Vermi Hood apostó a un instante inmaculado: desaparecer de la sucia realidad, poniendo un detente a la era de medrar en la incomunicación artificial. Con esa convicción dio muerte a los miedos irracionales, venciendo a la intemperie que le tocó sufrir, aislando la felicidad bajo el mármol de Placidville, devolviéndose a la pradera que resurgió en una fracción del minuto geológico de la humanidad, la fracción que él reinó en Brecha de Búfalo. Los casilleros subterráneos de la muerte dulce serán cubiertos por otoñales pastos, entrará la llanura al caserío yerto; florecerán equináceas de tono violáceo, y el forraje de almácigos hará la fiesta estomacal de ungulados en apacentamiento. Placidville será el campo santo del mundo feliz que Vermi Hood implementó para la paradoja, el fin ecológico que sin proponérselo tuvo su gente: devolverse a la naturaleza sin dejar huella, uniéndose a la tibia ola del mar de verdiamarillos primaverales.
El ejecutor de la socialización de la muerte dulce, ha consumado el profiláctico destino de Placidville, a cual de los parroquianos culminó su viaje sentimental en el sillón cibernético. Mañana vendrá el olvido homologando su espíritu con el corazón del reinsertado bisonte almizclero de la pradera septentrional. Vermi se fue convencido que venció a la resistencia que opuso el cronista del definitivo progreso de Placidville, Teodoro Morris, quien vino expresamente, botando su frutal retiro en exquisito valle ecuatorial, para atender la liberación de su aldea materna. Vermi no dejó de apreciar esa deferencia que tuvo el mentado Saqueador del tesoro de Quinara, abandonando las delicias del jardín botánico de quinta San Agustín para morir en la única casa de la aldea que mantuvo humanos incólumes en la primitiva acción de moverse erguidos sobre sus extremidades, y usar sus manos como herramientas de precisión.
Teodoro Morris, solitario contradictor de la santificación en el progreso de Vermi, vino a ser el hombre que se negó a descender a los círculos de impecable felicidad del sillón cibernético, fue inmune a la epidemia mortal de lo que denominó “el virus del sentimentalismo”, y se va conscientemente en la ventana que oferta inflorescencia. Vermi desfalleció deleitándose en los perfectos hologramas de amor inspirados en la mujer que heredará San Agustín; éste, pinchado por el virus del sentimentalismo, enfermó inconscientemente de amores apenas conoció de Ana a través de la relación epistolar que mantuvo con el doctor Morris. Vermi fue consciente del poder sensual de Ana, cuajando su pasión enfermiza por ésta, cuando posó sus ojos desquiciados en la mujer de carne y hueso, por una sola vez: suficiente para llevarse su estatura de Venus de los trópicos a la tumba. Así fijó la imagen del amor de su vida en su único contacto visual y olfativo con las sinuosidades de Ana, la cual, providencialmente, le cayó para la alquimia de su burbuja estéril, y devorarla toda hasta desfallecer. Fue verla y desear extinguirse en los perfumes de ese bosque encantado, encargándose a sí mismo una Ana a medida; tendría su propia mujer de los trópicos que, por añadidura, le arribaría virgen para renacer juntos en el subsuelo. Fortuitamente, su escuálida humanidad, halló a la mujer de las fantasías oníricas del bípedo huyendo de las necesidades primarias en su castillo profiláctico, y se vio ordenándose a sí mismo un banquete en la piel tórrida que desbarató de un golpe de vista las convicciones del santo varón. Se enterró con esa energía platónica liberada, holgando en las protuberancias de la mujer de Cazaderos, hincando en esa carne prieta el poder de su tardía virilidad, falleciendo en los encantos de un amor silvestre, ese que nunca se permitió el impoluto marmota por su aversión al intercambio de fluidos carnales que le inyectó la mesalina que lo desfloró bestialmente.
Juan Arias Bermeo
El escritor lojano, Juan Arias Bermeo, hizo suyo el riesgo de publicar por entregas, en esta página literaria Bípedos Depredadores, buena parte del último borrador de su novela inédita EL VIRUS DEL SENTIMENTALISMO; siendo pionero en nuestro país en la presentación de su obra al creciente lector "aristocrático" que acude al ciberespacio. Un total de 225.000 lecturas, sumando todas las porciones publicadas de EL VIRUS DEL SENTIMENTALISMO, dando un promedio de 15.000 visitas por cada artículo, muestran el valor del reto asumido.
Blog: Leonardo S Vivar Ayora
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