Entonces, el futuro triple-ingeniero LG, se convencía que él también, de una, hubiese creado su quinta San Agustín -superando a la original en el rendimiento y calidad de los suelos- si le caía, de sopetón, una porción del oro de Quinara como al doctor Morris. Otra cosa era aproximarse al ideal con el sacrificio de los años, mientras se hacía realidad la terra petra en la comarca de su infancia, San Antonio de las Aradas, a un precio que no estaba dispuesto a pagar.
No le venía en gracia partirse el lomo con faenas agrícolas, no tenía la paciencia del sembrador para una abundancia de frutos a futuro, pues, primero había que cocinar a la suerte de paella de desperdicios orgánicos biodegradables que fundiéndose con el magro suelo primigenio constituyen la tierra negra. Y esa cocción de los elementos que hacen el súmmum de la fertilidad requería de más de un lustro, la recompensa tenía que reconcentrarse a profundidad y en silencio como un aguardiente añejándose hasta ser una bendición de Baco para el gusto del catador. Tal iba a ser la recompensa de su juventud dedicada a sembrar a largo plazo la tierra prometida, pero más haló el vértigo de una carrera al éxito en la ciudad capital. Ser pionero también era ser un sobrio guardián de su ambición agrícola, era saber aguardar los resultados del experimento. Sembrar terra petra hoy y cosecharla pasando una década le sonaba lindo; pero no fue así de fácil a la hora de la decisión práctica de ser campesino, y abandonó sin empezar la empresa que sólo tuvo fuerza entre los pupitres de la secundaria. La única idea fundamental que ha tenido desde la adolescencia se estancó a la hora de ponerla a rodar en el sitio de acción del campesino real, no asomó el sufridor del suelo que había que enriquecerlo día a día para el enriquecimiento integral de su explotador del mañana.
En ese trance, acudió a su inteligencia para que dirima en la bifurcación del camino que se le presentó: terra petra para el mañana o ingeniería positivista para el hoy. El intelecto marcó la diferencia ante el amor de los sentidos por la tierra paterna, y prefijó que primero tenía que hacer fortuna en la ciudad y luego entregarse al placer de la experimentación allá, sobre el lugar que a futuro elija para refundar La Era. “Y ahí sí, billete en mano, invertir la liquidez que ya me brindó el éxito comercial de Ecuainforme S. A., y hacer de mi plata una feliz espera de la buena nueva, evitando lo que ayer requería del sacrificio de mi cuerpo entero volcado a la subsistencia agrícola sin pretensiones hasta que brote la terra petra. Ahora es cuando puedo quitarme de la premura de cosechar, de vender mis vegetales para recuperar con creces, en dinero sonante, el tiempo sembrado en ellos. He de acomodarme con mi equipo de catalejos colocados estratégicamente en el balcón circular de mi mansión panorámica -subida sobre una colina que me permita contemplar el natural surgimiento de la tierra prometida-, y vivir mi vivir como el campesino que no siembra sino que deja crecer todo lo que se ha plantado para el usufructo del imperio de los sentidos”.
Qué sencillo le venía denunciar lo que sería su inminente futuro en La Era, a los cofrades que cursaban el último año de bachillerato del Bernardo Valdivieso, tanto que el apodo de Chico Silencio que le endilgó el Aqueronte, en la escuela de los hermanitos cristianos, desapareció a la luz del día y el mismo Aqueronte, con una dosis de aguardiente adentro, le empezó a llamar a gritos ¡Campesino!, y lo hacía con gracejo no exento de cariño y admiración, pues ya se imaginaba las visitas que haría al Campesino para disfrutar de su hospitalidad. Y Lester González se embarnecía con ese sobrenombre que le chantó el Aqueronte, sintiéndose ya el muchacho adelantado que iba a dar cátedra a su gallada bernardina implementando su idea de la terra petra. El Aqueronte se refocilaba figurando que iría a La Era a reposar de sus amores difíciles, a restañar las heridas de las pasiones del cosmopolita, y tragar un buen aguardiente con el Campesino, y conversar diáfanamente con el Campesino, y tumbado en un hamaca respirar hondo del crepúsculo del Campesino, y aspirar sin apuros del perfume que emanaría de la tierra prometida añejándose. “Has tenido una regía idea, mi querido ¡Campesino!, todos… Lovochancho, Kantoborgy, etcétera… hemos celebrado tu valiente apuesta, y nos harás dichosos cuando nos invites a gozar de los productos de la terra petra, de tu mesa abundante y excita como la de los dioses griegos. ¿Quién diría que tú, el niño-buda, el Chico Silencio, se iba a convertir en labrador infatigable y guardián de bosques viejos?”.
El perfeccionamiento de La Era, fue una tarea que debía asumirla con la voluntad del bárbaro a cuestas, arremetiendo contra la decadencia que su padre vio venir a su heredad cuando lo escuchaba perorar tanto sobre la terra petra, mientras él, Julián González, intuitivamente, había hecho de su hacienda un hogar agradable para vivir, resignado a un suelo comedido bajo sus limitaciones. En La Era de Julián González se rotaban los cultivos y también se rotaba el descanso de los suelos por parcelas, y, la mitad de la hacienda, se la destinaba al placer de preservar bosques primarios que generaban el combustible que prende los sentidos del alma. Lo de perfeccionar el uso de la tierra era una gran idea, pero el resto ya estaba ahí, y, ese resto era todo para el abandonado feliz que encarnó Julián González, siendo el hombre que heredó la tierra sus mayores y la supo mantener como éstos lo hicieron y la explotó de manera pausada usando la vieja tecnología del aprovechamiento sustancial. Julián González, le alcanzó a decir a su único vástago con el último suspiro: “Tranquilo, vas a darte lo que tienes que rendir”.
Antes de cumplir veinte años, LG, soñó lo que tenía hacer, pero fue más idealista que guerrero por eso vendió a La Era original para añorarla a través de La Era contemplativa del futuro, la que es incultivable y por eso le viene toda exuberante y primitiva. Empero, llegó el minuto de su vida donde lo de sembrar la terra petra ya no es una meta para satisfacer la ambición del joven busca fortunas, sino le viene como una fuente de expansión que todavía lo puede hacer vivir con intensidad de lo que va añejándose tal cual un bosque intacto de especies primarias; lo anima saber que sólo tiene que decir “sí, sí me atrevo” y adquirir la tierra para rendir lo que tiene que rendir hasta el fin de sus días, basta un trueque por sus posesiones citadinas, acaso no es ése el mensaje final que le trajo la Nefertiti del Salón Amarillo coincidiendo con las caminatas del semisalvaje de los miércoles.
El Aqueronte no sufrió por no poder ir a descansar -en La Era del Campesino- de los golpes amorosos que le propinaban las descendientes de Eva, porque apenas se graduó de bachiller emigró a las Españas sin dificultad por su condición de estar favorecido con una doble ciudadanía desde que “nací mediterráneo y por añadidura ecuatoriano”, y allá procreó los vástagos que juró engendrar por los amigos que no los tendrán, y en honor a éstos ya respiran aires autonómicos los tres robustos españoles a los que denomina, por orden de edad: Lovochancho, Kantoborgy y Lestercito ¿Qué será de ellos?... LG, los conoce de oídas por las menciones de los mismos en las visitas que la ira de Dios le hace cuando viene a este país andino, llegándose acá como un relámpago que ilumina su noche pichinchana. “No ando a cargar fotos de ellos porque los de las fotos sí son fantasmas… ¿Qué me ves con esos ojos de demonio?... ¿No crees lo que te digo? Te digo que sí, de existir existen, no lo dudes amigo Lester. En todo caso yo los llamo así, como oíste, a esos guapos ciudadanos de las Europas. Eso no quita que las respectivas mamás los hayan registrado con otros nombres cristianos a sus respectivos cachorros, como comprenderás esto ya es una cosa que no es de mi incumbencia; para mí han sido, son y serán, de mayor a menor: Lovochancho, Kantoborgy y Lestercito… No te miento, ¡ciudadano!, mis hijos se muestran encantados con los regios nombres que les chanté”.
El bachiller Kantoborgy sí se alejó, aprisa y a propósito, del apócrifo Campesino, y pronto las explicaciones entrambos fueron innecesarias por insostenibles en sus diferentes realidades posbernardinas. Así, cuando de improviso LG -rumiando ya el tiempo y espacio de la especialización a ultranza que siguió a la heterodoxia del adolescente bernardino- se lo encontraba al montañero en auge ascensionista, su cruce de palabras era forzado e inapetente para ambos; en esas ralas ocasiones que se toparon involuntariamente, la confusión callejera pesaba dentro de sus almas. No obstante, tras lo aparente de su desentendimiento posbernardino, a pesar de no querer decirse nada importante en el casual cruce de palabras trepados sobre el fragor citadino, algo se comunicaban entre ellos porque se despedían con un abrazo sentido. Ambos sabían que no se iban a ver más sino obraba la voluntad del hado, éste dispondría si se topaban nuevamente en la rayuela de las cuatro esquinas y los treinta semáforos inteligentes a la que el gótico muy de repente se acercaba a mover su ficha. Pasando los días de esos fortuitos choques con el gótico en ciernes, a LG le atacaba la certeza de que apenas segundos después de haberse despedido de Kantoborgy, éste se había dado vuelta para gritarle por la espalda, con una voz firme y rotunda: “¡Haz un esfuerzo para alcanzar la otra orilla, algún rato tendrás que dejar de ser náufrago!”.
La disolución de la gallada adolescente del Bernardo Valdivieso, fue el fin de un absoluto. Quedó para la anécdota la amistad de pequeña urbe provinciana del grupo de los cinco: ¡unidos bajo el puño del Aqueronte! El hecho de verse sin la presión de los ojos soñadores de la muchachada que le exigía cumplir con su promesa de enriquecerse, material y espiritualmente, sembrando la terra petra en La Era, de San Antonio de las Aradas, fue la circunstancia clave para que él, Lester González, opte por la conquista de lo útil en la metrópoli patrimonial. Él no dio marcha atrás en el sueño del perfeccionamiento de La Era porque jamás ejecutó ápice de esa idea superior, y no se puede retroceder en algo que no se empezó sobre el terreno de la acción. Podría decir que se parapetó en máximas de esta índole: “si no avanzas, tampoco retrocedes” o “no es posible arrepentirse y regresar si todavía está por hacer el camino de ida”. Aprovechando los adioses a su primera juventud hizo a un lado las “niñerías” y se precipitó en el mundillo de los que a golpe de frases de los cursillos para atesorar bajo época de crisis, y las mañas que otorga la experiencia de ganar billete, se han graduado de ciudadanos ejemplares.
Lester González devino en ejemplo del individuo que no le va mal cuando se levanta una imagen de triple profesional y múltiple diplomado, una especie de súper-normal, ¡salve el triple-ingeniero!, que veneran las masas. Igual se enteró que el salto de hombre de teneres a millonario comensal del poder político no le atrajo por que se acostumbró a tratarse bien si las exageraciones de la decadencia consumista que corrompe hasta volverlo al acaparador un esclavo de sus ambiciones materiales. Le reconforta cerciorarse de que él buscó una riqueza liberadora, pues, el espejo que reflejaba al campesino ideal no se ha empañado, por el contrario, cada vez es más diáfano su reflejo desde que se le apareció la Nefertiti del Salón Amarillo y poco después emergieron en el presente, tal como son al día, sus amigos montañeses-montañeros. Esto sí está siendo Actualizarse -con mayúscula- a favor de su personalidad, en el terreno de la acción de las razones del alma. Suficiente ha tenido con el bienestar palpable que le rodea y que ha mantenido sin forzarse al máximo, sin darle todo de sí -como predica su imagen ante los cándidos que lo elevaron a ciudadano ejemplar- a Ecuainforme S. A.
Qué alivio fue olvidar lo que indefectiblemente grababa el fantoche. ¡Desprenderse de lo fatuo de cada día, divino tesoro! Vaya lucha heroica en la que emprendió para doblegar al impertinente memorioso, sólo él sabe lo duro que fue ponerle en su sitio, junto a la basura informativa del diario. Haciendo acopio de humildad llamó a su corazón para aunar fuerzas contra el infatigable fotógrafo de la nada, y, el corazón, aunque herido por no haber sido el conquistador de la terra petra, se incorporó a la guerra para someter al maldito memorioso y colocarle en el lugar que le corresponde: ser útil únicamente cuando su patrón requiera de sus servicios puntuales, y cuando se le diga “¡largo de aquí!”, desaparezca sin protesto dejando al olvido el trabajo de limpieza y desinfección del lugar que ensució con su estupidez acumulativa. Mientras se definía la guerra, de espacios y de tiempos, entre la claridad insensible del memorioso y la compleja vitalidad del corazón primordial, el ejecutivo de Ecuainforme S. A., producía los billetes que lo tiene gozando al caminante LG de este no saber dónde está sumergido en las dunas de Krizofilax Equinoccial, poniendo el automático sobre la marcha, libre del heliogábalo que tragaba a tiempo completo material auditivo y visual sin el don de discriminar y escoger que tiene el aristócrata.
Anda contracorriente y no le ataca la culpa por no cargar el mínimo de prisa “parabólica y convencional” que le exigía su rango de principal en la empresa de su liberación, pues, Ecuainforme S. A., acabó siendo el acicate de su madura rebelión puesto que le proveyó los medios materiales para hacerse de una flamante La Era, donde él tenga a bien adquirirla para nombrarla así. El rumor del arroyo le refresca el gaznate, y no tiene que reprimir el regocijo que sufre con Panda intermitente a su lado, puede palmotearla a placer y simular jadear y gruñir como lo hacía con los canes runas de La Era, allá poniendo distancia con la impavidez del niño-buda de la escuela de los hermanitos cristianos. Este rato tiene aprecio por todo lo que le rodea, aun por su carrera de mercachifle ejemplar, la que hizo con el mínimo esfuerzo vital como sus ingenierías, regalándoles a su momento memoria para luego agasajarse en privado con todo el olvido del mundo que fue capaz de aprehender para avasallar al inteligente/idiota. Qué gracia le provocaban esos pánfilos adoradores de la mnemotecnia, no se diga los aspirantes a memoriosos “a base de una férrea voluntad”, soñando con el máximo esfuerzo para perennizar cosas vulgares sin realmente aprender nunca de ellas ni tomarse el trabajo de intentar lo difícil, lo íntimamente complejo, crecer y crear con los sentidos alertas. Cuántos bostezos de felicidad le trajo olvidar los seminarios de contemporización del posgraduado, desde que supo domar a su insaciable memoria ésta se sujetaba a lo inmediato mientras su patrón quería servirse de lo inmediato, y, después del brindis y el ágape por la entrega-recepción del diploma correspondiente a la píldora para derrotar cualquier crisis productiva, se difuminaba todo el contenido de su utilidad. Su conciencia ya contaba con el comando “borrar”, y para su dicha íntima podía hacer un clic en la palabra “borrar” y de una el paquete de información que había ingresado en bruto, sin editar, a su memoria, se desvanecía, quedando aliviado como una ida de vientre saludable. Eso sí, se ha quedado con los lindos diplomas, los ha preservado a manera de lápidas decorativas; cada papelito de “actualización” resplandece, en marco de lujo, realzando las paredes de la confortable sala de negocios de las oficinas del triple-ingeniero.
Juan Arias Bermeo
ref: lovochancho.com
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