-Buenos días, su mercé.

-Ven, Mariano. ¿Qué quieres?

-Solamente preguntar a su mercé si mismo va a mandar uy día las bestias de silla para que venga familia de ñora Rosaura, sobrina de Mama Grande, para ir a coger animales.

-Anoche te dije ya que esto tienes que hacer y todavía me preguntas, indio zoquete.

-Bueno, perdone no más patroncito, como su mercé manda.

Doña Ursula Castañeda, a quien llamaban Mama Grande, fue casada con el rico señor don Santiago Montenegro, hermano del padre de Patricio. Viuda sin hijos y dueña del enorme dominio de «Bellavista» constituyó como su único heredero a su sobrino Patricio, tomándolo a su cargo y cuidando desde la más tierna infancia, por haber quedado huérfano. De ahí que Patricio, desde su temprana adolescencia, mandaba y disponía en el latifundio como parigual de doña Ursula.

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(I) Perfil de ilusión
Julián Morel y Alberto Silva, dos amigos íntimos, jugaron con el amor en sus años mozos, echando suertes a la felicidad o a la malaventura. Estos dos novicios de la existencia fueron dando forma a sus episodios para lo fugaz, el uno, y para la vida entera, el otro, en su paso por la adolescencia. ¿Quién escapa a este juego naciente, en la edad temprana? Para unos, lo que se llama amor, tiene engañoso aroma de ilusión, en deletérea aventura pasajera, en tanto que para otros es una emboscada seria, en la que quedan definitivamente atrapados.

Morel era un muchacho que no servía para nada, pero que tenía sangre dulce para hacerse de amigos. Alegre, bromista, cordial, era el tipo que atraía, que caía bien. Gastaba el tiempo en pasear, vagando con los amigos y galanteando a las chicas que se hallaban al paso. Su amigo Silva estudiaba, era de natural serio, adentrado en sí mismo, de temperamento apasionado que odiaba las veleidades. Ambos tenían amistad con las muchachas de dos familias próximas, simpáticas primas que vivían en casas juntas que se tocaban. La bella Alicia había llegado a impresionar hondamente a Julián Morel. De otro lado, la morena Isolda constituía la ardorosa atracción de Alberto Silva.

Para Julián, esa amistad, que era amor sentido, no pasaba de la búsqueda de diarias oportunidades para ofrendar, a distancia, miradas furtivas a la encantadora Alicia, blanca, musical, pues solía entonar dulces y sentimentales canciones. Nunca había logrado entrar a fondo en el trato con la chica a quien Morel amaba secretamente. Se contentaba con darle innúmeros pases por el frente de la casa, y parece que nunca encontró suficiente resolución para declararle formalmente lo que sentía por ella.

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Como usted sabe, lector -si lo hubiere para este relato-, el hombre es el único animal que tiene la fatalidad de sufrir angustia y expresarla. Menos mal que la ciencia, producto de los hombres, ha elaborado ciertos sedantes, maravillosos fármacos, para devolvernos la calma.

Yo, cuando tropiezo accidentalmente con alguno de los imprevistos y groseros sucesos de la vida ordinaria, no puedo resistir a la necesidad de deslizar en el organismo transmisor una de esas reparadoras grageas, cuando el disgusto o la angustia suben de tono… Pero suelo acompañar la ingestión con un necesario acomodo del cuerpo en posición relajante. El mal de angustia -ya lo sabe usted- anuda este órgano sufrido, esforzado y heroico que es el corazón, blanco de todos los impactos. Pues a él hay que buscarle posición adecuada. Y la más consecuente (se la aconsejo) es la de la media vuelta sobre el costado izquierdo, con el cuerpo tendido. Así se le da asiento muelle y firme al corazón. Si esta posición lateral no bastare, vale ponerse decúbito prono, estirando en reposo el brazo izquierdo y colocando la cabeza al extremo de la almohada, para dejar caer el brazo derecho, desgajado, desde el filo del lecho. En esta postura, a la larga, viene la calma, y hablo por mí que es como, en casos extremos, he sabido encontrarla. A veces, así he logrado estar mejor, para dormir o para morir. No puedo descartar la posibilidad de que este suave dispositivo de mi cuerpo, en procura de reposo, pudiera servir de escenario bien preparado y llamativo para que se me encontrara muerto de verdad, muerto de repente.
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I

Duerme, duerme, duerme… por fin, duerme.
Ya no es el sueño del niño que tranquilamente arrullabas en tus brazos,
Ya no es el sueño del hombre cuya frente cansada acariciaste.
Ya no es el sueño en que se sume la lóbrega eternidad de los apóstatas,
ya no es el sueño al que vagamente aspiran y encadenan a la tierra
/los desesperados.
Duerme, duerme, duerme… por fin, duerme.

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Visión

En aquella época
recorría los caminos
tratando de poblar como ermitaño
un bosque negro y su montaña.

Nací huraño y, como todos, niño;
por ello, me salvó del despeñadero
una sonrisa larga y sincera,
a la que debo mis ilusiones.
Hoy, encerrado en la jaula citadina,
aún añoro emprender una larga huida,
por el caudaloso río de la memoria,
hacia los confines de mis pensamientos.
Pero la visión del filósofo,
solamente encuentra, todavía,
ruinas y campos áridos
que no alcanza a redimir,
en su emoción vesperal.

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En un lugar muy cercano vivía un niño sin nombre, su mejor amigo era un perro que se llamaba Perro, así Niño y Perro pasaban los días, caminaban por el bosque, nadaban en el río, hacían sanduches de pan con dulce para la merienda y en el desayuno les gustaba la leche con melón.

Niño y Perro trabajaban en el Circo de la Calle, les encantaba esto de hacer circo, mientras Niño se ponía de cabeza Perro brincaba en dos patas, la gente que por ahí pasaba les daba a cambio unas monedas y a veces un almuerzo completo.

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