December 13, 2009 | Publicado por: kantoborgy Leído 13330 veces. | Tell a Friend
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Él y yo nos entendemos.
No es una calumnia. Quien quiera las pruebas de esta verdad, hasta ahora escondida, no debe hacer otra cosa que releer todo el libro con espíritu desconfiado.


En el Don Quijote hay un centro que los comentaristas, extraviados por las bestialidades corrientes, no han visto, y que da la clave de todo. Este centro es la locura fingida de Sierra Morena. Todo el mundo recuerda el episodio. Llegado al medio de los desolados pedregales de la montaña, Don quijote anuncia a Sancho que se hará el loco hasta su regreso, en honor y gloria de Dulcinea. El listo se descubre al simple; engarza una locura confesada en la más amplia locura simulada.
Comienza por declarar su método – la imitación – pero imitación calculada, es decir, ni demasiado fatigosa ni demasiado peligrosa: “Quiero imitar a Amadís, haciendo aquí del desesperado, del sandio y del furioso, por imitar juntamente al valiente Don Roldán...” Pero con juicio: Orlando era demasiado furioso. “Y, puesto que yo no pienso imitar a Roldán... parte por parte, en todas las locuras que hizo, dijo y pensó, haré el bosquejo, como mejor pudiere, en las que me pareciere ser más esenciales” Y termina con la conciencia de su lúcido propósito: “Loco soy, loco he de ser hasta tanto que tú vuelvas con la respuesta” Añade “Si la respuesta es buena, yo dejaré de hacer el loco; si es adversa, me volveré loco de verdad, y ya no sentiré el dolor que me proporcionaría” No se podría desear un reconocimiento más explícito del secreto de Don Quijote; sabe que no es loco, pero quiere hacer cosas de loco, y estas locuras no serán otra cosa que imitaciones de locuras famosas. Lo que en este pasaje confiesa, por algo queridamente loco, sobrepuesto a la locura ordinaria, es, en todos los demás casos no confesados, su regla.
En estas mismas páginas se encuentra también su teoría, una de las más profundas del libro, de volverse loco sin causa ni razón. A Sancho, que le pregunta por qué quiere hacer tanta penitencia si Dulcinea no ha hecho nada que lo justifique, Don Quijote responde: “Ahí está el punto, y ésa es la fineza de mi negocio; que volverse loco un caballero andante con causa, ni grado ni gracias; el toque está en desatinar sin ocasión...”
Las pruebas de esta postura suya de loco voluntario y sin causa verdadera se encuentran a cada paso. Don Quijote tiene conciencia de las transformaciones que deben sufrir las cosas reales para adaptarse a la comedia que representa. Sabe perfectamente, por ejemplo, quién es Dulcinea (“Bástame a mí pensar y creer que la buena Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta” I, XXV) pero no quiere detenerse en aquella gorda y sudada pueblerina que ha escogido, por refinada ironía, como mujer de sus pensamientos; y explica a Sancho que, no pudiendo existir en la Naturaleza mujer perfecta, ha escogido a la última de todas para mejor demostrar la potencia de su voluntaria fantasía deformadora y reformadora: “Píntola en mi imaginación como la deseo”. Cuando Sancho le cuenta su visita a la amada, él la traduce punto por punto a su lenguaje, aun sabiendo que Sancho describe la verdad tal como la ha visto. Y más tarde, al alba, cuando las campesinas aparecen en el camino y Sancho quiere hacerle creer que se trata de Dulcinea y de sus doncellas, Don Quijote no quiere aceptar la alucinación, porque le viene impuesta por otro, por un inferior, sino que ve a las mujeres tal como son, y, para no descubrirse, recurre a la acostumbrada historia de los encantadores que le transforman los objetos ante los ojos. Pero luego acaba por admitir que Dulcinea es una persona fantástica e imaginaria, cosa que un auténtico loco nunca podría reconocer.
(Dice Don Quijote: “Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, o si es fantástica o no es fantástica; y éstas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo” II, XXXII. Nótese con que delicadeza irónica Don Quijote evita responder, dando a entender que es mejor no buscar; él sabía por qué.)
Por otra parte, en otros casos, Don Quijote confiesa haberse equivocado, admite las alucinaciones y tiene conciencia del engaño en que dice haber caído. Pero cuando le conviene, ve las cosas como todo el mundo y ya la posada no le parece castillo, sino verdadera posada, y reconoce que el yelmo de Mambrino es una bacía de barbero, pero que eso parece a los otros para que a nadie entren ganas de robárselo. Su principio – que debía enseñar la fisura de su ficción y al mismo tiempo encierra el único principio efectivamente idealista de todo el libro – es que los objetos, por sí mismos, no son ni de esa manera ni de otra, sino como los hombres diversos saben y pueden verlos diversamente. Su sistema podría definirse como una “voluntad de creer” anticipada tres siglos sobre las teorías pragmáticas, a menos que no esté con un retraso de veinte siglos sobre las teorías de Protágoras.
Esto explica, finalmente, la visible y cotidiana sabiduría de Don Quijote. Todo el mundo se maravilla del buen sentido de sus discursos cuando no tocan asuntos caballerescos; todo el mundo le llama y le considera un “cuerdo loco” o un “loco cuerdo” Y al final, él mismo proclama, sincero otra vez, que no es loco. ¿Y acaso no confiesa, sin parecerlo, haber inventado de raíz la maravillosa fantasmagoría de la gruta de Montesinos?
Desde que sale del mundo subterráneo, Sancho mismo duda de su veracidad, y Don Quijote, en casa del Duque, hace un cínico pacto con su escudero: “Cree en mi historia de Montesinos y yo creeré en tu historia del cielo” II, XXV. Pero la invención descarada queda desde entonces manifiesta, y la confesión implícita no es otra cosa que una confirmación superflua.
Don Quijote no ha sabido regirse en la simulación perfecta y estos fallos de su comedia procuran un doble esfuerzo a nuestro descubrimiento: Don Quijote no tomaba tan en serio su juego como para jugarlo demasiado cerrado. Don Quijote es un loco fingido que se traiciona en la alegría. Su tranquilidad, su astucia, declaran contra él; en su vida no hay drama. No puede haber drama donde no hay seriedad. Don Quijote bromea, pero los locos verdaderos no bromean.

6
La profundidad de Don Quijote –porque hay algo profundo en este Burlador de la Mancha – está en otras cosas.
Los procedimientos de Don Quijote – deformación y simbolismo – son los mismos del arte moderno, y tienen un significado que trasciende los superficiales contrastes vistos hasta ahora en esa grotesca epopeya.
La deformación voluntaria de las cosas tiene su principio en el idealismo arbitrario, y hoy día se la reconoce como característica de toda creación. Ver lo que se quiere ver, representar solamente lo que se escoge y lo que se escoge cambiarlo, exagerarlo, empequeñecerlo, según las necesidades internas de la obra, que es creación, y por esto, acto permanente de voluntad. En ese sentido, Don Quijote es un artista; artista en la vida, por cuanto de origen literario, pero verdadero artista moderno.
Es, en fin, un simbolista, y un simbolista satírico. Sus errores voluntarios obedecen a un plan preestablecido y están coordinados por un juicio sarcástico sobre la vida de los hombres. Hay que tomar a la letra sus atribuciones, aparentemente falsas y locas, como el descubrimiento de una asociación invisible, necesaria conclusión a que llega su escepticismo. Consideremos los más notorios de entre estos fingidos errores de visión: las ovejas, para él, son soldados; los venteros, caballeros; las bacías, yelmos; las prostitutas, doncellas; las mozas de mesón, señoras enamoradas; las campesinas, Beatrices; los galeotes, esclavos inocentes.
Estas sustituciones que Don Quijote atribuye maliciosamente a su locura, para no comprometerse, no son casuales, sino que descubren, en el hidalgo, una conciencia crítica y sin prejuicios del mundo. En realidad, según él, los soldados son ovejas que se llevan al matadero; los castillos de los señores, hosterías disfrazadas, donde es preciso pagar la hospitalidad con la servidumbre; los gigantes son molinos que viven de viento y de latrocinio, imaginaciones para el hurto; las vírgenes que se encuentran en la sociedad son prostitutas de incógnito, más viciosas que las otras, que se entregan por hambre; las mozas de mesón son más dignas de ser abrazadas que muchas señoras; una campesina ignorante, pero pura y no maleada, puede ser la castísima inspiradora de un genio que sepa verla; y los condenados que se encuentran por los caminos encadenados pueden ser más inocentes que los esbirros que los llevan a las galeras.
Estas identificaciones, queridas y pensadas, entre seres que para la mayoría son distintos y están alejados entre sí, nos permiten entrever lo que Don Quijote pensaba de los hombres. Había reflexionado en la soledad y, por fin, los había conocido: como todos los que saben, por último, de qué especie de semejantes estamos rodeados, no le quedó otra elección que odiarlos o divertirse a su costa. Prefirió, héroe flaco, reír y burlarse. E imaginó ser caballero para que los demás, creyendo que se reían de él, le sirvieran de diversión; su ficción fue su venganza sobre la vida. Venganza conseguida porque ha permanecido oculta hasta nosotros. Pero Don Quijote había nacido para ser hermano mío hasta lo último; primero según la letra; ahora, según el espíritu. Él y yo nos entendemos.



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