Acaban de pasarle el correo. Se cala los lentes junto a la lámpara. Entre las facturas y la propaganda ve la carta, el sobre amarillo, áspero, donde se le comunica que debe abandonar su cochera en el plazo de un mes.
Al principio no lo entiende. Relee la nota escueta, seca, lacónica: dos líneas anémicas, mecanografiadas sobre papel vasto. De pronto recuerda el Peugeot grandote y anticuado que tiene aparcado allí desde hace más o menos un mes. El piso y la cochera, alquilados por los Sparival desde hace cuarenta años, que han cambiado de dueños.
Con la nota aún en la mano, Bienvenido Sparival busca a su mujer. Acaba de oír sus pasos, ásperos y rotundos, en otra habitación. Vuelve los lentes a su bolsillo y avanza por el pasillo, cauteloso. La llama con esa socarronería involuntaria que tanto la exaspera:
-¡Mercedes!
La luz de la cochera apenas hace justicia a la hermosa máquina. Pese al desuso, por no hablar de abandono, el motor arranca con un sonido dulce, quejumbroso, que parece provenir de otras épocas. Bienvenido reajusta el asiento, acomoda los pies en los pedales ociosos, tras cerciorarse de que el embrague está en punto muerto, abre el retrovisor, mete la primera y levanta suavemente el pie del embrague.
Ante él aparecen la pared desnuda y la conocida columna, listada en rojo, que le fuerzan a maniobrar para salir. Al fin, rozando el muro, acelera lo justo para superar la rampa curva y pronunciada que lo lleva hasta la calle sin más contratiempo.
El motor responde perfectamente. Ya no se fabrican coches así. Se desliza suave, y desemboca en la avenida silenciosa y arbolada. Como es domingo y temprano, apenas hay tráfico. Pero no resiste la tentación de presionar el claxon, que lanza al aire su sonido alegre y rocambolesco.
Bienvenido acelera, el pulso firme en el volante, la cabeza erguida. Prueba los faros, el limpiaparabrisas, la radio, todo funciona a la perfección. El blanco lechoso de la chapa arranca a la mañana destellos insospechados.
Pisa el freno delicadamente, y el Peugeot se detiene a unos centímetros del semáforo.
Su mirada risueña repara entonces en el cuentakilómetros que marca 197.345 km.
Mercedes no ha querido acompañarle. Las cocheras que alquilan por la zona triplican lo que ellos pagaban. Él tiene la culpa por no haberla comprado cuando se la ofrecieron, hace años, igual que el piso. Ahora que arrostre solo con las consecuencias.
Por otra parte, un coche como aquel no puede dejarse en la calle, a merced de los vándalos. Bienvenido mira los grafitis que se deslizan veloces a su paso. Subirá hasta la Alambra, luego tomará la carretera de Murcia. La radio resuena alegre, anuncia buen tiempo.
Bienvenido Esparival se acomodó en su despacho. Mercedes había salido y los hijos y los nietos, que todas las tardes, especialmente los viernes, tomaban la casa al asalto, ya se habían ido. Mientras reflexionaba qué hacer sobre aquel asunto de la cochera, miraba distraído la consulta. Los últimos rayos de la tarde se colaban desganados por la persiana. Sobre la mesa se arremolinaban los papeles, el talonario abierto de recetas, el lector de tarjetas médicas roto, dos o tres bolígrafos inservibles, y un tomo desencuadernado, en rojo cereza con letras doradas, del vademécum.
Inmediatamente lo asaltó la melancolía. Tras la puerta descubrió la camilla donde se tumbaban los enfermos, llena de bolladuras. Un resto de esqueleto, más decorativo que útil, regalo antiguo de una casa farmacéutica, le sonrió desde su atril destartalado. Al principio, había mantenido alejados de allí a sus nietos, pero con el tiempo éstos le habían tomado confianza y habían empezado a desmontarlo poco a poco, como todo lo demás.
Dos razones le habían inducido, al jubilarse, a dejar su consulta sólo para medicina general: una, los disparatados impuestos que el Estado cobraba a los dentistas, tuvieran o no clientes; y la segunda, el temblor inexplicable del pulso, que le impedía no ya extraer una muela sino incluso empastar o limpiar una boca sana. De este modo, y habiéndose dado de baja en todas las Compañías de Seguros, como sus antiguos enfermos lo conocían como odontólogo (y los que no habían muerto ya debían tener dentadura postiza), no iba casi nadie a la consulta, que pasaba ocioso de seis a ocho de la tarde, de lunes a jueves, como rezaba un letrero mecanografiado bajo su placa.
Al principio al doctor Esparival le había encantado no tener enfermos. Tenía una pequeña radio, escondida en el cajón (oculta de su mujer y de sus hijos, que atronaban en el comedor vecino), y se pasaba aquellas dos horas solo escuchando los partidos de fútbol de la semana, y a veces las noticias locales. Con el pretexto de la consulta, a la que se accedía por una puerta independiente de la escalera, podía disfrutar a gusto de aquella merecida y balsámica soledad. Desde la hora de comer, agriada siempre por las disputas entre su mujer y su cuñada, miraba su reloj disimuladamente, seis o siete veces por hora, y procuraba prolongar lo más posible la siesta que le dejaban hacer en el sillón, sólo para que el tiempo transcurriera más deprisa.
Pero no hay en este mundo nada más inestable y precario que la felicidad. Un día, cuando ya se levantaba para irse a su despacho, Mercedes le pidió que le ayudara a cambiar un mueble de sitio. “Si viene algún enfermo ya lo oiremos desde aquí”, añadió, con malévolo retintín. Desconcertado, Bienvenido reaccionó bien. Pero al día siguiente, con otro pretexto, la catástrofe volvió a repetirse con idéntico resultado: su estancia en la consulta se fue reduciendo, desde las dos horas iniciales, establecidas en el cartel, a una hora y media, una hora, media, hasta que al fin Mercedes le sugirió que podía esperar más cómodo allí a sus enfermos, en el comedor, y de paso hacerle a ella compañía, aunque luego no intercambiaran una palabra. Ante semejante argumento el doctor Esparival no encontró réplica. ¿Qué podía replicar?
Aquel fue el principio de sus desgracias.
No obstante la fatalidad le daba aún, de vez en cuando, un respiro: un timbrazo claro, juvenil, procedente de la puerta de la consulta, lo arrancaba como un resorte de su sillón. El doctor Esparival prolongaba hasta lo absurdo el reconocimiento de su enfermo providencial, como un relojero ante una pieza antigua o un restaurador ante un lienzo difícil, se entretenía en mil anécdotas y hacía las despedidas interminables. Si le parecía que en el comedor ya había bastante gente o faltaba ya poco para las ocho, cerraba prudentemente la puerta y sacaba del cajón la radio clandestina, a la que el desuso reciente empezaba a estropear.
Entretanto, sus nietos crecían díscolos; sus hijos y sus yernos los animaban a buscar al abuelo en su despacho, para que jugase con ellos, les pusiese la tele o les enseñase sus instrumentos y sus libros de médico; y su mujer y su cuñada Águeda prolongaban la interminable disputa de la sobremesa, que ya tenía más de cuarenta años, ante aquel público entregado, sazonada aquí y allá con los chismes del día, hasta que empezaba a anochecer.
El doctor Esparival lo oía todo perfectamente desde su refugio. Maldecía con lágrimas en los ojos a sus hijos y a sus nueras, crueles y desconsiderados, por echarle a él encima aquella jauría de hijos, cuyos pasos y voces se aproximaban brutales, inexorables, por el pasillo, hasta su puerta indefensa. Y golpeaba la radio, de la que ya no brotaba más que un murmullo casi inaudible, como el rumor de una caracola.
En esos momentos hubiera querido desaparecer bajo tierra, en la luna, o en Australia.
La turba infantil llegaba a su puerta, entraba sin llamar, saltaba literalmente sobre él.
Un día, Bienvenido descubrió que sus nietos miraban con recelo al esqueleto y decidió al instante explotar aquel miedo. Pasó una semana de paz. Pero al lunes siguiente Verónica, una de sus nueras, irrumpió en su despacho, rodeada de niños, para explicarles que el esqueleto del abuelo era de plástico y no hacía nada, porque era bueno como el abuelo. El temor se esfumó al instante de los rostros infantiles. Satisfecha, su nuera se volvió y le sonrió. “Aquí te los dejo”, y desapareció en el pasillo.
Como todo mal puede empeorar, su hijo Valerio decidió un día instalarle un ordenador con internet en su despacho. Desde ese momento, Valerio, su otro hijo, Fernando, y sus dos cuñados, se instalaban en las horas de su consulta ante el ordenador. Trajeron sillas, taburetes, ceniceros, latas, y tomaron posesión de lo que ya no parecía una consulta sino un ciber café. Bienvenido tuvo que hacerse cargo de los niños en la salita vecina, donde estaba la televisión que, en otro tiempo, le había servido para ver de vez en cuando un partido de fútbol importante.
Sólo la visita inesperada de algún enfermo le devolvía su despacho por unos minutos, una o dos veces al mes. Así divagaba aquella tarde, mientras el sol se colaba por la persiana rota, ante la nota donde se le comunicaba que debía abandonar la cochera en el plazo de un mes.
En realidad, Bienvenido Esparival había desencadenado todo aquello al vender, de acuerdo con Mercedes (esto, el acuerdo, ella lo negaría siempre, pero era un hecho incontrovertible), el apartamento de la playa que poseían en Torrenueva. Comprado en una época en que acababa de ganar su plaza en el Hospital Clínico, como médico estomatólogo, y repartía su tiempo entre las clases de la Facultad por la mañana, la consulta en el Clínico por la tarde, y su propia clínica privada, que le ocupaba las últimas horas del día. En aquella época los niños eran todavía pequeños. Las vacaciones escolares empezaban a primeros de junio y se prolongaban hasta mediados de septiembre, cuando ya sólo quedaban los veraneantes rezagados, casi todos extranjeros y jubilados, y resultaba más delicioso pasearse por la playa gris y encrespada, porque al doctor Esparival le daba grima el agua, incluso en las horas de más calor. Allí hicieron sus amigos, aprendieron a montar en bicicleta, cometieron sus travesuras, y vivieron sus primeros amores. Al llegar al Bachillerato, a los baúles habituales se sumaron los libros y las libretas de las asignaturas pendientes para septiembre. Bienvenido se instalaba ante la mesa, en la amplia terraza, y les obligaba a repasar la Literatura, la Historia, las Matemáticas, hasta que comenzaba a caer la tarde. Entonces ya no había manera de retenerlos. Cenaban a las diez, tras un largo paseo por el Mirador, y volvían a desaparecer hasta las doce o la una. Al día siguiente el doctor Esparival, que seguía madrugando, presa de un insomnio rebelde a las pastillas, las duchas y las caminatas, atravesaba la casa silenciosa tomada por los durmientes, entre ropa tirada sobre las sillas, zapatillas y chanclas desparejadas, salpicadas de arena, llenas de humedad, con una sonrisa indulgente en los labios. Para no hacer ruido no llamaba al ascensor. Compraba el diario en un kiosko, y se dirigía a la estación de autobuses a beber despacio, saboreándolo, su primer café.
Carlos Almira Picazo nació en Castellón, España, hace 42 años. Se doctoró en Historia por la Universidad de Granada. Y se dedicó sobre todo, a vivir de sus clases y a escribir: ensayos, novelas, cuentos y poesía. Así lleva desde mediados de los años ochenta.
Hasta la fecha ha publicado: en papel, un ensayo sobre la Dictadura del general Franco (editorial Comares, Granada, 1997); una novela heterodoxa sobre la vida y muerte Jesús de Nazaret (editorial Entrelíneas, Madrid 2005); y en internet, una novela sobre el posible futuro de un país de América latina, imaginario, (revista Prometheus mdq, nº 22 abril de 2007). En la actualidad trabaja en una colección de cuentos y en una novela histórica sobre la antigua Roma.
El Dr. Carlos Almira Picazo, es un nuevo colaborador de este Blog Editorial Bípedos Depredadores, y su obra La Cochera, será publicada por partes.
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