Música de río púber,
vástago galopante,
fruto de náyade y cerro.
Envejecieron con sus feligreses;
de un fragante tirón, se entumecen;
la sonrisa hierática permanece
tras rapapolvos y elegante disfraz.
¡Solo trashumar por los chaquiñanes
que enriquecen el instinto emancipador!
Hay derroche de lágrimas
programadas para la repetición,
obsequio del ojo que sublima
y se reduce a fuegos fatuos.
Naciste de la aérea esbeltez de eucaliptos aromáticos,
conteniéndote contra cuatro troncos proa a las
vitaminas solares;
fuiste el refugio diurno del infante que se hizo
adolescente trepando por su liana de esparto a la cesta
del tordo azul.
“Moriré! Con las botas puestas”. Ángeles del Averno
Encueradas y Grasientas
Pararse antes del límite níveo,
respirar de la salud volcánica,
andar perdido en sus matorrales,
trechos agrestes de sol y de sombra;
grabar lo irrecuperable
como sí nunca fuese a perecer.













