Fue pantera moviéndose en la náusea bípeda;
máquina de percibir,
relámpago sensual,
generosa en la rayuela del club de la serpiente.
Kantoborgy inicia el corto ascenso al Guagua buscando el filo dentado de su humeante caldera, detrás viene el Vampiro dando zancadas como si fuese a librar una calle atestada de autos, en pos de una recompensa tangible en los cuartos de la domesticación.
Lovochancho escucha los ladridos de Pincho, más arriba del letrero que invita a disfrutar del ralo bosque del género Polylepis en las estribaciones medias de Los Illinizas. Kantoborgy ya se adelantó con el can que probablemente detectó ganado vacuno y está solicitando se le extienda la venia para arrear a los rumiantes sin rumbo determinado, por el placer de juntarlos y hacerlos bajar a los pastizales de las haciendas contiguas.
En este naciente día en la altiplanicie todo es de estreno para Lovochancho, quien está cometiendo su primera exploración en soledad a los altos Andes ecuatorianos.
Pincho no se guió por la huella química que fue levantando su amo, sino que buscó una vía acorde con su cuadrúpeda capacidad de subir sin fungirla de temerario. Asimismo, debido a su imposibilidad de escalar, acabó separándose de Lovochancho porque éste, una vez que dio con la caldera, se decidió a continuar por el sube y baja del filo dentado.
Kantoborgy barrunta en lo caprichoso que es el hado, particularmente, cuando de escapadas de engorde se trata junto a Lovochancho. Hoy salió con la mirada fija en el filo occidental del cerro Sincholagua, presuntamente venía a hollarlo en compañía de la jauría que presenció el salto mítico de Pincho en la altiplanicie oriental del Cóndor de Piedra, mas, en la caseta de la entrada norte del Parque Nacional Cotopaxi, esa meta fue frustrada por la presencia de guardaparques que detuvieron el ingreso de los canes, quienes viajaban en sus respectivas celdas en el balde de la jamelga que dio asueto al rocinante ruso. Había otra senda para obviar el traspaso de los linderos del parque y cumplir el cometido inicial, pero Kantoborgy se emperró en cambiar radicalmente de rumbo, y, señalando a un bosque de enclenques pinos, propone: -Dejemos a la jamelga tras esa piedra grande de ahí, y vamos a ver que pasa bajo el ala norte del Rumiñahui.
Lovochancho se abruma escuchando de Kantoborgy la lección de valor canino que, en días pasados, protagonizó Pincho. Se recrimina por no haber estado presente en esa acción extrema y ser él el que haga de ese salto verídico, “El salto” literario, es decir, la recreación a golpe de imaginación de lo que fue ese portento. Hubiese disfrutado asentando en el ciberespacio, para la posteridad del Lovochancho relator, palabras de este calibre, su calibre: “…Pincho, impelido por su ego pastoril, casi nos abandona franciscanamente en los bajos de las colinas enhiestas que el ilustre Olegario Castro ha denominado como Las cajetonas”.
Lovochancho entre la muchedumbre de la Plaza Grande, pasa como un individuo grave, patea la ciudad vieja con prosa. Lester González afirma que éste se muestra como un natural de la urbe, -al contrario de Kantoborgy-, cuando serpentea por las callejas coloniales que Genaro Bustamante dice jamás va a abandonar, pues, es de la clase de ciudadanos que practican los principios fundamentales de la no-confusión, o sea se resiste a ser parte de los que confunden, en el laberinto callejero, su pasaje a la libertad interior.
Lester, en esta su “fallida ascensión al refugio del Illiniza Sur por la arista del Calvario…”; tan pronto anda con aquellos dos y ya le tiene un nombre a su desventura que se podría hacer una aventura a la manera de “La fallida ascensión del Aqueronte al Rucu-Pichincha…”, cuyo título completo le es imposible acordarse, a pesar de lo gracioso que le viene cada vez por la vida propia que ha tomado la anécdota, ¿anécdota?, que Lovochancho y Kantoborgy la han convertido en una ficción cinética de tanto repetirla verbalmente -corregida y aumentada-.
Albertina se esfumó del gran angular de los montañeros, mas ella los vigila desde su invisibilidad con sus privilegiados ojos. Los caminantes avanzan sobre la nivelada travesía entre el pie de la cumbre gorda a la base del pico cimero, lo hacen con morosidad, Kantoborgy ha tomado el paso de Lovochancho en aras de permanecer alerta al retorno del cóndor.
El doctor M. Puertas le recetó al gótico irse de caminante a la cresta del Cho-Oyu tal como a él, Lovochancho, le recomendaría que se distraiga de su saturación especulativa yéndose de paseo por la línea que separa al incandescente Guagua del adusto Rucu. ¡Vaya Terapeuta ochomilero que vino a ser El científico! Lo curioso es que el otro, bien mandado por su médico de cabecera, se fue de diletante a unas alturas que él, Lovochancho, sólo visitará cuando un extraterrestre le obsequie no únicamente “la doble y única piel” que reivindica Kantoborgy en uso cabal de su imaginación, sino el “chaleco levitador” que, en la ficción dura de A.C. Clarke, sube al techo del mundo a un célebre parapléjico.
Kantoborgy barrunta en lo caprichoso que puede ser el hado, particularmente, cuando de escapadas de engorde se trata junto a su familia perruna y, por añadidura, incorporándose a la tropa mamífera el señor Lovochancho. Hoy madrugó más de lo acostumbrado; tratándose de este tipo de excursiones rápidas a la cordillera, suele calcular bien para que el sol se levante cuando ya esté con su comitiva adentrándose en las estribaciones menores del objetivo. Visitar al Ogro, el monte Quilindaña, es el objetivo que lo tiene viajando holgadamente a través de la noche.
-Lo rebasé al ilustre mucho antes de dar con el filo del cráter –repicó, Lovochancho, y relamiéndose del gusto acota-: Vos tienes el prurito de agotarlos a tus “invitados”, aunque la víspera los enganches con el espejismo que les ofreces, el paraíso de las hurís en la montaña tropical. Mas, apenas posas las garras de tus miembros inferiores sobre terreno irregular te olvidas de su presencia y los abandonas a que se defiendan por sí mismos; si no fuese un veterano asistente a tus banquetes esteparios, ya estaría abrazado a una piedra como tu otro huésped y aullando, “¡ni un paso adelante!”.
Pincho va trotando por el pajonal, se aleja airoso de las voces humanas ya difuminadas con el viento. Igual, por el jardín de chuquiraguas, los bípedos también se han dispersado, cada quien tomará el rumbo que les ofrece esta jornada dedicada a la línea que une a los dos Pichinchas. Nadie preguntó hacía dónde iban antes de romper filas, sin embargo, si hubiese que dar una respuesta sería: aquí no más, a darle una vuelta al Rucu, hasta que llegue el momento de devolvernos a la jamelga promediando la tardecita. Los tres caminantes que van por el filo, abren sus sentidos a la lustrosa dentadura del pico Cundur Huachana. Kantoborgy ha vuelto a su tranco de rigor y se prepara a hacer otras progresiones en el fondo que une el celeste del cielo con las testas grises de los animales andinos.
De antuvión, un hato de reses desciende por el bosque de árboles de papel para internarse en tropel por el pajonal; más abajo el verdor de los valles resume el agua de los últimos glaciares. Y el can atrás de los rumiantes, encendido por el deber y el prurito de expulsarles del jardín bajo las cumbres, cuales se tornarán borrascosas a partir del medio día, según los pronósticos de Kantoborgy.
Lovochancho estima sobremanera la deferencia que le guarda Pincho, se siente más liviano en su compañía, hace rato que se desvió a la derecha de la arista del Calvario y sigue la sesgada vía que lo pondrá directamente en el filo noroccidental de la Tioniza, sobre las escarpadas breñas que coronan un cúmulo geométrico de rocas formando una escalera para gigantes.
“La tierra juvenil de los ojos atléticos…”.
Holderlin
Mira a Lovochancho desaparecer con el sol de media tarde estirándose en el valle refulgente como un océano verdín. Arriba, en las estribaciones medias y altas del volcán, se ha posado una nube traslúcida propicia para su recogimiento en ella.
Lester, instintivamente, se pasmó para preservar su salud. Esta efímera ascensión fue suficiente para que mastique impotencia, asume que su desentendimiento con la altitud fue patente, viniendo a experimentar síntomas del mal de montaña, soroche, por su falta de aclimatación a las alturas que sus dos amigos sí disfrutan y avanzan como si estuvieran en el bosque trasero de su vecindario. Apenas se movió para apoyarse en una roca que se amoldó a sus espaldas, se ve como un lagarto ávido de recibir las vitaminas solares y almacenar el combustible vital que luego le servirá para derrochar energía en el páramo. Está empeñado en darle la vuelta a esa indefinible laxitud que atormenta a la hormiguita que es cuando libra obstáculos empresariales. El malestar va cediendo conforme viene resignando la intención de subir más, “¡hasta aquí llegué, ni un paso adelante, carajo!”.
princesa ante los lánguidos ojos del adolescente enamorado.
-Para no oír tus quejumbres, Kantoborgy, te doy una muestra “sangrante” de lo que voy a escribir inspirándome en lo acaecido en las lagunas de El Compadre, ya me dirás qué te parece: …al cabo de dos vivaques consecutivos se acabaron los enlatados de atún que habían traído consigo los excursionistas, sobreviniendo un apetito sin atenuantes y, el Aqueronte, muerto de hambre porque no sólo de alucinaciones vive el hombre, inició una agresión campal en la que mostró lo mejor de sí repartiendo leña como un endemoniado a sus camaradas…
Kantoborgy tiene ante sí el fresco albur del superpáramo perlándose, bañado de verdes renaciendo con el rocío. Su gran angular se posó sobre el danzante pastizal; el aire se va entibiando y tenues vaharinas de vapor trepan por la cañada que aún preserva, como una gran sombra de cóndor dibujándose en las sinuosidades geográficas, la muestra de lo que fue el pasado esplendor del bosque primario andino.
Lovochancho atraviesa la destartalada estación ferroviaria que apenas una locomotora la sobrepasa, morosamente, una vez a la semana, en un país donde movilizarse en tren es un panorámico viaje al siglo de las luces de bohemia.
Kantoborgy, avanza por el corto ascenso al punto culminante del cráter del Guagua-Pichincha; no hace mención de regresar a ver atrás, desentendiéndose de sus “ilustres invitados a engordarse con el aliento a azufre del leviatán”; éstos sabrán si siguen por la vía empinada que él escogió o si se acogen por inercia a la ruta zigzagueante que bordea el arenal. Asciende pegado a las rocas, rumbo al filo dentado de la bullente caldera del volcán, abriéndose camino por el arenal que a su diestra asoma impoluto. Anda con el prurito de evitar los senderos trajinados; por la senda que eligió, le es posible estampar la huella de sus botas y sentir que es la primera vez que pone sus pies allí. Cargando el considerable peso de la mochila ochomil, rompe la uniformidad gris del húmedo suelo, moldeando el futuro.

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Es un sátiro sometido al encantamiento de musas de páramo, escucha el canto que emerge del humedal: multitud de sapos negros enamoran a las gencianas engalanándose de violeta y rojo-cinabrio. Fluye en las emanaciones de Yurac-cocha; como en la fábula “El fakir y la hurí”, no se rebela a ese amparo superior. Su instinto montañero no le conduce junto a la manada de pastores que ya debe haber recuperado a la flemática Dina. Bendita sea la comunión de esos lobos domesticados y el hombre que los agrupa; asume que ellos andarán por la zona limítrofe con el empinado arenal que asciende a la plataforma de la pirámide. Figura que están unos escalones arriba de él, sobre la laguna más próxima a las quijadas del Ogro.
Lovochancho, tras un tiempo inmedible de marcha lenta pero uniforme “a lo hominino en busca del equilibrio extraviado”, montándose sobre el potro del sufrimiento, va cediendo a la tensión que provocó un arranque en frío y atender su reto de vencer la laxitud. Pasó de la tracción terrena potente y forzada del principio a una tracción de alivio del organismo que respondió al mandato mental: alcanzó el ritmo anhelado, ese que espontáneamente lo mece en las notas gitanas de “En las barbas del Ogro”.

Lester González, minutos después de haberse echado a andar (en la inmensidad de las estribaciones medias de los montes Illinizas, donde la amplitud del silencio y el horizonte agreste lucen inconmensurables comparándose a lo que percibe el profesor Duvolosky en el Parque Metropolitano), no volvió a ver un pelo de Kantoborgy, éste se internó en la montaña dejándole a su imaginación la figura zoológica que le apetezca darle.
La algarabía de los canes vino pareja a poco abandonaron sus jaulas con el amanecer helado que tiene como fondo la negritud pétrea del Ogro; cual, plantado en su personalidad andina, viene desplegando su perfil adusto, noble, cargado de una deslumbrante ferocidad. La pirámide que hace la cara norte del Quilindaña, sumida aún en la noche, contrasta con las lenguas de fuego que lanza el dragón de oriente a sus espaldas. Arrebolado pajonal, como las nubes estriadas sobre la cordillera Oriental, se estira en el rocío que lo nutre y humecta.
Pincho ha venido confiando en su intuición para realizar ejercicios que en sus ancestros eran inherentes a la normalidad cotidiana. Los perros pastores de antaño se sometían gustosos a su destino de campo abierto, y lo normal era trotar en la amplitud de su oficio.
Lovochancho escucha los ladridos de alerta de Pincho, éstos vienen de arriba de la zona que enseña los letreros invitando a los visitantes a disfrutar de los dispersos bosques de polylepis, asentados sobre las estribaciones medias de los montes Illinizas. Avanza por el jardín de musgos y líquenes acariciados por el rocío, los gorriones andinos le cantan al frío amanecer; alzando a ver se encuentra con el sobresaliente cuadro de nubes estriadas navegando en el fondo azur que contiene a las dos pirámides estratovolcánicas. “¡Oh alimento estático del andinista!”, aulló.

Algo más que sufrir la montaña lo trajo acá, está no negando ni afirmando, sino investigándose a sí mismo. Parecido a lo que el ufólogo Duvolosky pregona infatigablemente en los medios a su disposición, cuando juzga pertinente hacerlo por inercia de su oficio de caza-alienígenas.
El Quilindaña, es la más hermosa y enigmática de las montañas ecuatorianas. Su escalada es la escalera al mundo mágico de los seres feericos que su cima habitan.


Aqueronte junto a otro siniestro personaje llamado Gulliver, montaron dos empresas una de las cuales se llamaba Ecuainforme, dignas representantes de la máxima expresión de la mercachiflería; y allá fui a aprender sobre tecnología informática escarbando en las entrañas de los seres de silicio.
Lovochancho, se halla adentrándose en las particularidades herbosas que hacen el entorno del lago oblongo al pie de la cara norte del Quilindaña; viene atrapado entre las antiguas morrenas que bajan formando flancos, teniendo como tope la pirámide meridional que lo resguarda del viento inflamado de oriente, haciendo que se pare para despojarse de la chompa sudada -“a lo caballo pintón en franco proceso de enamoramiento”- y amarrarla a la cintura.
Kantoborgy agasajaba al tierno Pincho con delicias diferentes al común balanceado canino, si éste hacía correctamente la pequeña tarea olfativa que el guía le proponía a diario en su hogar; cero golosinas y total indiferencia le aguardaban al “niño peludo” en las ralas ocasiones en las que se desconcentraba en el ritual de iniciación al mundo de la nariz competitiva. Después del difícil período de la dentición, entrando a la juventud, empezó a mostrar, lejos de la seguridad de su coto, que era un perro muy prometedor en sus ambiciones sensoriales.
Aprovechando la tecnología terráquea, y los fantásticos dedos que otorga esta estructura psico-biodegradable, como es la funda humana, estuve entretenido en las teclas de un monstruo binario de silicio , escarbando en las bases de datos expuestas en el ciber-espacio con el famoso -y muy en moda SOA ( Arquitectura Orientada A Servicios)-.


Herbosas dunas de residuos volcánicos hacen el hábitat del arisco reptil antediluviano que se negó a ser una mole incrustada en la cordillera de Los Andes, este mutante quiso sufrir las consecuencias de su orfandad dragonil antes que petrificarse en un magnífico paisaje como su fotogénico pariente el Dragón Rojo... Así podría rezar el inicio renovado de la leyenda oral que de Krizofilax Equinoccial se pasa desde la radio del domo de El Panecillo.

NO ARROJES BASURA,
¡MALDITO!
Ahí está Pincho, perfectamente sentado, asumiendo el talante marcial de rigor, muy pegado a la rodilla izquierda del hombre que ya no puede fingir más indiferencia, pues éste está obligado a bajar su mirada al subordinado. “Muy bien, muchacho, me tienes entre rejas, ¿qué te pica?”, habló bajo Kantoborgy cuadrándose también militarmente, con la mirada al frente y cambiándose a una pose circunspecta, como manda el canon de inicio de una acción canina/ humana en equipo. Enseguida añade contemporizador, catalejo en mano y ojo: “No te sulfures más, sosiégate amigo del impulso, convoca a las hembras de tu harem para que se dispongan a un trabajo de envolvimiento en manada; ya sabes, ellas agrupan el rebaño por los flancos y tú arremetes por el centro como nos gusta… ¡A ver si me brindan un digno espectáculo!”.

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