Yo nací en el país del llanto
asediado por espectros de ceniza.
Ojos perversos escudriñaron mi tristeza,
mi melancolía de príncipe en el destierro,
y fieros cortesanos roían mi corazón,
en busca del secreto de mis sueños.
Yo luchaba contra mi azor maldito,
mientras crecía el espanto,
en heladas espirales.
El sonido de la ciénaga
era como el beso lejano de la muerte.
La marejada de las sombras
se alzaba contra los peñascos ardidos
en la soledad del desierto.
El treno de los chacales
cercaba la noche de la angustia.
Aquí nací y he muerto mil veces,
y he bebido mi sangre
en amargo destierro.
Aquí he maldecido mi linaje divino,
herido bajo la sonrisa de las rameras.
Y presintiendo cielos más puros,
maldije el terruño hostil,
sacudiendo el polvo de mis zapatos
sobre el rostro de piedra de los muertos.
Héctor Burgos Stone
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