
PERFIL DE ILUSIÓN
Morel era un muchacho que no servía para nada, pero que tenía sangre dulce para hacerse de amigos.
Alegre, bromista, cordial, era el tipo que atraía, que caía bien. Gastaba el tiempo en pasear, vagando con los amigos y galanteando a las chicas que se hallaban al paso. Su amigo Silva estudiaba, era de natural serio, adentrado en sí mismo, de temperamento apasionado que odiaba las veleidades. Ambos tenían amistad con las muchachas de dos familias próximas, simpáticas primas que vivían en casas juntas que se tocaban. La bella Alicia había llegado a impresionar hondamente a Julián Morel. De otro lado, la morena Isolda constituía la ardorosa atracción de Alberto Silva.
Para Julián, esa amistad, que era amor sentido, no pasaba de la búsqueda de diarias oportunidades para ofrendar, a distancia, miradas furtivas a la encantadora Alicia, blanca, musical, pues solía entonar dulces y sentimentales canciones. Nunca había logrado entrar a fondo en el trato con la chica a quien Morel amaba secretamente. Se contentaba con darle innúmeros pases por el frente de la casa, y parece que nunca encontró suficiente resolución para declararle formalmente lo que sentía por ella.
Alberto, en mejores circunstancias, podía entrar de visita en casa de Isolda, de cuando en cuando, aunque, muchacho aún, no podía atraer, en serio, la atención de los padres de la chica, ni podía desenvolverse en alguna forma divertida, por su natural reservado y cohibido, en el círculo que infaltablemente le tendía la gente mayor de la familia, sin conceder un minuto de aislamiento a la inocente pareja de aspirantes a enamorados.
Tiempos ya idos en los cuales las muchachas vivían como enclaustradas. No se podía verlas ni saludarlas sino cuando iban al colegio o rondando sus casas. Por eso, las esquinas de las calles eran los lugares estratégicos que poblaban grupos de jóvenes ávidos por hacer el amor a la pasada. De ahí que Julián y Alberto, incapaces de resoluciones heroicas para menudear las arduas visitas a casa de las primas, preferían la constancia sin tregua y el cansancio idiota de ir y venir por la vereda que les permitía alguna vez, de día, mirar a la dulce amada por casualidad o si de propósito ella se paraba en el interior, frente al zaguán, para dejarse ver y saludar.
¡Qué tiempos aquellos, de insensatos prejuicios! ¡Cuándo como ahora, los jóvenes y las muchachas podían verse y hablarse libremente, a solas, en casa o en lugares de paseo!
Pasaron años así, ¡cosa increíble! Años de tormento y asiduidad para los dos amigos: una verdadera condena a largo plazo.
Al fin, Julián Morel, definitivamente frustrado, sin esperanza, abandonó su amor que nació y se quemó en mera ilusión. Como exiliado por su propio querer, marchóse de la pequeña ciudad y quedó cortado el compañerismo de los dos amigos, a través de largo tiempo.
Los Animales Mansos
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