“Soberana y alta señora:
El herido de punta de ausencia, y el llagado de las telas del corazón, dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene.
“Soberana y alta señora:
El herido de punta de ausencia, y el llagado de las telas del corazón, dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene.
¡Oh, quién tuviera, hermosa Dulcinea, por más comodidad y más reposo, a Miraflores puesto en el Toboso, y trocara sus Londres con tu aldea!
Corazón no seas caballo.
y aprendé a tener vergüenza;
al que te quiera, querélo
y al que no, no le hagas fuerza.

El cerdo entra en el poema
como una ofensa
pero nadie sabe que
el cerdo también reza
Doña venenos habita
a unos pasos de mi casa.
Ella quiere disfrutar
rutas, jardines y playas,
y todo ya se lo dimos,
pero no está apaciguada.
No creo que haya una gran diferencia hoy en día entre escalar el Everest con o sin oxígeno. Hay una gran diferencia si subes por tu propia ruta o sigues la traza preparada por los serpas. Y todas ellas han subido por la ruta “preparada”. La mayor ayuda que tienes hoy en día es la de la mucha gente que hay en la montaña.
Cansado de que las palomas se caguen en su auto, Eugenio decidió esparcir pot toda la Plaza de San Francisco maíz con veneno de ratas.

Dolor y lamento en Ilión.
La tierra
de Troya en desesperanza amarga y en temor
al gran Héctor Priámida llora.
El trueno estridente grave resuena.
Ni un alma
queda en Troya no doliente,
que el recuerdo de Héctor olvide.
Por todos los astros lleva el sueño
pero sólo en la tierra despertamos.
En todo el tiempo que he vivido en este mundo tuve miedo sólo tres veces.
El primer miedo, que me produjo el hormigueo en el cuerpo y me puso los pelos de punta, obedeció a una causa insignificante, pero extraña. Una vez, por no tener nada que hacer, me dirigí a la estafeta postal para buscar los periódicos. Era un atardecer tranquilo, caluroso, casi sofocante, como aquellos atardeceres monótonos del mes de Julio, que, una vez comenzados, se prolongan en una serie continuada durante una o dos semanas, acaso más aún, y de pronto los interrumpe bruscamente una tormenta fuerte y un soberbio chaparrón cuyo electo refrescante puede durar varios días.
Walden, así llama la soberbia cocha septentrional, que todavía en estos días de indiferencia a la Creación, se preserva encantada. Walden, y su entorno boscoso, ha resistido a la época del mono pensante caído en la cosificación de su alma, ésta continúa luciendo tan fresca y dominante como el legado patente del yanqui anarquista que la disfrutó ayer nomás.
Tú, novia intacta aún de la quietud,
prohijada del silencio y de las lentas horas,
selvático rapsoda, que refieres un cuento
florido, con dulzura mayor que en nuestra rima:
¿qué leyenda, ceñida de verdor, en tu forma
tiembla? ¿Será de dioses o mortales, o de ambos,
en el Tempé o en valles de Arcadia? ¿Quiénes son
esos hombres o dioses? ¿Qué doncellas resisten
al loco perseguir? ¿Qué pugna es ésa, huyendo?
¿Qué flautas y tambores? ¿Qué extasis salvaje?
Las espadas de luz
rasgan el velo de la noche.
Trazan signos de fuego sobre el abismo.
Hieren mi sombra dormida,
a través de espectral lencería.
A la hora quinta, cuando el gallo anuncia el despuntar del nuevo día, luces de antorchas, surgiendo de entre las tinieblas, avanzaron hacia el centro de la planicie, desde diversos puntos.
Caballos, formas errantes,
escapadas del reino de las sombras.
No tengo más patria que mi espíritu,
ni más cielo sino mi corazón.
Sollozando, bajo la profundidad celeste,
yo te busco entre las sombras.
Yo nací en el país del llanto
asediado por espectros de ceniza.
Acosado por los perros del fuego,
como un toro crepuscular,
sollozando, bajo el cielo de mustias adormideras,
yo busco el río de los espectros,
de las visiones ancestrales,
que fluye a través de las comarcas desiertas.
No hay alma.
Sólo hay un grito desesperado
que resuena en la soledad
de nuestra prisión celeste.
Oscuro dios de las profundidades,
helecho, hongo, jacinto,
entre rocas que nadie ha visto, allí, en el abismo,
donde al amanecer, contra la lumbre del sol,
baja la noche al fondo del mar y el pulpo le sorbe
con las ventosas de sus tentáculos tinta sombría.
En las paredes de esta cueva
pinto el venado
para adueñarme de su carne,
para ser él,
para que su fuerza y su ligereza sean mías
y me vuelva el primero
entre los cazadores de la tribu.