pero al parecer no le oyó nadie, y cinco segundos más tarde el infeliz joven fue arrancado del suelo y arrastrado hacia arriba. Pasó por el tejado abierto del corral, colgando cabeza abajo, agarrado por un tobillo y culebreando como un pez.
—¡Socorro! —gritó-. ¡Socorro! ¡Ha habido una terrible equivocación! ¡Paren las máquinas! ¡Déjenme bajar! El guía se quitó el puro de la boca y miró serenamente hacia arriba, al joven que ascendía rápidamente, pero no dijo nada. Los hombres de las botas de caucho ya habían salido a recoger el siguiente grupo de cerdos.
—¡Sálveme! —chilló nuestro héroe—. ¡Déjeme bajar! ¡Por favor, déjeme bajar! Pero ya se acercaba al piso superior del edificio, y allí el cinturón móvil se retorció como una serpiente y entró por un gran agujero de la pared, una especie de portal sin puerta; y en el umbral, esperando para recibirlo, cubierto con un delantal de caucho amarillo con manchas oscuras y contemplando el mundo como San Pedro a las puertas del cielo, estaba el matarife. Lexington le vio del revés y sólo breves segundos, pero aún así observó inmediatamente la expresión de paz y benevolencia en el rostro de aquel hombre, el alegre brillo de sus ojos, la sonrisilla melancólica, los hoyuelos de las mejillas… y todo aquello le hizo concebir esperanzas.
—¿Qué tal? —le preguntó el matarife sonriendo. —¡Rápido! ¡Sálveme! —gritó nuestro héroe. —Con mucho gusto —replicó el matarife y, cogiendo delicadamente a Lexington por una oreja con la mano izquierda, alzó la derecha y con suma habilidad le abrió la yugular con un cuchillo. El cinturón continuó moviéndose y Lexington con él. Todo seguía del revés, y la sangre que le salía del cuello se le metía en los ojos, pero aún veía un poco y tuvo la borrosa impresión de encontrarse en una habitación enorme y alargada, en cuyo extremo había una gran caldera de agua humeante y a su alrededor unas oscuras siluetas, medio ocultas por el vapor, que bailaban blandiendo largas varas.
Le pareció que la cinta transportadora pasaba justo por encima del caldero y que los cerdos caían uno tras otro al agua hirviendo, y que uno de ellos llevaba unos largos guantes blancos en las patas delanteras. De repente nuestro héroe empezó a sentir mucho sueño, pero hasta que su fuerte corazón no hubo bombeado la última gota de sangre no pasó de este mundo, el mejor de todos los mundos posibles, al otro.

R. Dahl

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