August 15, 2007 | Publicado por: kantoborgy Leído 25541 veces. | Tell a Friend
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Ernesto Sabato, casi ha pasado un cuarto de siglo desde que usted tuvo la delicadeza de enviarme esa misiva intitulada, Querido y remoto muchacho, que la leí con gratitud y asombro porque el mensaje fue clavado para mis circunstancias desesperadas de pateador de tachos de basura mediterránea, en ese periplo que hice en las cuevas de Europa y que me sirvió para entender que mi túnel estaba entre la sangre y la letra y no en las plazas atestadas de bípedos depredadores, que son los mismos caídos en la cosificación aquí, en las callejas de la milla Patrimonio de la Humanidad de la hoya de Quito, y en la Corte Pontificia.


Por una serie de acontecimientos propios a mi tortuoso devenir, pagando esas distracciones que aparentan alejarlo a uno de su tarea vital -que al cabo resultan ser el lastre que había que acumular para ir soltando conforme se va equilibrando el vuelo a las profundidades del alma-, he ido demorando el instante de contestar a sus inolvidables palabras, aguantando hasta el último el pánico de no escribir a la altura de ellas.

      Sumido en los quehaceres de mis ficciones, en un hábitat cada vez menos herboso, desatendido de las novedades que ruedan por el tobogán de la información bulímica de los papeles y el maldito rectángulo, de antuvión me he enterado por boca de otro montañés amigo suyo (mejor dicho otro hombre que sufre su segunda juventud declarándose sabatiano a muerte), que usted nuevamente ha sido postulado a obtener el Nóbel, y que el nombrado galardón podría ser suyo antes de que voluntariamente acuda a la cita que tiene con la Parca, aunque dicho asunto a usted le importe un rábano puesto que está listo a colocar el punto final de su obra en el lienzo del artista y no en la pantalla de lo prosaico que pasa de moda inmediatamente.

      Es ineluctable, a priori, ejerciendo el derecho a admirar que tiene el remoto muchacho que ayer enlazó con su mensaje vitalista, que emplace categóricamente a la Academia Sueca a que se avive y aproveche la coyuntura de pasar a la historia entregando el galardón a un hombre que los rescatará, sin proponérselo, de la mediocridad en que se baten con sus mediáticas decisiones. En fin, maestro Sabato, que los ambientalistas boreales hagan lo que tienen que hacer con su trofeo literario: entregarlo a alguien que ciertamente se lo merece. Acá, ecuménicamente hablando, desde la altitud primaveral del valle interandino de Chillos, los que no nos esforzamos ápice al decir que somos sabatianos, tenemos su legado a vista para devolvernos a éste cuando los engendros perfeccionistas nos dan el primer plano de lo que puede ser el infierno en un supermercado, donde escuchamos el valor subliminal que se le da a la hermosura de un pájaro:
      -Qué bello es el picaflor -dice suspirando la dama que ha entrado en carnes de otoñal paseante de multimercado.
      -¿Cuál picaflor, sólo veo una reluciente baldosa? -cuestiona su púber retoño.
      -¡Qué horror, hija! -repica angustiándose la madre, y continúa interrogando a su vez-: ¿No me digas que no te encantaría residir en la séptima planta del edificio Picaflor?

      A pesar que no he dejado de comunicarme con usted a través de su obra, la que seguí obsesivamente después de ingresar en El túnel, me ha quedado el prurito de asentar la respuesta a la personal carta que me remitió por intermedio de Abbadón el exterminador. Me avergüenzo que el bendito Nóbel haya sido el detonante para hacerlo, en principio quise obviar esta deuda pendiente lanzándome a despotricar contra la Academia Sueca, y subjetivamente llamar a sus decisiones subdesarrolladas en lo concerniente al galardón literario (allende que la socialdemocracia que habita en Suecia se acerca al ideal de lo imperfecto humano en tierra), y con esto mitigar la desazón de no saldar esa cuenta epistolar adolescente. Sin embargo no es una carta normal la que le envío, es un popurrí existencial. Añadir algo a lo que ya se ha dicho sobre su obra es difícil, sobretodo cuando desde hace más de dos lustros es recurrente hacerlo entre sabatianos enamorados de la terrible belleza de Alejandra Vidal Olmos.

      El doctor Sabato es un personaje esencial de nuestras conversaciones privadas, tal como lo es en la novela que concluye haciéndonos visitar la tumba de Ernesto Sabato. En el laberinto sabatiano se nos invita a entrar en algunas papelerías para adquirir la libreta de apuntes ideal que acaba siendo invisible en todas ellas, cuando Sabato, imposibilitado de comunicarse "racionalmente" con los facilitadores de estantería, se ve impelido a adquirir un par de éstas que pasarán a ser parte del armario que guarda las cosas inútiles; o Sabato comprándole una funda de maní al analfabeto Carlucho, quien tiene la sensibilidad de percibir el llanto crepuscular de un triste bisonte de zoológico; o Sabato perdiéndose en su coche, intempestivamente, en el fantasmagórico Buenos Aires para dar en un callejón sin salida que lleva el nombre del héroe que, ¿casualmente?, abriendo una hoja al azar de sus manuscritos que estando en la imprenta pretendía corregir compulsivamente, fue señalado con el dedo por algún motivo inexplicable. Eso mismo, Ernesto Sabato, es el personaje de nuestras charlas sabatianas aunque suene pleonástico.

      Todavía me late el reciente diálogo entre esos dos góticos que, por ser de los nuestros, le transmito algo de ello sin editar, podría remitirle la grabación entera de ese par de nictálopes que a ratos ríen a panza rugiente antes de ponerse melancólicos con la aparición de la luz, pero esto viene a ser el refuerzo y epílogo de la misiva presente porque me niego a decirle adiós.
      -Qué podemos hacer para ayudar a que los suecos le den al doctor Sabato el Nóbel -dijo Kantoborgy al borde de un ataque de impaciencia en las ondas sublunares de radio Marañón.
      -Nada -replicó sardónicamente Olegario Castro, y añade cantarino-: No querrás que se nos arruine como el itinerante señor Saramago.
      -A sus pictóricos noventa y seis años no va a dejar que se le suba el Nóbel a la cabeza; Sabato lo quemaría, aunque sea simbólicamente, para no salir un metro fuera de su jardín de Santos Lugares... Sabes que me imaginado estar por ahí con el pretexto de dar una vuelta con la feroz Panda (por eso de que hay que socializar con los perros para volvernos más humanos), y como Sabato tiene un perro llamado Roque, los encantos de Panda podrían abrirme el paso al hábitat del maestro, y hasta podríamos hacer un trato canino: un cruce entre Roque y Panda al pie de la araucaria... ¿Qué me dices?.
      -Oye Kantoborgy, a ti sí parece que se te han subido los montes Himalayas a la mollera. No sabrás que Roque dejó de existir -observó chispeante Olegario Castro.
      -¿Cuándo, quién te dijo eso? -interrogó frunciendo el ceño Kantoborgy.
      -Nadie me contó literalmente eso, simplemente creo que el can ya no aúlla más porque el doctor tiene noventa y seis gloriosos años, y, cuando me hablaste por primera vez de Roque, Sabato tenía ochenta y tres años, por decir algo matemático; y la Panda no nacía todavía, por decir algo aproximado.
      -No te fatigues mucho con tus cuentas astronómicas mi querido gótico -se apuró acotando, Kantoborgy, ante el fallido coloquio nupcial entre esos dos canes literarios, luego añade peripatético, con el puro Toboso flameando en lo alto de su mano izquierda-: Insisto en el tema puntual que los radioescuchas plantearon encabezados por el ufólogo Duvolosky (y te digo bajo, algún día vas a tener que invitarlo a que ingrese en tus aposentos, y disfrute en pleno de tu hospitalidad romana), debes responder más directamente al pedido de que tomes acciones concretas, en nombre de los nictálopes receptores de las ondas de radio Marañón, en lo referente al manido galardón.
      -Te dije, colega (palabra que te infiero con toda la fuerza del acento manchego que soy capaz de emitir desde el domo de El Panecillo), ¡colega! (así furiosamente por no enviar un misil a la academia sueca, y por extensión a todas las demás academias que con su jerga pretenden un lenguaje geométrico), que no hay que hacer nada. Mira, sujeto, al doctor Sabato ya le dieron el galardón que sí le apetecía naturalmente por conexión tácita, genética, con el Manco de la batalla que no vieron tiempos pasados ni verán los venideros, el Cervantes Saavedra.
      -Y si contra pronóstico le dan el Nóbel, ¿no te ofenderías por eso colega? -aulló Kantoborgy que no oculta su deseo de que el doctor Sabato, involuntariamente, se levante con la presea vikinga; y, por ese reflejo del espíritu de cuerpo entre sabatianos, añade-: No me saldrás con las ruinas de no sé cuál otro Nóbel exhibiéndose en el mundo de las librerías en extinción.
      -Entonces, si se da ese hecho, siguiendo la lógica del absurdo que ejerce el epulón de selva Pompilio Dela Cruz, contra pronóstico, los que fallen así por la academia sueca se harían famosos -replicó con absoluta seriedad Olegario Castro.

Juan Arias Bermeo.



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