Soy para muchos el Hacker de la Poesía
un poeta Cracker que hoy te desafía.
Así que, mientras busco algunas rimas
para tu PC seré una pesadilla.
Música de río púber,
vástago galopante,
fruto de náyade y cerro.
Envejecieron con sus feligreses;
de un fragante tirón, se entumecen;
la sonrisa hierática permanece
tras rapapolvos y elegante disfraz.
Nauta silente
Que atraviesas pétalos y rocas
Sin alterar su sueño
Mensajero insuperable
De los sucesos de ayer
¡Solo trashumar por los chaquiñanes
que enriquecen el instinto emancipador!
Hay derroche de lágrimas
programadas para la repetición,
obsequio del ojo que sublima
y se reduce a fuegos fatuos.
Naciste de la aérea esbeltez de eucaliptos aromáticos,
conteniéndote contra cuatro troncos proa a las
vitaminas solares;
fuiste el refugio diurno del infante que se hizo
adolescente trepando por su liana de esparto a la cesta
del tordo azul.
Pararse antes del límite níveo,
respirar de la salud volcánica,
andar perdido en sus matorrales,
trechos agrestes de sol y de sombra;
grabar lo irrecuperable
como sí nunca fuese a perecer.
Trotando vas por el candente Toboso,
en pos de una piel fresca,
imaginando la flor lila y blanca,
que del arupo toma el aventurero.
Decía Jorge Guillén que hay muy pocos poetas auténticos, y que incluso esos pocos lo son pocas veces. Y algo parecido se podría decir de los matemáticos, y por parecidas razones. Me refiero a los matemáticos “puros”, a los que se dedican a la investigación sin otro objetivo que la ampliación y el perfeccionamiento de la matemática misma.
La tradición numerológica ligada a la poesía no es un hecho reciente. Armando Zárate, en su interesante libro Antes de la Vanguardia describe que esta tradición data por lo menos del siglo IV con los poemas anagramáticos del poeta latino Publio Optaciano Porfirio, y en el siglo VI con los caligramas, emblemas y laberintos de Venancio Honorio Clementiano.


Más allá de la música de las esferas,
Einstein escucha un tam-tam oscuro
en el tambor tenso del espacio-tiempo,
ondas de gravitación pura
que jamás ha oído nadie
sino él en sus cálculos.

Esta fórmula me gusta: es breve y contundente,
es nueva y es audaz, es sencilla y cuesta de comprender;
su cálculo es simple –sólo exige multiplicar–
pero nos abre a la sorpresa,
agita los fundamentos de lo que sabíamos por los sentidos y las
costumbres.
Walden, así llama la soberbia cocha septentrional, que todavía en estos días de indiferencia a la Creación, se preserva encantada. Walden, y su entorno boscoso, ha resistido a la época del mono pensante caído en la cosificación de su alma, ésta continúa luciendo tan fresca y dominante como el legado patente del yanqui anarquista que la disfrutó ayer nomás.
Es un sátiro sometido al encantamiento de musas de páramo, escucha el canto que emerge del humedal: multitud de sapos negros enamoran a las gencianas engalanándose de violeta y rojo-cinabrio. Fluye en las emanaciones de Yurac-cocha; como en la fábula “El fakir y la hurí”, no se rebela a ese amparo superior. Su instinto montañero no le conduce junto a la manada de pastores que ya debe haber recuperado a la flemática Dina. Bendita sea la comunión de esos lobos domesticados y el hombre que los agrupa; asume que ellos andarán por la zona limítrofe con el empinado arenal que asciende a la plataforma de la pirámide. Figura que están unos escalones arriba de él, sobre la laguna más próxima a las quijadas del Ogro.
Quito se descompone en jirones pestilentes. Quito empañada de mugre ensucia las pestañas, hiere los ojos, tintura de plomo la garganta, llaga la piel, acrecienta la tos, acentúa el estornudo, descompone el espíritu de los quitus.
Cuando nos encaminamos a pensar en torno a la esfera de lo que se ha llamado “arte digital” – o “pseudo-arte”, a juicio de las mentes panteístas -, surgen inevitablemente un conjunto de escollos –entre ellos, prejuicios culturales, económicos, intelectuales e incluso afectivos-, que dificultan vislumbrar ciertamente cuales son los conductos por donde atraviesa la disciplina en cuestión.
El amigo Henry echó a andar su retiro lacustre allá por el otoño de 1845, previamente a ese cometido ecologista adquirió, acudiendo al ágora de la Arcadia, dos insobornables servidores gemelos, Simplicidad y Sencillez, los que lo ayudaron a levantar y mantener su experimento de autosuficiencia durante los dos años que habitó en los bosques de Walden.
Ahora.
Suena una música que no conoces.
Lejos, al fondo, una fuerte línea de bajo, como de artillería.
La mente escarba y el alma busca. Te va a hacer daño, pero tu cerebro pide y tu cuerpo
aguanta.
Inhalación fuerte y profunda, microgramos que entran por tus pulmones. Los alvéolos
transmiten la sustancia a la sangre, y un tren eléctrico recorre tu espina dorsal. Parece
mentira…
Acaban de pasarle el correo. Se cala los lentes junto a la lámpara. Entre las facturas y la propaganda ve la carta, el sobre amarillo, áspero, donde se le comunica que debe abandonar su cochera en el plazo de un mes.
Mito y Terror: Una de las misiones que el mito ha de cumplir en la historia es la de repetirse. La esencia del mito es revivir (revival). Lo hace, aunque parezca revestirse de esteticismo y de emblemas que parecen vacíos. El neo-clasicismo ha podido ser porque ya hubo previamente clasicismo.
Los duendes suelen aparecer en numerosas baladas de origen inglés y escocés, así como en cuentos populares, incluyendo muchos viajes a Elphame o Tierra de los Duendes (el Álfheim de la mitología de los nórdicos).
Muerte de Dios.
La filosofía contemporánea quisiera volver a ser cruel. Mas esto no puede hacerlo tras la resaca dejada por los últimos pensadores crudelísimos. Marx, Nietzsche y Freud desnudan a los santones y quitan la máscara a los fantoches. ¿Quién pudiera hoy seguir en la misma estela? Un Dios muerto o asesinado ha dejado paso, bien se ve en la escena editorial y profesoral, al cuchicheo de meros comentadores de la resaca.













