December 12, 2009 | Publicado por: kantoborgy Leído 12998 veces. | Tell a Friend
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Esta jornada empezó mostrando un azul radiante rumbo a la flamígera canícula de tierras altas, empero se fue atemperando dentro de la templada nube traslúcida que cautivó el espacio y tiempo de los dominios de Krizofilax Equinoccial. Los caminantes se dispersaron para concebir la disipación que les corresponde en el entresijo horizontal de lo femenino herboso.


Los montañeros vinieron al lugar relajados puesto que habían resignado cualquier deseo de subir por las laderas de los animales andinos que cercan a las dunas y, por añadidura, no cargan sus henchidas mochilas de exploradores, de esto que se apearon de la jamelga exentos de la tensión que provoca el ascender el monte Purgatorio. Ellos dos llegaron al lugar desarmados, entrando al turgente laberinto de la feminidad volcánica casi tan desnudos como la perra Panda; siendo Lester González el que, por excepción a su regla de sólo portar una mochila de jardín de infantes atacada con dos tabletas de chocolate y un botellín de líquido deshidratante, trajo consigo el mediano macuto -marca ochomil- con una carga de exquisiteces para hombres y canes. Kantoborgy, le advirtió entre jodido y chistoso, antes de sumergirse en lo suyo: “Hazme caso, tú sigue pegado a la acequia y no te vas a perder más que en tus contemplaciones; por el contrario, si te alejas del arroyo, te puedes extraviar sin remedio porque yo, cholito, de no aparecer a la hora pactada para el almuerzo con tus viandas de mantel largo, te dejó botando… No se diga el señor Lovochancho que cayendo la noche estará de plácemes, tiene cita con el sabor del vino

Caravasar
y el aroma afrodisíaco que emana de los fanerógamas de Adelaida Matute”.

Le hizo caso al gótico y está zigzagueando por la senda donde reina el rumor amigable del cristalino arroyo; ya viene internándose en los secretos del territorio de Krizofilax Equinoccial. Va contracorriente anejo a la melodía acuática, perdido –pero no extraviado- en los perfumes que le provee la recreación de su Nefertiti tomando baños de cascada subtropical. Han pasado semanas, que ya se hicieron meses, desde que los canes de Kantoborgy le obligaron a recuperar la noción de lo que es un perro al lado de un hombre que conserva lo esencial de un bárbaro, su potencial sensible y de esto no degenerar en un zombi. Ha superado la fase del asco a lo salvaje que le trajo años de encarnar al elegante principal de Ecuainforme S. A.; deja atrás años de empaquetamiento en las normas higiénicas del deber ordinario, tan alejadas de la originalidad del chiquillo rampante arbóreo, y charlón con la vida silvestre, que fue antes de asistir a la escuela. En el ínterin de sus fatigas agrestes de los miércoles, el asco inicial que mutuamente intercambiaban con los perros lobos de Kantoborgy, y que los mantenía a distancia de su humanidad, trocó en una serena amistad recíproca entre mamíferos.

LG está rumiando el placer de haber sorprendido a los montañeros y a la Panda, los dejó turulatos presentándose con generosas raciones de la Casa Chancholovo para los bípedos parlantes y para la loba una pieza cruda que le dé el gusto de taladrarla con su potente dentadura. Esta mañana ha venido a ser una especie de banquete ambulante; así lo verán sus amigos que lo evocarán ya sumidos en las fragancias del laberinto de dunas que les abrirá el apetito por las cosas de comer, añorando la hora del almuerzo campestre que encarna el portador de los manjares. Panda, más precavida que los otros dos, ha escogido mantenerse vigilante para no perder de olfato a su hueso, e intermitentemente viene hacia el hombre que lo transporta; y él asume -¡cómo no puede ser de otra manera!- que la loba lo prefirió a los demás y que por eso corrió a su encuentro en el sendero del arroyo.

Ella chapotea en el riachuelo y después se queda quieta, alerta, como si escuchara el llamado de Krizofilax Equinoccial para jugar a las escondidas; luego sale disparada y no vuelve a su costado sino furtivamente. Este misterioso ir y venir de la cazadora lo llena de regocijo, figura que él es el amo que crió y adiestro a esa máquina de vivir. Panda ya le roza su rodilla con la cabeza y le concede fácil la oportunidad de posar su mano sobre ella, y él inventa un lenguaje para entenderse con la loba, le nace de una capacidad que creía extinguida, reconciliándose con los animales puros que creyó había neutralizado de manera irreversible en su sentimiento. Allá, en las cuadras de la rutilante domesticación, tomó aversión al bárbaro para obligarse a socializar con los que superada la secundaria devinieron en “los suyos”, los ejecutivos adictos a la moda de madurar y alcanzar el hedonismo a costa de la exterminación del niño salvaje. Y renegó del bárbaro para sepultar al chiquillo que hablaba distendido al perro y a la gata, al ganso y a la gallina de guinea. Ese afán de aprender a olvidar para no ser el inteligente/idiota que escoge una especialización para amarla hasta que la muerte lo separe de ella, lo hizo que se sirva de lo útil perecedero. Manejó la monserga de la incesante actualización del mercader de maravillas electrónicas, se zambulló con deleite en las frivolidades del tránsfuga.

Con Lovochancho ha tenido una fluida comunicación en las semanas pasadas, motivándose a ello por el acercamiento que se suscitó con los montañeses-montañeros, y el pretexto de dialogar tomó la forma de darle a éste su testimonio de la expedición a las lagunas de El Compadre. Bajo esa encomiable misión de recuperar los sucesos acaecidos en dicho ecosistema lacustre, se dieron a reunirse a la sombra del cerro Ilaló, dentro de las murallas del matemático de Guangopolo, donde aprovecharon para beber del buen vino tinto que LG provee y a trinchar de la gastronomía selecta que dispone Lovochancho. El vino Sangre Miura del Caravasar y el exclusivo Jamón de Casa Chancholovo, hicieron de sus encuentros banquetes propicios para el coloquio, deviniendo en profundidades que los hizo mudarse a estadios superiores a la vulgaridad de juntar palabras que se pudren como hojarasca. Ahí descubrió que el matemático convive con el sibarita, y el lenguaje de lo versátil es real en un sujeto que él, LG, había creído sólo estaba hecho para la nitidez gélida de lo abstracto. Se equivocaba con el señor Lovochancho, he ahí un hombre con el corazón galopante en tierra a pesar que tiende a la perfección de las esferas.

El tema único de la convocatoria de los sucesos de El Compadre, todavía tiene para despacharse con la verídica intención de sus banquetes: intercambiar la sustancia de sus mundos ya trajinados en lo que les tocó vivir después de la dispersión de la gallada bernardina una vez culminado el bachillerato. ¿Qué fuimos…, qué somos? En todo caso, algo viene aportando a la ficción que tendrá que hacer Lovochancho de los difusos acontecimientos de El Compadre; éste hará uso de su albedrío de hacer literatura de esa anécdota tragicómica que, “por gravedad y justicia”, tiene de protagonista central al Aqueronte y su ira de Dios desatada para sacudir las conciencias de los implicados en ella. Al fin lo que hizo el Aqueronte con los otros le tiene sin cuidado porque es cosa vivida por ellos y no por él, LG, quien es el que al cabo revive lo suyo para incorporarlo a su presente. Lo que tuviere que aportar al respecto el extinto jabalí Muñoz transmigrado por acción de su vena musculosa en el rinoceronte Muñoz, es cosa que le correspondería íntegramente a éste suponiendo que estuviera predispuesto a rendir testimonio sobre la tenebrosa tajada que cobró en El Compadre, cosa fea de recrear para alguien que nunca se creyó tan fuerte como el Aqueronte pero sí se hacía la ilusión de hacerle calor llevado al extremo –jamás buscado por el ayer jabalí Muñoz- de no poder rehuir a un enfrentamiento físico con éste. De hecho, cuando se dio esa malhadada oportunidad de cotejar su fuerza con la de “la ira de Dios”, fue zarandeado inmisericordemente; el Aqueronte lo vapuleó como si se tratase de un muñeco de trapo. De ahí la razonable sospecha de que el jabalí Muñoz entró en metempsicosis para renacer como el rinoceronte Muñoz, y así sepultar esa vergonzosa lección física que le propinó el Aqueronte; por eso, consiguiendo la medalla de plata en culto al físico -categoría pesados del evento Míster Cuenca-, se vivificó ante sí mismo. Hay que tener ansia de crecer muscularmente para someterse a una vigorexia a base de técnicas y esteroides, dietas rigurosas “comer por cuatro”, tres horas diarias de dolor en el gimnasio; todo ello costeado con el billete que el hombre ganó merced a su maestría para vender vehículos todoterreno, y, finalmente, con ese cuerpo anormal, poder soñar con el corazón ardiente y esforzado que algún rato derrote a “la ira de Dios”.

Lovochancho ya le manifestó que el rinoceronte Muñoz no se había atrevido a sostenerle la mirada al Aqueronte en su último encuentro fortuito, teniendo la oportunidad de hacerlo porque por fin luce el doble que el otro, pero no lo hizo debido a que ha resignado totalmente su venganza física a favor de un desquite ideal. Hizo bien el rinoceronte Muñoz, para qué arriesgarse a echar al traste todos esos años de culto a su cuerpo cuando la auténtica batalla radica en su mente y no ante la personalidad que se titula Aqueronte, el cual no tuvo conciencia de lo acaecido, pues, sólo sabe que a través de él se desató la ira de Dios. Lovochancho también ha resignado indagar más en los otros secuaces de la juvenil expedición a El Compadre: “… me basta con lo tuyo, gracias a la fuerza de tu testimonio entiendo mejor tu comportamiento posterior a eso, el sacrificio del campesino de la tierra negra por los espejismos del triple-ingeniero”.

LG, curándose en lo inmediato, sacrificó los años que pudo haberlos entregado a forjar al campesino de carne y hueso de La Era, o sea al hombre que podía llegar a producir el súmmum de un piso vegetal, y gritar desde la cofa de su carabela: ¡terra petra! Sí, aullar, aullar como un poseso, su descubrimiento de la tierra negra, la fértil riqueza que los corazones de los exploradores mediterráneos, los que hicieron la epopeya amazónica de ayer, no supieron proyectar para un futuro de autonomía alimentaria. El Dorado real era y es la terra petra. Por eso, en quince años de añejamiento de parcelas elegidas para la abundancia, iba a obtener la bendición de Ceres, la iluminación del agricultor, contar con un suelo infatigable cosecha tras cosecha. Su ideal venía a ser una predeterminación de la generosidad vegetal, hacer de los campos de La Era una aristocracia agrícola. Inspirándose en la hazaña del ausente doctor Teodoro Morris –el único hombre que probó del tesoro de Quinara, sacando una tajada de éste con el fin de sembrar prosperidad inalienable-, el joven Lester González quería inaugurar una nueva versión de quinta San Agustín, y decir como reza en el portal de la hacienda que hoy la regenta Ana de Cazaderos: “Jóvenes, ahí dentro de este suelo está invertido el tesoro”. Su idea de lo que debía y podía ser La Era, venía a ser un paso adelante del bienestar que el doctor Morris implementó en quinta San Agustín; aunque uniéndose en lo general a esa tentativa de hombre cósmico de Morris, quería poner su propio sello a tal empresa. Hoy relaciona que buscaba sembrar algo distinto pero equiparable a las ascensiones, que apenas concluida la secundaria, hizo Kantoborgy; así como éste abrió en solitario rutas inéditas conquistado su miedo sobre las rampas de Las montañas del terror cósmico, el muchacho LG soñaba con los peligros de montar su tierra prometida.

Esta aproximación a los colosos andinos ha hecho que su corazón hable alto sin que lo acometa la censura del campesino idealista, puesto que escogió el camino menos difícil para vencer a la maldición de la memoria constante e impasible, haciendo de los sembrados infatigables un sueño en medio de la época del sujeto mecanizado, volviéndose mientras el sueño se materializa en un solvente ejecutivo de metrópoli. Se decidió a adoptar la mascarada de las especializaciones modernas, se confundió con ellas para ser visto como un ciudadano más que corriente, un ciudadano súper-normal, un sabio de las especializaciones. Vino a ingresar primero a la facultad de ingeniería de programaciones electrónicas, luego, cuando se dio cuenta que ahí no tenía que esforzarse para crear sino apenas almacenar cierta información para la consecución de objetivos específicos, se enroló por diversión en la facultad de ingeniería de programaciones neurolingüísticas y de ahí, por la inercia de la fundación de Ecuainforme S.A, le vino gracioso acomodarse en los pupitres de la facultad de ingeniería de programaciones empresariales. He aquí cómo devino en el triple-ingeniero que se constituyó en la envidia de los amantes de una sola profesión; él se casó con tres ingenierías y las traicionó a las tres entregándose a múltiples cursillos de posgraduado y a los seminarios para ser un aprovechado mercachifle sin compromisos con la posteridad.

El triple-ingeniero había renunciado a su idea de La Era pero mantuvo el ideal del campesino de la tierra prometida. Días después de la muerte de su padre vendió La Era, con ello firmó el acta de renuncia a su idea de la terra petra en la comarca de San Antonio de las Aradas, la única idea meridiana que ha tenido como proyecto de vida se trocó en sueño. El resto fue una gran excusa para ejercer eso que tanto anhelaba adquirir a fuerza de voluntad, la suerte de olvidar a su albedrío para que la memoria deje de tiranizar cada segundo de sus horas grabándolo todo a granel, en bruto, sin darle sentido a nada de lo que embutía a su maldición de retener fotográficamente el transcurso del tiempo. Graduándose de bachiller hilvanó su plan para soterrar la idea de la terra petra, se convenció de que estaba haciendo lo correcto para curarse del memorioso a fuerza de deglutir los bocadillos que se cocinan en los centros superiores de aprendizaje borreguil. LG, se decía despertándose a la realidad medio-venenosa de su materialismo: “hasta ahora los sueños me han librado de un racionalismo a ultranza, la cordura total de un androide”; y, fijando esa esperanza de la Estulticia en el corazón, no fue una flecha para herir a su alma sino para debilitar al insufrible memorioso.

Juan Arias Bermeo
ref: lovochancho.com



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