



dando apellidos a sus cúpulas enfilándose al sol;
hundiéndose en ápice níveo, antes del crepúsculo,
izó bandera pirata sobre esa formidable cúspide,
materializando la cima del mundo que creyó ver.
Dame, Dorila, el vaso
lleno de dulce vino,
que sólo en ver la nieve
temblando estoy de frío.
Ella en sueltos vellones
por el aire tranquilo
desciende, y cubre el suelo
de cándidos armiños.
¡Oh! como el verla agrada,
seguros de su tiro,
deshecha en copos leves
bajar con lento giro!
Los árboles del peso
se inclinan oprimidos,
y alcorza delicado
parecen en el brillo.
Los valles y laderas,
de un velo cristalino
cubiertos, disimulan
su mustio desabrigo.
Mientras el arroyuelo,
con nuevas aguas rico,
saltando bullicioso
se burla de los grillos.
Sus surcos y trabajos
ve el rústico perdidos,
y triste no distingue
su campo del vecino.

puro trono del día-
He vuelto a la blancura dolorosa
de las amadas cumbres,
que guardaron con celo
los días de la lejana juventud.
Aquellas blancas cimas que escondían
el milagro indeciso de un tiempo
al que, en vano, persiguen mis palabras.
Al menos por el día de hoy, sábado 4 de diciembre, el coloso volcán arácnido por sus ya tantos ojos que muestran los embates De un calentamiento global, dijo NO, a una nueva ascensión a su sin par cumbre. Eran las tres de la madrugada y sobre los 5450 msnm, justo por donde se empieza a senderear con miras bordear por el flanco derecho al gran ojo del cíclope llamado Yanasacha, unas descomunales fauces hambrientas se mostraron en todo su esplendor.
He vuelto a merodear por los glaciares de la bella montaña Orcón, el placer que causa escalar en sus hielos, o simplemente regodearse en su nieve no se puede explicar con el lenguaje humano. En esta ocasión Eolo decidió resoplar furioso durante el ascenso a la cumbre, como si no fuese suficiente el que siempre tenga que andar mascullando la infelicidad metafísica , por ello de estar encarnado en humano siendo un dragón, un ciclo de sueños que nunca termina, y que al despertar la mente confundida busca las formas dragoniles en un reflejo de cuerpo humano sobre el espejo . La escalada hacia el cráter cimero se convirtió en una lucha contra Eolo, y sobre todo en un intento por no descender gélido a visitar las pailas de Luzbel.
Frío ascenso complicado por un Eolo inclemente, cálido descenso recordando el 9 de Octubre la independencia de la bella ciudad de Guayaquil, y la ilusión de volver a hechar mis redes en los ojos de Galadrina.
del mas grande e ignoto mar,
y si al son de su arrullar
en jardin te convertiste;

"¡Oh gélida belleza de los abismos!"
CUANDO entró San Martín, algo nocturno
de camino impalpable, sombra, cuero,
entró en la sala.
Bolívar esperaba.
Bolívar olfateó lo que llegaba.
Él era aéreo, rápido, metálico,
todo anticipación, ciencia de vuelo,
su contenido ser temblaba
allí, en el cuarto detenido
en la oscuridad de la historia.
Próxima a la ciudad, empieza la vida del pantano. La extensión verde y temblorosa -la tembladera- en donde suelen arremansarse las garzas y tenderse al sol el caimán gigantesco. La vida multiforme y sin límites del insecto y la rana colorea los bordes palúdicos del agua.
Entre la costa, sujeta a la variabilidad de las corrientes marinas, y la serranía, sujeta al imperio cósmico de los Andes, está la enorme planicie virgen, la selva tropical, el mundo rugiente de la fiera. Es el trópico ignoto e intacto. Desde él bajan los ríos como el Guayas, de cuyo sistema
hidrográfico ha vivido el Ecuador y el Santiago. O por él se abren paso los torrentes andinos que van formando sistema hidrográfico, como el Esmeraldas y el Jubones. Cientos de afluentes cortan la selva con su fulgor de agua, custodiada por enormes mangos espesos y naranjos frutecidos
de amarillo claro.
Se estima que actualmente en el mundo se hablan unas 6.700 lenguas, de las cuales 3.000 se encuentran en serio peligro de extinción y solo 600 tienen realmente asegurada su supervivencia. ¿Debería preocuparnos su extinción?
para conquistar los últimos rincones de su alma desconocida, oscura y olvidada.”
Reinhold Messner
Avanzo obstinadamente, soy una máquina de arrastre, un cordón umbilical me ata a Payik (furibundo ser de reptiliano rostro, que no es completamente de carbono, tiene mucho de cibernético), y por medio de este cordón también estoy amarrado a la desmesurada masa corpórea de Guslam, cuyo rostro se ha tornado púrpura, por causa de la hipoxia, y eso que tiene medio cuarto de pulmón en silicio puro.

Me siento como un inalcanzable fotón, recorro el intrincado laberinto de no sé qué estructura, son autopistas de más de siete niveles, y cada una de ellas es tan compleja en su forma que se asemejan a la banda de Möbius; claro, pero por todos lados cada autopista –si la comparación tiene sentido- está saturada, realmente está dopada de… agujeros intrincados. Siendo un fotón puedo recorrer sus formas y laberintos, así que he llegado a la conclusión de que he estado sumergiéndome por toda la eternidad en las entrañas de hipercubos, pseudoesferas, catenarias regordetas y una que otra bruja de Agnesi también…estoy a punto de entrar en una astroide.
“¿No habéis oído hablar de ese hombre loco que, en pleno día, encendía una linterna y echaba a correr por la plaza pública, gritando sin cesar, “busco a Dios, busco a Dios”? Como allí había muchos que no creían en Dios, su grito provocó la hilaridad. “Qué, ¿se ha perdido Dios?”, decía uno. “¿Se ha perdido como un niño pequeño?”, preguntaba otro. “¿O es que está escondido? ¿Tiene miedo de nosotros? ¿Se ha embarcado? ¿Ha emigrado?” Así gritaban y reían con gran confusión. El loco se precipitó en medio de ellos y los traspasó con la mirada: “¿Dónde se ha ido Dios? Yo os lo voy a decir”, les gritó. ¡Nosotros lo hemos matado, vosotros y yo! ¡Todos somos sus asesinos! Pero, ¿cómo hemos podido hacer eso? ¿Cómo hemos podido vaciar el mar? ¿Y quién nos ha dado la esponja para secar el horizonte? ¿Qué hemos hecho al separar esta tierra de la cadena de su sol? ¿Adónde se dirigen ahora sus movimientos? ¿Lejos de todos los soles? ¿No caemos incesantemente? ¿Hacia adelante, hacia atrás, de lado, de todos lados? ¿Hay aún un arriba y un abajo? ¿No vamos como errantes a través de una nada infinita? ¿No nos persigue el vacío con su aliento? ¿No hace más frío? ¿No veis oscurecer, cada vez más, cada vez más? ¿No es necesario encender linternas en pleno mediodía? ¿No oímos todavía el ruido de los sepultureros que entierran a Dios? ¿Nada olfateamos aún de la descomposición divina? ¡También los dioses se descomponen! ¡Dios ha muerto y nosotros somos quienes lo hemos matado! ¿Cómo nos consolaremos, nosotros, asesinos entre los asesinos? Lo que el mundo poseía de más sagrado y poderoso se ha desangrado bajo nuestro cuchillo. ¿Quién borrará de nosotros esa sangre? ¿Qué agua podrá purificarnos? ¿Qué expiaciones, qué juegos nos veremos forzados a inventar? ¿No es excesiva para nosotros la grandeza de este acto? ¿No estamos forzados a convertirnos en dioses, al menos para parecer dignos de los dioses? No hubo en el mundo acto más grandioso y las futuras generaciones serán, por este acto, parte de una historia más alta de lo que hasta el presente fue la historia. Aquí calló el loco y miró de nuevo a sus oyentes; ellos también callaron y le contemplaron con extrañeza. Por último, arrojó al suelo la linterna, que se apagó y rompió en mil pedazos: “He llegado demasiado pronto, dijo. No es aún mi hora. Este gran acontecimiento está en camino, todavía no ha llegado a oídos de los hombres. Es necesario dar tiempo al relámpago y al trueno, es necesario dar tiempo a la luz de los astros, tiempo a las acciones, cuando ya han sido realizadas, para ser vistas y oídas. Este acto está más lejos de los hombres que el acto más distante; y, sin embargo, ellos lo han realizado.”
En aquellos tiempos la raza humana parecía a punto de morir, el orbe solar tenía la frialdad de la luna, un invierno eternal agrietaba el suelo, las montañas que nacieran vomitando las llameantes entrañas de la tierra, estaban grises de lava congelada. Ranuras paralelas o en forma de estrellas cruzaban las comarcas; prodigiosas grietas abiertas de pronto se tragaban las cosas en brusco descenso, y podían verse deslizar lentamente hacia ellas hileras de bloques erráticos. El aire oscuro estaba salpicado de agujillas transparentes; una blancura siniestra cubría los campos; la universal irradiación de plata parecía secar el mundo. Ya no había vegetación, sólo pocas manchas de líquen pálido sobre las rocas. La osamenta del globo se había despojado de su carne, hecha de tierra, y las llanuras se extendían como esqueletos. La muerte invernal atacaba la vida inferior; los animales del mar habían perecido presos en los hielos; luego murieron los insectos que hormigueaban sobre las plantas trepadoras, los animales que transportaban sus crías en bolsas del vientre y los seres casi voladores que poblaban las grandes selvas; hasta donde alcanzaba la vista no había árboles ni nada verde, sólo quedaba vivo lo que habitaba cavernas o cuevas.
La mayoría de los hombres viven una vida de tranquila desesperación. Lo que llamamos resignación no es más que una confirmación de la desesperación. De la ciudad desesperada pasamos al campo desesperado, y tenemos que consolarnos con la magnificencia de los visones y ratas almizcleras. Hasta detrás de los llamados juegos y diversiones de la humanidad se encuentra una desesperación estereotípica, aunque inconsciente. No hay diversión en ellos, porque esta viene sólo después del trabajo. Pero no hacer cosas desesperadas es una característica de la sabiduría.
El último día de la anterior semana, estuve ululando entre las tinieblas de la ciudad serpiente, medrando entre las entrañas de los seres de silicio, tratando de evitar el continuo monólogo, conversaciones entre los fantasmas que habitan mi cerebro. Ella, la sin par criatura había roto mi alma con una primera estocada de gélida indiferencia. La otra escisión en mi ser, el recuerdo penetrante de que por estas fechas el dragón padre se fue. Decidí entonces armarme Quijote, ensillar mi rocinante ruso y partir al caer la tarde, hacia el regazo del arácnido volcán nevado que estoicamente aguarda los latigazos de fuego de un verano asesino. Recalentamiento despiadado sufre la bella Gea, tal vez los causantes sean los hombrecillos-cosa esta sociedad del consumo que busca la felicidad en las “cosas”. Iba regodeándome con el paisaje andino que aflora virginal ante las lacrimosas ventanas de mi alma, oscura y olvidada, todos los glotones andinos vigilaban el elegante rodar de rocinante, la música penetrante y platónica que bajé del blip, del usuario de Ella, competía con los ronquidos de rocinante y los resuellos de Eolo que prometía darme feroz batalla. Será la octava vez que subo a la cumbre del arácnido nevado, en lo que va de este año, y ya espero recibir una nueva paliza del viento cargado de cristales de hielo filudos y temerarios –me decía.
Acosado por los perros del fuego,
como un toro crepuscular,
sollozando, bajo el cielo de mustias adormideras,
yo busco el río de los espectros,
de las visiones ancestrales,
que fluye a través de las comarcas desiertas.
como una rata; pero a mí me gustan más las frambuesas.
Le llenó de amargura las entrañas
y tuvo después muchas visiones.
¡Nathanael! ¡Cuándo hayamos quemado todos los libros!!!
André Gide, Los alimentos terrestres















