I

Duerme, duerme, duerme… por fin, duerme.
Ya no es el sueño del niño que tranquilamente arrullabas en tus brazos,
Ya no es el sueño del hombre cuya frente cansada acariciaste.
Ya no es el sueño en que se sume la lóbrega eternidad de los apóstatas,
ya no es el sueño al que vagamente aspiran y encadenan a la tierra
/los desesperados.
Duerme, duerme, duerme… por fin, duerme.

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Visión

En aquella época
recorría los caminos
tratando de poblar como ermitaño
un bosque negro y su montaña.

Nací huraño y, como todos, niño;
por ello, me salvó del despeñadero
una sonrisa larga y sincera,
a la que debo mis ilusiones.
Hoy, encerrado en la jaula citadina,
aún añoro emprender una larga huida,
por el caudaloso río de la memoria,
hacia los confines de mis pensamientos.
Pero la visión del filósofo,
solamente encuentra, todavía,
ruinas y campos áridos
que no alcanza a redimir,
en su emoción vesperal.

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En un lugar muy cercano vivía un niño sin nombre, su mejor amigo era un perro que se llamaba Perro, así Niño y Perro pasaban los días, caminaban por el bosque, nadaban en el río, hacían sanduches de pan con dulce para la merienda y en el desayuno les gustaba la leche con melón.

Niño y Perro trabajaban en el Circo de la Calle, les encantaba esto de hacer circo, mientras Niño se ponía de cabeza Perro brincaba en dos patas, la gente que por ahí pasaba les daba a cambio unas monedas y a veces un almuerzo completo.

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