Nuestro oxímoron

 

Chao, me voy con el Mar
Se va conmigo todo lo que llevo dentro
Esta mentira de creer que estoy cuando me pierdo
Esta comodidad de tener el día bajo control
De escribir sin estremecimiento
De enviarte cartas falsas para que veas que te pienso

Chao, me llevo estas ganas de pensarte simplemente
Y de escribirte cuando ya no pueda más de tanto llevarte
Me voy, en medio del desorden que quita la cadena
Al borde de la ignorancia que me libra de importarme

Puede ser que el Mar me regrese lavada por su espuma
Y me ponga a secar luego entre las rocas
Entre los acantilados que cortan mi contradicción
Quizá para entonces me ría y me entristezca
Por esa cualidad tan cambiante que me vive
Y que nos muere

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No erosionan mis carnes estas playas,
no me saben salobres, menos, densas.
Tristes tal vez desde el recuerdo.
Guiada por la mano de ese dios desconocido
(Y por demás poco interesante)
Asisto a la filigrana de esas playas ausentes…

Briznas de aire,
¿infancia?
Nada importa,
todo corre de mí,
como un Atlas vencido.
El recuerdo sostiene un celuloide cruel,
los ruidos de otras playas.

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«No se lo merecen».

Eso fue lo que nos comentó a modo de confidencia el Embajador Español en aquella reunión que mantuvimos con las autoridades ecuatorianas en las Islas Galápagos. Se refería a la ayuda económica y técnica que les brindábamos por aquel entonces como parte del programa Araucaria de la Agencia Española de Cooperación, y puedo reconocer sin rubor alguno, que yo también subscribía en cierto grado esa oscura impresión sobre nuestras contrapartes. Se había invertido mucho dinero en apoyar la conservación y desarrollo sostenible del Archipiélago, y a ratos daba la impresión de que todo aquello era sólo una gastadera sin fondo en la que los cooperantes oficiábamos de Quijotes posmodernos. Demasiados ratos sentí esa desganada impresión de que en realidad lo sostenible era una excusa para recibir fondos mientras nosotros llenábamos Galápagos de logotipos.

Sin embargo, algún tiempo después, al regresar a España, me llevé una sorpresa. Algo aturdido constaté que el país que yo había dejado atrás, boyante y optimista como pocos, se encontraba sumido ahora en una confusa situación parecida a las crisis de las que tanto había escuchado hablar durante mi etapa por Latinoamérica. Y lo que más me sorprendió fue constatar, que la misma crítica que había realizado aquel embajador en su momento, se podía aplicar también a las ingentes cantidades de crédito y fondos para el desarrollo que había recibido España de Europa durante los años de bonanza.
Era evidente, que en cuanto a experiencia y visión de eso que se ha dado en llamar “desarrollo sostenible”, nosotros los españoles difícilmente podíamos sentar cátedra. Quizá, incluso, era posible plantearse si nosotros nos lo merecíamos. Lo que nos estaba pasando. Aunque sea tan difícil y áspero reconocer que uno ha vivido en una burbuja creyéndose rico.

Entre dos aguas
Desde el momento en que decidí emigrar a Ecuador, por allá el 2004, mis conocidos y familiares no dejaron de preguntarme medio en serio, medio en burla, porqué quería ir a probar suerte en un lugar desde el cual no dejaban de llegar paletadas de inmigrantes desesperados, a los que coloquialmente se comenzaba a denominar por el sobrenombre de “panchitos”.

Resulta fácil decir ahora que yo no veía muy claro lo que ocurría en España en aquellas fechas. Es como llover sobre mojado. Pero sin embargo es cierto. Sin tener demasiadas nociones sobre macroeconomía y desarrollo económico, había algo en lo que percibía desatado por toda España que tenía un aire irreal. Como de borrachera fantástica de adolescencia.
España iba a toda vela. El dinero corría sin freno por todos los generosos cauces del día a día, y cada año que pasaba nos sentíamos más europeos de lo que nunca habían sido nuestros abuelos. Ya no recordábamos la época en que habíamos sido exportadores de emigrantes al norte de Europa y las Américas. Como aquel jubilado español que conocí en Quito y que me comentó, muy seriamente, que “España era un país magnifico para vivir”, exceptuando a “ciertos extranjeros que llegaban causando problemas”, y que había que tener mano dura con la inmigración. Al día siguiente me encontré con un grupo de ecuatorianos provenientes del campo que me preguntaron cómo podían viajar hacia España para trabajar, y porque los españoles no les querían allí.

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Los Mercados… ese ente abstracto y sin rostro que preside los titulares hoy día. Ese Dios de mil voces que pide recortes en el gasto social para que podamos recuperar su confianza. Ese flujo de capitales que campa a sus anchas mientras el resto del mundo ve recortadas sus libertades.

Hoy en día asistimos al espectáculo: los Mercados controlan el mundo mientras la ONU se llena la boca hablando de Derechos Humanos.

Cuando crecimos nos contaron un cuento hermoso. Nos hablaron de la democracia, o el llamado gobierno del pueblo. Sin embargo la gran verdad es que el poder real siempre estuvo en manos del poder financiero.

Los apóstoles del Mercado predicaron con entusiasmo la promesa de su Dios perfecto: la competencia entre los más aptos genera el verdadero progreso. Y todos creímos que aquello era cierto.

¿Qué pasa si un país no es competitivo? ¿Si no es tan competitivo?
Y uno se pregunta: ¿Cómo ser competitivos contra China?

Dicen los expertos de Credit Suisse: “Los trabajadores españoles deberían soportar un recorte del 11% de sus salarios en 5 años para recuperar la competitividad perdida.”
¿Cuánto deberíamos recortarles a los expertos que iniciaron esta tormenta perfecta? ¿Un 11% de la cabeza?

Más de lo mismo por todas partes, señores serios con traje y corbata que desde Wall Street, Francfort, Bruselas, Madrid y Barcelona no dejan de repetirnos: “la austeridad se acerca, vienen tiempos difíciles”. Día a día, de forma constante y sin tregua: “serias y profundas reformas”, “la necesidad de recortar todo lo que se pueda”… todo muy sensato y coherente. Después de la fiesta del despilfarro hay que pagar la cuenta.

Pero la realidad siempre tiene varias caras:

«La lógica indica que las medidas de austeridad del año que viene van a estrangular más a los hogares», dice un tal Newton, de Nomura. Y sin gasto doméstico ¿cómo va a activarse el consumo?

Luego está la reflexión más profunda. ¿No se suponía que está era una crisis del ambicioso sector bancario privado? ¿Por qué ahora se ha convertido de golpe y porrazo en un problema de deuda pública?

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“Dadme coronas de rosas
y una copa llena de vino.”
Anacreonte
“Tu boca esta noche es la más bella rosa del mundo
escánciame tu vino…”
Omar Khayyam

Vino,
color de orina ambarino.
De un suave sabor que subibaja
desde el oscuro pecho tenebroso
por la cavernosa garganta
hasta el pálido rosa de la píamadre
cruzando por las olivas de tus ojos
que se nublan casi hasta el lamentoso llanto
en medio del vaho perdido de su niebla.

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El Trono

Recargué el arma una vez más, y aspiré con fuerza el aire caliente que se levantaba del suelo: denso y pesado como fuego vivo cayendo a plomo por mi garganta. Era el último que quedaba en pie, el último de los míos. Ramírez había caído partido en dos hacía tan solo unos instantes. El Astarte le había roto la columna vertebral de un solo golpe, con pulcra furia concentrada. Así que sólo quedaba yo, con mi viejo fusil de precisión HK y un par de granadas. Poca cosa frente a las circunstancias.

Aquel ser actuaba de manera extraña. Se había detenido sobre los restos de mi compañero, ajeno a lo que le rodeaba. Lo vi allí, inmenso y erecto, y sentí una gran envidia. Una fría y asquerosa envidia gris que me subió de golpe por toda la espalda. El hijo de puta era superior y se sentía muy bien al respecto. Tan seguro de si mismo, tan capaz y dotado, sin rezagos de inseguridad o de miedo. Sólo una implacable determinación de victoria y poder que no dejaba lugar para nuestra esperanza. No sé, creo que fue en aquel momento cuando me di cuenta de que aquella era mi oportunidad.

Apunté bien mientras aspiraba aquel aire espeso.

Todo había ido rápido, demasiado rápido. Había sido un ataque sorpresa de tres Divisiones del Ejército de Resistencia Libre: 5.000 hombres con soporte de artillería y caballería aérea, la mayor ofensiva realizada hasta la fecha. Al frente de la carga estábamos nosotros, Escuadrones Esparta. Los más entrenados, los curtidos, los que habíamos logrado sobrevivir al exterminio.

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Camina solo, perdido, hace mucho el rumbo dejó de serle importante, después de Lucia nada volvió a ser igual…
Dentro de la rutinaria domesticidad pocas cosas llamaban su atención; un anuncio publicitario, una obra de jazz o un deportivo del año; pero esa figura lo alucinó, invadió lo más profundo de su alma; hablamos, claro, del rostro de Lucía.

Desde aquella tarde su imaginación la llevó a la cama tantas veces como le concedió una pieza de vals, le regalo una rosa o la llevó de viaje por una desierta carretera de las costas manabitas. Cada vez más su realidad sin ella perdió importancia. Continue reading

Estaba ahí…; sentado en un bosque con un resplandor dorado, adornado por colosos robles de troncos secos y agrietados por los años; un río de agua verde y oscura, pero a la vez limpia y saludable como la paz regaba aquel edén infectado con el veneno de la vida; el olor a soledad aturdía sus sentidos, dejando su mente abierta hacia la percepción de sensaciones extravagantes. Continue reading

Cuicocha

Cuicocha

La laguna de Cuicocha es una caldera volcánica cuya explosividad es diez veces mayor a la del Cotopaxi y la mayoría de los volcanes más conocidos de nuestro país.

En el gráfico abajo incluido se puede ver como una caldera erupciona. Lo hace a través de varias explosiones en el perímetro de un círculo o elipse. Conforme la cámara de magma se vacía el fondo se hunde. Esta concavidad se llenará con agua para formar lagos.

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Bajo el candente sol equinoccial, azaroso camina un ser por esas callejuelas empinadas del centro de la ciudad, triste metrópoli llamada “La Araña Multicolor”, pulpo amorfo que por doquier extiende sus tentáculos formados por el concreto de esta “vida moderna”. Se rasca con fruición y dolor el brazo izquierdo, luego la pierna derecha, sube sus manos temblorosas y deja que sus dedos se regodeen con la cabellera extensa, aruña su cabeza, intenta hurgar desde fuera a ver si encuentra alguna extraña criatura de carbono o de silicio, se siente vigilado, sabe que está bajo el control del CGPS (Criminal Geoposition System).

Juan Pedro Alimaña Navaja, así lo bautizaron en las oficinas del crimen cibernético, -¿dónde demonios tengo el chip?- se pregunta, mientras continúa su marcha por la ciudad en busca de ayuda, mira una enorme vitrina donde se exhiben los últimos modelos de ordenadores pseudo-cuánticos y piensa:-malditas criaturas del silicio, por vuestra culpa estoy fichado en la CGPS. Cae ante la tentación de acariciar a los nuevos modelitos de computadores seguidores, aquellas tabletas anti gravedad que nos persiguen a donde vayamos, con la cual mantenemos contacto permanente con las redes sociales en el ciberespacio. Mira desconfiado a su alrededor, al fondo sentado cual estatua se encuentra el Vampiro, parece que está charlando con Chancholovo, decide acercarse pero en ese momento se despliega un enorme monitor láser, el cual muestra la noticia última de control emitida por los juiciosos señores del CGPS, un mapa 4D, porque muestra el pasar del tiempo en cada punto tridimensional. Y allí está él, vigilado en cada uno de sus pasos, monitoreada su posición en tiempo real, mientras la meta data de su punto de ubicación informa a todos los que miran curiosos hacia la pantalla, que en el sector se encuentra un cibercriminal apodado Juan Pedro Alimaña Navaja, pero cuyo nombre real es Marcus Aroya, han actualizado su fotografía en cuanto entró en la tienda de juguetitos electrónicos que ahora mismo dejó de ver y perdió el interés en ellos.
Sale presuroso sin contestar al llamado que le hiciera Chancholovo, -me urge abrirme entero, encontrar el maldito chip- piensa mientras vuelve a rascarse maniáticamente. Tras él un grito: -¡espera Marcus!- es Vampiro que con el regordete Chancholovo vienen a su encuentro.
-Déjenme en paz. Serán controlados como a las vaquitas del campo, a esas que criamos por millones, para comerlas, para satisfacer la gula del “hombre moderno”; y solo por andar en mi compañía. Saben muy bien que por crackear esos algoritmos de seguridad del gobierno me han marcado como a ganado, con ese chip que me inyectaron conocen siempre en donde me encuentro…y no sé que cosas más.
-Sabrán también de tus enfermedades, de qué vacunas tiene tu cuerpo, etc. Tranquilo Juancho, -acota Vampiro- todo tiene solución. Si te rajas con la navaja suiza, el chip podría estallar, dice el mito social que hay una pequeña carga de un explosivo ultra potente.

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…las sensuales formas y los erguidos pechos de Gea, son sus montañas, sus cumbres regadas con la lechosa espuma de gélidas nubes.
En la cumbre del Volcán Cotopaxi
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El Rumiñahui, a fondo El Corazón, Paso Ochoa, Atacazo y Pichinchas.
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El Cayambe y Antisana
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Illinizas
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Una dona de Cráter
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Cráter
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Illinizas
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El Sangay fumando, Capac-Urcu (El Altar), Tunguragua
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“Medicina Ecológica y comentarios a la obra de Fabián Herrera”,Tesoro de Atahualpa

Es una expresión fantástica de la cultura alternativa aborigen desde la cosmovisión blanco mestiza. La línea de trabajo de Herrera, se inscribe en el marco de una enorme producción literaria y científica que vincula al hombre y la naturaleza, cuyos antecedentes los encontramos en la mitología de las mas importantes culturas estudiadas a nivel mundial y en América representadas principalmente por las culturas Azteca, Maya, Inca y Quitu – Cara.

Un medio que ha permitido recrear el desarrollo de la mente humana, desde la mas remota antigüedad hasta nuestros días, es la ingestión de sustancias alucinógenas o psicotomiméticas, que permiten en la fase del desdoblamiento alucinatorio”ver” una realidad diferente que resume en forma mágica la ontogenia y la filogenia en el terreno psicológico y deja la “puerta abierta” para que actúe el terapeuta o el relator de fantasías. En síntesis esta teoría expresa la conciencia y espíritu de la naturaleza.

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Ahora.
Suena una música que no conoces.
Lejos, al fondo, una fuerte línea de bajo, como de artillería.
La mente escarba y el alma busca. Te va a hacer daño, pero tu cerebro pide y tu cuerpo
aguanta.
Inhalación fuerte y profunda, microgramos que entran por tus pulmones. Los alvéolos
transmiten la sustancia a la sangre, y un tren eléctrico recorre tu espina dorsal. Parece
mentira…

Sales del lavabo con la cara aun mojada, sientes las gotas bajar por tu nuca y te sacudes con el dorso de la mano. Abres la puerta y una gran bocanada de humo, ruido y calor te impacta fuertemente en el rostro. Resoplas mientras sacudes los hombros, sientes la sangre recorriendo tu cuerpo, la sangre caliente. El corazón empuja y bombea, un guerrero de latido imparable que marcha adelante de nuevo.

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El maldito Edi y nosotros

Mi existencia la debo al Maldito Edi (o a cualquiera de ellos). Sin él no hubiera nacido, ni yo ni Eugenia, y la vida en el pueblo no hubiese tenido sabor, ni sueños. Pero, sinceramente, no le estoy agradecido. Ya no.

El Maldito Edi es un vago y narrador. No tiene una edad exacta y su imagen es una contradicción. Hace mucho tiempo, algunos dicen que desde que se formó nuestro pueblo, él aparece periódicamente, trae cosas asombrosas, para las que siempre existen compradores, cuenta historias, y, sorpresivamente, así como llega, desaparece. Nadie sabe exactamente de dónde viene y a dónde va, cuándo aparecerá de nuevo, tampoco cuál es su origen y su nombre verdadero.

Los campesinos de mi pueblo dicen que él es gitano: un día le habían echado de la aldea por incesto y le habían condenado a errar infinitamente en soledad (de ahí proviene su apodo, según la versión). Sin embargo, no está claro hasta dónde esta versión responde a la verdad, sobre todo porque la última vez el Maldito Edi fue rubio, con ojos azules, labios delgados y rosados, alto, fornido, elástico, y parecía más un alemán que un gitano.

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Fue un libro el que comió Juan en Patmos
como una rata; pero a mí me gustan más las frambuesas.
Le llenó de amargura las entrañas
y tuvo después muchas visiones.
¡Nathanael! ¡Cuándo hayamos quemado todos los libros!!!

André Gide, Los alimentos terrestres

 

Cruzó como una exhalación por los altos Andes, entre las nubes, la nieve y el viento, casi al anochecer:
– ¿A dónde vas Juan, montado en ese caballo arposo y amarillo?
– Me estoy yendo no sé si a Chobchi o Altamira, aunque ésta dicen que está cerrada.
– ¿Por qué no te quedaste en Patmos mismo?
– Porque en estos últimos tiempos los curas ortodoxos convirtieron mi caverna en show center para turistas.
– ¿Y por qué no viniste más bien en el caballo negro?
– Porque él y “el sentado encima de él” con su balanza de libre mercado en la mano, se fueron a la Bolsa de Nueva York, donde están gritando, les oigo desde aquí arriba:

”Dos libras de trigo por un denario
y seis libras de cebada por un denario…”

–A los corredores de biocombustibles y petróleo.
– ¿Y la muerte qué se hizo, acaso se murió?
– No, no está jineteando porque se encuentra en Tierra Santa, Irak y Afganistán matando justos e injustos por cuenta del Anticristo.
– Así ha de ser…

Y jinete y cabalgadura se hicieron humo.

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Pescábamos esa mañana sin nubes, en los bajos de la Corona del Diablo. Un círculo de basaltos siniestros que se cernían sobre un mar transparente. Un antiguo cráter que las olas devoraban. Un atolón que circuía el vacío de las aguas. Éramos cinco con Lucas en el bote. Había sido él, precisamente, quien nos había guiado al interior, y ahora anclados al centro girábamos con peligro muy cerca de las rocas, arrastrados por las invisibles corrientes.

Por entre las crestas fracturadas se alcanzaba a ver por instantes, como desde un tiovivo, las tobas rojizas y violetas de Floreana, y hacia el oeste, sobre el horizonte, se perfilaban apenas, como un aire más denso y translúcido, las montañas de Isabela. Sobre los escollos combatía y copulaba furiosamente un rebaño de focas, ajenas por completo a nuestra presencia; sus hesitaciones nos llegaban como el coro de la resaca o de las multitudes. Arriba, giraban también como nosotros, atadas a una invisible ancla en el cielo, las gaviotas, ansiosas de comida. Una luz torrencial atravesaba el agua, como al vacío y desnudaba un fondo soñoliento de algas y de arena. Continue reading

El peso de la libélula

Absorta
flotando en la neblina
estuosa
una libélula
cae entre mis muslos
como en un bosque
entre dos montañas.
me posee
estremece mi vientre
hasta quedarse inmóvil.

Se instala con sus nombres
sus metálicas patas
algas sustantivas,
sueños acuáticos de larva .

Atrapa en los rincones
mis oscuros recuerdos
inconscientes.
Martilla en mi memoria
bisbiseando verdades
no asumidas..

Yo entonces naufragaba
en un mundo rosacálido
perdida en el limbo
de la madre.

Informe perezosa
aceptando los nombres convenidos
los límites impuestos, las razones
asignadas.

¡Abre los ojos Despierta¡
Alguien llama desde no sé
dónde
golpeando la puerta del destino
entre voces que se pierden
me pierdo al fin… Continue reading

Esta noche

Dos peces
de fuego
como tijeras siderales
penetran en la inmensidad de esta noche
fuente profunda y eterna.

Arrastran tu recuerdo
extraño
como un fruto permitido.

Mascullo su aroma
en el umbral de un bosque líquido,
espejo de pájaros vegetales.

Persigo la tibieza
de tus caricias
raíces escolopendras
que en algún tiempo
me alimentaron de la tierra.

Presiento la humedad salobre
de tu voz
fluido subterráneo
antesala del silencio.

La oscuridad cae
densa, retaceada
asfixia mi piel
entre las sábanas

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Gavilan, Iblis Thomas CUento CLaudio Cordero

Agosto, llévame en tu ardorosa
velocidad de topacio

César Dávila Andrade,
de la “Canción del Tiempo Esplendoroso”

 

Diecisiete,

A las cuatro de la tarde:

Veo deslizarse en el silencio del jardín, hacia el Este, tres ratas negras entre matas de flores, perfumadas de lavanda y hediondas de santa maría, mientras los pájaros vuelan azorados hasta los árboles. Galopan en la soledad con brincos elásticos pero lerdos, retrayendo las patas traseras y lanzándose en seguida al vacío estancado del aire rastrero. De pronto se quedan inmóviles y contemplo, igual que ellas con estupor, como mudo se descuelga por el muro medianero del fondo cubierto de hiedras melancólicas, hacia el Occidente Iblis o su espectro fantasmal. Continue reading

Catalina
Una puerta abierta a las curiosidades de la tierra en que nací

El oriente es completamente ajeno a un mundo globalizado. Su gente, sus animales y sus paisajes están insertos en un tiempo más lento y pleno de envidiable Identidad.
El oriente se impone ante quienes lo habitan y lo visitan. Rescata en ellos emociones de osadía y firmeza, al tiempo que los limita en un marco de sabiduría y respeto al medio y a la pluriculturalidad que prima y que rige como mayoría elemental.
Para entrar en esta casa de misterios y regalos es indispensable el consentimiento de cada uno de sus habitantes; hormigas, plantas, agua, piedras, nubes, y todo ser vivo allí omnipresente.
En la vida, así como en esta casa tupida y profunda, donde los tiempos existen de acuerdo a una definición suprema, es necesario limar la expectativa de aventura y entrar con cautela, siempre alerta a los pálpitos que si bien persiguen un renacer energético, nos ayudan a partir con prudencia y evitar caídas.
En el oriente los sentidos son el medio exclusivo de diálogo con los seres vivos de alrededor, y los presentimientos la única instrucción.

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Gavilan, Iblis Thomas CUento CLaudio Cordero

Y deja que me hunda en tus
claros ojos
mezcla de ágata y metal…,

Del poema 37

Charles Baudelaire, Las Flores del Mal

Me sumergía casi todos lo días en sus ojos profundos, enormes, abisales, los mismos de Matilde de un color azulado acuoso en los que parecían flotar hacia la superficie del iris volutas nebulosas como en las canicas de vidrio atraídas hacia el círculo del destino de la moña:

por la cruz de mama Tola
que nunca tirarás a la Lola

o los mapas ardorosos que trazaba el sol entre nube y nube en las laderas verdinegras, cuando de niño volteaba de pronto la cabeza hacia el cerro del Ayahuayco. Continue reading

“¿No voy más bien a adelantar los brazos hacia el fantasma de una sombra?” Francois-Paul Alibert.

 

No todo estaba perdido para Diego Bernal. Aunque confinado en el otoño amarillo de su viudez, gustaba de su soledad, sumida su alma en el mundo de nostalgias del pasado y abierta a todo lo nuevo que aún pudiera ofrecerle la vida.

Se había formado un reducto campestre en la antigua heredad de familia. Amaba el campo sobre todas las cosas, y mientras en él tuviera paz, luminosidad de sol, cielo abierto y azul, se sentiría siempre feliz y tranquilo. A su alrededor, las perspectivas de variados paisajes y dilatados horizontes llevaban su espíritu, en dulce vuelo, hacia éxtasis interiores. En esta paz serena y contemplativa, le sorprendió una mañana de septiembre su amigo Humberto Morales, que no dejaba de visitarle de cuando en cuando.

-¿Tú por aquí? ¡Vaya! ¿Qué nuevas me traes?

-Nada que no sea las vísperas de la feria en la ciudad; la gran feria austral. Y a propósito, hay cosas interesantes. Por esto he venido a verte y a llevarte, quieras o no.

-¿Qué cosas? Será lo de siempre. Calles con ríos de gentes venidas de todos los puntos. ¿Y qué…? Nada más que tumulto, polvo, suciedad, chucherías y chihuahuas.

-No; me gusta estar contigo, repuso Humberto; buscar la forma de que te distraigas. Ya verás! Vas a admirar en esta vez bonitas guambras en el desfile de modas. Veremos exposiciones. Tantas cosas más.

Abajo, el rumor del río llamaba a la contemplación del valle. Humberto no pudo sustraerse a esta sugestión. Abandonando las palabras, tornóse a contemplar y… Oh!, la vista del paisaje –dijo-.

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(Diálogo sobre la múltiple personalidad)

Nos lo habíamos prometido. Humberto y yo –dos viejos amigos- realizamos el concertado encuentro en la capital. Sabíamos donde nos encontraríamos allá. Humberto iba, como a su propia casa, a una residencia inmediata a una conocida residencia inmediata a la plaza “Sucre”, y yo hallaba hospedaje en casa de una amable dueña de cuartos de alquiler en la calle “Mama Cuchara”. Estábamos, pues, cerca el uno del otro.

Coincidencia y suerte de paisanos. En nuestra primera salida por las calles de Quito nos topamos con el cordial amigo ingeniero Duarte, que a la sazón presidía la Asociación Lojana.

-Hola!, cuánto gusto de verle, dijímosle, al par de los sendos abrazos.

-Para mí es la suerte, amigos, y en tan preciosa ocasión, tan a tiempo…

-¿Qué pasa, ingeniero?

-Pues que ustedes han llegado, como ex profeso, para celebrar las bodas de plata de la fundación de nuestra entidad. Así que me place invitarles a nuestro local, para la noche de hoy que se hará la exaltación de la reina electa de la Asociación. Ya saben: no faltarán, y no esperen invitación por escrito.

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Mi amigo Ernesto Valdés despertó mi curiosidad y atrajo mi atención desde que fuimos compañeros de curso en el colegio. Allí se forjó nuestro acendrado compañerismo, abierto, sin reservas, a todas las confidencias. Pasaba ante los demás como un joven excéntrico.

Era lo que también llamaba mi atención cuando nos sentábamos en clase. No era su compostura la simplemente correcta; era más: meditativa, triste. Se abandonaba en el aula en actitud abstraída, con la mirada fija en posición longincua. Se conjugaban en Ernesto el temperamento reflexivo y el sentimental que en él preponderaba. Su tonicidad interior, afinada en la contemplación del mundo sensible, no se detenía en la superficie de los entes y de las cosas; resbalaba sobre las figuras, sobre las apariencias, para llegar al fondo. Su espíritu exigente tocaba la angustia, en veces. No se colmaba, en pleno embeleso, con el espejismo exterior de lo aparentemente bello, sino que se dolían su sensibilidad, su pensamiento táctil, su fantasía exaltada, tratando de encontrar la textura interior, simple, descarnada: la entraña repugnante y deleznable. Pensaba: ese bello rostro de mujer; esos ojos grandes que cautivan y, espléndidos, llenan las cuencas orgánicas; esa boca escarlata, coquetona y sensual, que luce en su sonrisa los dientes como perlas; esos senos exuberantes, frutales, móviles; esa piel tersa, fresca y nacarada, que dora lo blanco, como suave pétalo de rosa; esos muslos ondulantes, ese talle llamativo, no me engañan. Tras de todo eso está el esqueleto, están las vísceras repulsivas.

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