


Bípedo depredador,
humano de piel adherida a los huesos,
has acabado con Gea
con el agua
su sangre.

Mientras los científicos y técnicos perfeccionaban el procedimiento de perpetuar a como de lugar a la especie humana, todo lo orgánico sobre el planeta se extinguía rápidamente, las condiciones para la vida basada en estructuras de carbón eran cada vez más difíciles.
Mientras estaba mascullando sobre el futuro de este animal esférico, al cual los bípedos están asfixiando con sus miasmas y hedores químicos; el dragón se presentó otra vez, posó su portentoso esqueleto sobre la cara sur del nevado, sus fulgurantes ojos calentaron el aire.
Anticipándose a la aurora se deslizó por las estribaciones menores del Dragón Rojo, quien, acorde a la saga que lo identifica con su propio signo ante los animales andinos que lo circundan, fue un ser de porte mítico que se creía llamado a rivalizar en poder y gloria con su pariente Aleph Dark, pero a la postre devino en un sujeto sin ambiciones terrenales, de esto que prefirió petrificarse y no sufrir las instalaciones fantásticas de los imagólogos.
Helios, al menos te veo, te siento y te presiento.
Fuego purificador que domina el esférico ojo de Gea en su eterna contemplación del finito pero no acotado cosmos. Comprendo el porqué los primitivos bípedos te creyeron un dios.


Los humanos disfrutan de las charlas amenas, del parloteo constante, aunque su futileza sea infinita. Pero cuando se une a su grupo algún despistado ser de esos que han caído del cielo, como premio por su gentileza con el resto de especies ahora ya olvidadas, o en castigo por sus actos tenebrosos, por su necedad al continuar develando las cosas ocultas que este universo pesadamente guarda, en esa sospechosa lámina elástica de espacio y tiempo, tal como la denominara el señor Hans Koch, dichos humanos caen en las garras de sus instintos, entran en estado de soporoso pánico animal.


Kantoborgy exuda copiosamente en el vórtice vaporoso de la caldera del inactivo volcán Pasochoa, imágenes lúdicas se suceden con la sensación de estar fundiéndose a un tiempo remoto. Acá vino sin sus canes por lo intrincado de este abismo verde, ellos no disfrutarían de bucear bajo esta red de túneles que ha formado el bosque primario andino, son lobos que gustan de trotar en campuroso pajonal.


Encerrado en mi cubículo de acero y cemento, de aquellos destinados para los cerebros que se entienden con el silicio, meditaba sobre la posibilidad de lograr la simbiósis perfecta con los circuitos electrónicos.
Cuántos seres vuestro alba lamentaron
Aquel verde pigmento os hizo fuertes
Envidió el cruel fagótrofo esa suerte
y en uno fuisteis dos.
Krizofilax Equinoccial, desprovisto del don de volar, se resignó a ser mutante bajo su condición de dragón terrestre cabal; esto trajo que se prolongue en él un constante sentimiento de originalidad dentro de un hábitat donde no tiene par. La soledad volcánica lo hizo tomar conciencia de su capacidad evolutiva, tenía el favor de la ciencia infusa que de a poco desarrolló: huir de la estupidación fue algo innato en él. En principio engañando aun a su padre nutricio, el Cíclope, que por esa capacidad de mimetizarse en sus dunas volcánicas lo creía erróneamente un cobarde.













