August 05, 2007 | Publicado por: kantoborgy Leído 27525 veces. | Tell a Friend
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(Parte II)
La
      ¡Cuántas lecciones tuvo que repasar aquellos veranos! La Historia de las Invasiones Bárbaras, las declinaciones, los verbos irregulares, las derivadas… Valerio, impulsivo y fantasioso, a duras penas le escuchaba, cruzando y descruzando los pies, atento a cualquier cosa que pudiese distraerle. Casi tenía que atarlo a la silla. En cambio Fernando, grande y abúlico, se adormilaba en su silla de anea, pues aprovechaban para repasar las horas de más calor. De la sala les llegaba, intermitente y vago, el rumor del televisor que daba un programa de fiesta o una teleserie de moda.


      Cuando eran más pequeños llegaron a tener un perro, un cocker llamado Perry, por Perry Mason, que siempre andaba por la casa malhumorado, ensuciando, mordisqueándolo y desordenándolo todo, y que un día desapareció misteriosamente. Luego vinieron de golpe las chicas, embutidas en bañadores infantiles, armadas de miradas y sonrisas lánguidas y embaucadoras, que jugaban al Cluedo y al Monopoli dándose pataditas por debajo de la mesa, y que al atardecer, transformadas en heroínas enigmáticas, las cabelleras envueltas en sedosos fulás, y los vaqueros apretados y rotos, señalándoles en el bolsillo trasero el primer paquete clandestino de cigarrillos, volvían para hacer el recorrido de las terrazas, a la luz de las estrellas, a cambiar el zumo de naranja por la cerveza y el cuba libre, los juegos de mesa por las manitas y los besuqueos. Bienvenido tenía que soportar entonces, hasta bien pasada la media noche, las aprensiones de su mujer, que miraba cada cinco minutos el reloj, repitiéndole siempre lo mismo, a modo de conjuro: ¡déjalos divertirse, son jóvenes! En su opinión, los sitios de verano eran antros de prostitución, alcohol, y drogas. Ni siquiera cuando un día trajeron a Valerio inconsciente y tuvo que reanimarlo con bencina cambió su punto de vista sobre el tema, tolerante e indulgente. La juventud lo justificaba todo. Mercedes, en cambio, le recriminaba su indiferencia y su apatía monstruosas respecto a su familia. ¿Qué haría si viera a sus hijos al borde de un precipicio? No le perdonaba que él pudiese estar tan pancho y tranquilo mientras ella sufría.
      Fue entonces, cuando Fernando ya tenía quince o dieciséis años, cuando Bienvenido cambió al fin su SEAT eterno, irrompible, por aquel elegante PEUGEOT de setenta caballos, que hacía a la gente volver la cabeza y murmurar aquella frase cuyo final invariable, atrapado con delicia por los oidos atentos de Mercedes, era “…del médico”. El primer verano les sirvió para todas sus excursiones, pero al año siguiente los chicos empezaron a cansarse y a escabullirse. Además de avergonzarles el que los vieran con sus padres, preferían las motos, y aquí sus progenitores fueron inflexibles. Las bicicletas según ellos, eran cosa de niños, y los coches, de viejos. Siempre habría de todas formas gamberros dispuestos a llevarlos de paquete, carretera arriba carretera abajo, los faros inciertos, el tubo de escape furioso y estridente.
      El PEUGEOT, blanco leche, el color que Mercedes había elegido, por llevarle la contraria a su cuñada, quedó pues para sus paseos, para ir a comprar a Motril o incluso para subir a Granada, cuando a su mujer se le ocurría que habían olvidado algo indispensable, que tal vez la casa estaba inundada o habían entrado los ladrones. En tales casos, como los chicos ya eran grandes, los dejaban a cargo de Virtudes o de una chica del pueblo que les hacía la casa dos días por semana.
      Cada año, al llegar el verano, Bienvenido descubría el cambio de sus hijos, y lo diferentes que eran Valerio y Fernando entre si. Ya fuera porque durante el invierno las ocupaciones les impedían verse y estudiarse con atención: la Facultad, la clínica y la consulta privada del padre todas las tardes; el Instituto y muy pronto la Universidad, y los amigotes de los hijos. Por otra parte, al hacerse mayores uno y otro se volvían cada día más suspicaces y reservados. Ahora tenían sus propios mundos e intereses y, en los pocos minutos en que podían franquearse, solía establecerse entre padres e hijos un nuevo e incómodo silencio que anunciaba el fin de la infancia.
      Valerio era alto, algo cargado de espaldas, celoso y rebelde: un destello de rebeldía brillaba permanentemente en sus ojos pequeños y turbios. Y, con todo, seguía siendo una buena persona, noble y fantasiosa, obsesionada en el fondo por el éxito social, necesitado del reconocimiento de los demás, y sobre todo, de cariño. Aparte de esto, era mal estudiante, trabajador en lo que le gustaba (destripar y desmontar cables, tornillos, piezas de toda clase de aparatos y motores); alocado a veces, sensato siempre; muy sensible pero de arrebatos imprevisibles y violentos; trasnochador libidinoso, adicto a las mujeres, pero preso en su propia timidez, con un barniz de romanticismo incurable; ateo de ideas rotundas y cristiano partidario del reparto de todos los bienes y tesoros del Vaticano entre los pobres, en el fondo profundamente conservador; abocado a una vida aventurera y rutinaria; dueño de un saber vasto y disperso, sobre los más variados temas, rayano en lo enciclopédico, fruto de su inclinación autodidacta y de su desprecio, de su alergia a las clases, los cursos oficiales, y los maestros. Acabó, a duras penas, el Bachillerato, y no completó el primer curso de la Facultad de Físicas. En el Instituto no tuvo todas las novias que hubiera deseado, pero conoció a la que sería su mujer, Julia, una mujer de carácter, hija de un rico empresario que lo colocaría en una Aseguradora.
      Fernando era completamente distinto, y sin embargo nadie hubiera dudado que eran hermanos: esbelto y atlético, de mirada abierta y abúlica, era un hombre atractivo, el típico guaperas que consigue todo lo que quiere sin esfuerzo. La timidez de Valerio era en él casi patológica. Todo lo que su fachada y porte prometían, lo echaba por tierra su carácter, su falta de iniciativa y su baja autoestima. En cambio, era la nobleza personificada: se hubiera arrojado sin dudarlo a las ruedas de un autobús para salvar a un perro vagabundo. Cuando se hurgaba, se descubría en él una fina inteligencia y un criterio original sobre los más diversos asuntos. Asimilaba con la misma facilidad y rapidez con que olvidaba, y el resultado era un expediente académico mediocre que además, en su caso, no se compensaba con la curiosidad universal y la inclinación autodidacta de su hermano. Fue pasando de curso en curso como de novia en novia, sin esfuerzo, y casi avergonzándose de su buena suerte. Quería con locura a su hermano y jamás fomentó su envidia, aunque él era el principal objeto. Aunque durante el año prefería pasarse las tardes, y en vacaciones los días enteros, sin hacer nada, tumbado, fumando como hipnotizado frente al televisor, sin prestarle tampoco demasiada atención, con todo los sucesos más insólitos e inesperados terminaban arrastrándole y enredándole. Tocado por la aventura, carecía por completo de la vocación del aventurero. Siempre iba elegante por una especie de instinto, que se hacía extensible a sus movimientos y sus gestos, aunque apenas se fijaba en lo que se ponía por la mañana. Hasta una edad, frecuentó los mismos círculos y ambientes que su hermano, hasta que éste intentó atraerlo a su pasión por los cachivaches y las mujeres. La reacción de Fernando fue replegarse en su dorada pereza, y dejar que las chicas que revoloteaban a su alrededor, fascinadas por su parecido físico con James Dean, se desengañasen solas y de paso lo fuesen dejando en paz. En cuanto a Valerio, aceptó con desdén esta pasividad inexplicable, pues sus celos carecían de maldad, profundidad y rencor. Así, Fernando se diplomó en Empresariales y se convirtió en un soltero atractivo y noctámbulo; fumador empedernido, siempre con la página de ofertas de empleo del periódico subrayada en balde, junto a la taza de café llena de colillas, pues necesitaba completar con cursos y másters lo que le habían enseñado en la Facultad. Cuando Valerio ya estaba casado y colocado en su oficina, él seguía vagando entre semana, hasta altas horas de la noche, por los pubs de Granada, con sus amigos y sus ex compañeros de Instituto, esperando que la vida, amable con él hasta entonces, siguiera tomando las decisiones.
      Bienvenido fue descubriendo todo esto poco a poco, hasta donde un padre puede conocer a sus hijos, y sobre todo en los veranos, cuando la mesa revuelta de libros escolares, gramáticas, calculadoras y libretas, desapareció ante la negativa rotunda de los jóvenes de repasar con él las asignaturas de septiembre. En esto, y en todo, hubo de plegarse. Luego los chicos, que seguían sin querer reanudar sus viejas excursiones, empezaron a pedirle prestado el coche aún antes de sacarse el carné de conducir, con el pretexto de aprender, para lucirse en realidad con sus amigotes ante las chicas. Algunas noches ni siquiera volvían. Bienvenido se vio así, como en el invierno, sólo frente a su mujer y su cuñada, una tarde tras otra, delante del televisor. El sol implacable le impedía salir fuera de la primera hora de la mañana y del atardecer. Por fin, al empezar la Facultad, Valerio y Fernando comenzaron a quedarse en Granada temporadas cada vez mayores, y a bajar a Torrenueva sólo alguna semana en Julio o en Agosto, cuando la ciudad se quedaba desierta o el calor se hacía insoportable.
      Cuando cumplió los sesenta, con los hijos recién casados y el primer nieto (hijo de Valerio y Verónica) en camino, Bienvenido dejó de recibir invitaciones a Congresos y regalos de las Casas Farmacéuticas y de las Compañías de Seguros. De repente el buzón, atiborrado hasta entonces cada fin de semana de prospectos e invitaciones, empezó a desahogarse. El teléfono sonaba cada vez menos, y los pocos pacientes que, por un prurito moral profundamente egoísta a juicio de su mujer, había atraído a su consulta privada, comenzaron a desertar a otros doctores de más postín. Bienvenido seguía con sus clases y sus enfermos de siempre pero algo había cambiado, como envejecido en torno suyo. Todos los días, si no acababa demasiado tarde (y cada día acababa un poco antes), invitaba a Mercedes y a Virtudes a dar un paseo en el PEUGEOT, lo único que seguía intacto, impecable, como el resto de un naufragio cada vez más evidente. Normalmente las dos mujeres accedían, aunque a regañadientes: Mercedes se instalaba delante, con la misma pompa que si fuese en una calesa, con aires de señora; Virtudes, eternamente enfurruñada, espiaba desde atrás por el retrovisor los gestos de su hermana pequeña, bajaba la ventanilla o tarareaba un fragmento de zarzuela sólo para molestarla. El doctor Esparival no se había percatado de estos pequeños cambios que acabamos de describir. Pero Mercedes, que pese a su pánico al avión y al barco, y su invencible pereza a alterar lo más mínimo su rutina cotidiana, llevaba cuarenta años quejándose de que su marido no la había sacado jamás de Granada –y subrayaba el singular ante la solterona de su hermana-, guardaba en un cajón de su mesita de noche todos los prospectos de los Congresos a los que los habían invitado en vano: Madrid, Barcelona, Túnez, Roma, ¡París! Ella fue la primera en darse cuenta de aquello, y lo vivió como una catástrofe más: un médico viejo, sin ambiciones, que llevaba seis lustros sin cambiar de silla ni de utillaje bucal, y que se negaba por sistema a recomendar a sus pacientes las últimas novedades científicas, ya no interesaba a la Bayern ni a la Hoesch, ni a esas empresas alemanas de nombres solemnes e impronunciables, que antaño atiborraban su buzón. Para colmo, sus hijos no habían seguido sus pasos. ¿Para qué voy a renovar esto?, decía señalando perplejo en torno suyo una consulta imaginaria, ¿si tus hijos no serán dentistas? Es culpa únicamente tuya que no lo sean, le replicaba su mujer. Aquellas tardes en la terraza de Torrenueva empeñadas en repasar sus dichosas asignaturas pendientes para septiembre, no habían servido más que para alejarlos aún más de los estudios. Ahora resulta, replicaba él, agrio, dando un volantazo, que yo tengo la culpa de que no hayan querido estudiar. Tú y esa de ahí atrás se lo habéis permitido todo. Y la discusión proseguía sin fin, ahora a tres voces, atronando en el cubículo aéreo del coche.
      Si a Bienvenido Esparival se le ocurría recordarle a su mujer su aversión a viajar, su pánico al avión y al barco, y aún al tren, ella le interrumpía congestionada. A veces pasaban días sin hablarse. Él tenía entonces que dormir en el sofá del comedor, larguirucho y desmadejado, como un títere triste, y a la mañana siguiente, de un humor de perros, se iba a desayunar solo a la calle y no volvía hasta la hora de comer, ni telefoneaba.
      Poco a poco, sin embargo, aunque con sorprendente retraso, el doctor Esparival descubrió que lo mejor, lo mejor para él, era no llevarle la contraria a su mujer en nada. Nada la exasperaba tanto, sin embargo para él la discusión terminaba en la primera réplica y podía entregarse a su soledad. Su cuñada, percatándose de esta artera maniobra, azuzaba a su hermana poniéndose de su parte: ¿no ves que te da la razón como a los tontos? Pero Mercedes la rechazaba y, al principio, salía llorando, se encerraba en su cuarto a oscuras. Conforme fue acostumbrándose, fue acortando sus réplicas y aprendió al arte sutil de herir con el silencio.
      Virtudes era la típica solterona desubicada. Había sido guapa de joven, pero las circunstancias, una educación excesivamente ahormada, y unas expectativas desmesuradas, habían espantado uno a uno a todos sus pretendientes, creándole la fama de mujer estrecha y virtuosa. Cuando quiso darse cuenta ningún hombre se acercaba ya a ella. Al borde de la treintena, muertos los padres, se fue a vivir con su hermana pequeña recién casada con un médico. Por esos días entró en una profunda crisis personal: ensanchó sus escotes a lo Pompadur y empezó a usar Wonderbrás; alargó sus tacones; alegró el colorido de sus vestidos y sus medias, atrevidas; cambió de perfume; guardó las estampas de los santos y las vírgenes; modernizó el peinado; empezó a fumar cigarrillos mentolados, a leer novelas y a hojear el periódico en la cafetería de Galerías Preciados.
      Para colmo, su hermanita la zahería. No valía la pena tomarse tantas molestias por los hombres. Virtudes no le perdonaba que siendo la más pequeña, y bastante menos guapa e interesante que ella, se hubiese casado antes. Claro que conociendo a su cuñado, un pánfilo mayúsculo, era comprensible. Y Mercedes siempre había sido ligera. Así que, poco a poco, sin darse cuenta, comenzó a darle la razón para sus adentros: los hombres no merecían la pena, tal vez algunos fuesen una excepción, pero ella no los conocería nunca, porque seguramente pertenecían a otro mundo. Al cabo, su cuerpo perdió las últimas redondeces; su cara se alargó aún más; sus ojos se endurecieron y se volvieron penetrantes y fríos; y el tiempo cayó definitivamente sobre ella.
      Cuando nacieron sus sobrinos descubrió que le gustaban los niños y que se le daban bien, y eso la consoló de su incalculable fracaso. Los sentaba en sus rodillas, les contaba mil chismes disfrazados de cuentos, y sobre todo les permitía cogerle y romperle todas sus cosas. Para educarlos en el sentido estricto del término, no servía ni tenía vocación. Pero los niños eran felices y despiadados con la tía Virtu, a la que muy pronto no le quedó un joyero, ni un libro, ni un pañuelo, ni un pote de crema intacto. Jamás intentó, cuando era tiempo, que leyeran, o dibujaran o escribieran ni una línea. Con su pequeño sueldo de administrativa, pues tenía el título de bachiller a falta sólo de dos asignaturas, les compraba todos los caprichos a su alcance: entre estos, también libros de moda, como “Los Héroes en Zapatillas”, o “Las Aventuras de Astérix”, que los niños recibían con grandes aspavientos, abrían, desencuadernaban, pero jamás leían. En Torrenueva era ella quien los bajaba a la playa cuando ya no podían aguantar más en el apartamento, bajo un sol de plomo; ella quien acudía a su rescate a la terraza donde su cuñado los encerraba después de comer; y andando el tiempo, ella sería quien taparía sus tropelías, sus primeras borracheras, sus regresos extemporáneos de madrugada, pues tenía el sueño ligero; y quien les suministraría bajo cuerda los primeros cigarrillos pipper mentolados.
      Con todo, Valerio y Fernando nunca llegaron a quererla, o para ser más exactos, la querían pero sin apreciarla, como a una señora extravagante o una pariente pobre. Si Virtudes se percató o no de este desprecio nunca llegó a manifestarlo. La ingratitud formaba parte de la remuneración del afecto. Tal vez un hombre, de haberlo encontrado, la hubiera pagado con la misma moneda o tal vez no, nunca lo sabría. En cualquier caso, a ella le bastaba con quererlos a su manera para sentirse feliz. Lo demás no era asunto suyo.
      Así, fue ella quien un día les facilitó las llaves del coche. Cuando en una curva desdichada, a las afueras de Torrenueva, el PEUGEOT se estrelló contra un buzón de correos, no dudó en echarse toda la culpa. De haber podido se hubiera autoinculpado como la conductora, pero la policía ya había detenido y tomado declaración a los verdaderos infractores, que pagarían su diablura con una multa (sin paga durante seis meses) y con una reprimenda fenomenal. Aquel incidente reavivó los chismorreos sobre el coche y la familia del médico. Por aquella época, aún eran raros los coches extranjeros, y quien los tenía pasaba bien por rico, o por deseoso de aparentar lo que no era. En este último grupo desdichado se incluyó a la familia del doctor Esparival. Por su parte, Virtudes a diferencia de su hermana nunca participaba en tales coloquios, que solían desarrollarse en el patio al caer la tarde, coincidiendo con el regreso de los bañistas. Prefería sentarse en su silla plegable, algo apartada, pretextando una incipiente sordera, y enfrascarse en la lectura de novelas del oeste clásicas, de Estefanía o de Zane Grey, o en los crucigramas del periódico. La mayoría de los vecinos, también propietarios de apartamentos, eran de Granada, coincidían solo los meses de verano: durante el resto del año, aunque viviesen a pocos metros en la capital, no se trataban, como perfectos desconocidos. Estos vecinos, con sus hijos y sus sobrinos respectivos, vieron crecer a los pequeños Esparival, conocieron al detalle sus idas y venidas, sus compañías, sus aficiones, y sus defectos, y las ventilaron a su gusto noche tras noche en el patio, bajo las estrellas. En cuanto al episodio del coche, fue más aparatoso que grave. Tras una semana en el taller quedó como nuevo, y volvió a reavivar las maledicencias sobre la familia del médico y su coche francés. Mercedes, halagada, se paseaba todos los días por el pueblo con la ventanilla bajada. Con el tiempo, cuando España ingresó en la U.E. y los turismos extranjeros se popularizaron, dejó de provocar comentarios, y a Mercedes empezó a parecerle un trasto inútil, anticuado, y ridículo.
      El accidente animó a Virtudes a sacarse el carné de conducir en las vacaciones. Se apuntó a una autoescuela del pueblo, dio algunas clases, pero ni siquiera llegó a presentarse a la prueba teórica. Cuando casi estaba preparada, había que hacer de nuevo las maletas y volver a Granada. Así estuvo tres años, hasta que sus sobrinos, primero Valerio y luego Fernando, se sacaron el carné de conducir, y se sintió eximida de hacer lo propio.

Carlos Almira Picazo



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