Estando aquí se desconfiguró la visión ideal que tuvo de los consortes Illiniza y Tioniza, aquella pintura que lo embelesó a través del libro de fotografía de montaña, Los Andes de la profundidad, de Manuel Figuerola.
No es lo mismo estar aquí, luchando contra los elementos, que deleitarse “ojeándolo y hojeándole a Los Andes de la profundidad”, durante el tiempo de retrete que medió entre la visita que hizo al Guagua y este presente.
Se desvaneció el todo armonioso de la pareja piramidal que desde la carretera panamericana, tomando un chocolate con leche recién ordeñada, lo haría imaginar un encuentro parecido al que tuvo con la Nefertiti del Salón Amarillo, obsequiándole el amor impoluto de las deidades. El cuadro mítico de la pareja se ha desaliñado, se ha fracturado el conjunto indoloro que otorga la lejanía de las montañas del Olimpo, como diciéndole: “Con vos, mi querido principal de Ecuainforme S.A., hasta ahí nomás, a la distancia nos apreciamos muy bien, mientras nos vemos en un álbum fotográfico somos inseparables, nos amamos sin condiciones en el W.C., pero si hacemos contacto físico en situ nos repelemos irremediablemente”.
Palpando los accidentes geográficos de la montaña que dejó de ser un delicioso cuadro naturalista, ahonda en lo extraño que le resulta este mundo ascensionista, tan penoso de seguir cuesta arriba. Creyó que no iba a avanzar más allá del ensoñador dosel de los retorcidos pantzas, sin embargo ya camina en el filo que conduce a la arista del Calvario –se le grabó ese nombre como si fuese el fin último de su excursión, cuando Lovochancho se lo mentó en son de befa, “si dominas con los ojos la arista panza de burro del Calvario ya podrás darte por satisfecho, amigo Lester”-. Las crestas de las dos cumbres se han encapotado y sólo reconoce a la distante arista del Calvario, aquí se para a tomar decisiones inteligentes: nada de lo que ve en rededor le apetece, el viento ha empezado a soplar con estruendo y su cuerpo, diseñado para ganar espacios en pisos al nivel de su ambición ejecutiva, se niega a continuar andando.
El futuro, arriba, es un cúmulo inacabable de rocas fúnebres; lo que animaba a subir a su espíritu, temprano en la mañana, era la visión límpida de las dos pirámides unidas por rojiza ensillada, y, esa voluntad de ver hacia las cúspides acariciando el cielo azul, ha sido derrotada por las nubes y el viento insolente que sacude su pequeñez bípeda. ¡Qué manera de volverse hostil la montaña! El colorido y la gracia que le trajo el bosque de Polylepis, se han dispersado. Las diminutas flores que resisten a ras del suelo vegetal están mustias y el canto de los ruiseñores viene neutralizado por las corrientes aéreas. El ladrido de Pincho se ha tornado salvaje y le llegan aullidos de un lobo que hace sus idas y venidas entre los dos adelantados. No vislumbra relajamiento en esta soledad gris, no hay señas de humanidad en estos parajes inhóspitos, la casita verde del refugio -que le daba la idea de que puede haber gente deambulando por las cercanías- se ha esfumado también.
Las cuestiones caen por la ineludible gravedad del momento. ¿Dónde demonios andarán ese par de visionarios, resistentes a la corrosión del progreso y por ende llenos de vida silvestre? ¿Qué ven esos hombres en estas catedrales derruidas por el tiempo eruptivo? El Aqueronte, sumido en esta coyuntura, ya hubiese montado en cólera, y le habría dicho… “Oye, Lester, en vez de hacerles caso a ese par de maniáticos egoístas, hagamos la del sapo criollo, o sea lo contrario a esos dos y así vamos a ser tan astutos como ellos. Vamos al calorcito del valle ya, mira cómo arriba todo es penumbra y en cambio, abajo, todo es verdor. Como recomienda el código evolutivo de los depredadores, descendamos a cazar un par de conejos y luego los hacemos preparar en la cocina típica que pasamos. ¿Si te acuerdas, no, de la cabaña que nos invitó a deglutir roedores con papitas al vapor y salsa de queso? ¡Por Dios!, ya sabes lo bien que nos vendrá la cosa rociándola del vino Caravasar, ¿qué más se te ofrece, mi hermano… mi hermano?”.
Eso mismo quería escucharlo fuerte a pesar del aire ululante, dar media vuelta y, sin regresar a ver atrás, hacer la retirada heroica de los grandes vencidos como el Aqueronte. Con los montañeros sobran las explicaciones, se desconocen francamente a pesar de haberse conocido seis años seguidos en el colegio; eso es lo que hace tan singular e interesante este reencuentro cuando ya no les hace gracia ni tienen el deseo de mentirse ni de competir con un lenguaje vulgar, artificioso, en el juego de quién de ellos se lo está montado mejor en sus días.
No obstante que el ciudadano González finalmente aceptó en firme la invitación de Kantoborgy a salir a la montaña, realmente fue el ciudadano González quien se coló en las “salidas de engorde” de Kantoborgy. La propuesta del gótico de sacarlo al monte al ciudadano González, ha estado en pie años sin haber sido usada por el invitado ni quitada por el supuesto anfitrión. Al cabo fue el invitado quien se conectó con el montañero para incluirse en estas excursiones que ahora entiende porque éste las denomina, “salidas de engorde”. ¿Qué otra cosa pueden ser para un hombre que abrió rutas inimaginables en los montes Himalaya, batiéndose solo sobre murallas dignas del terror cósmico?
“Y bueno, Lester, haces bien en sacarlo a que se airee al chimpancé que llevas adentro”, le dijo festivo Kantoborgy cuando quedó con éste para que lo incluya en esta última escapada. Rápido se acomodó en su nivel de montañés extraño a la montaña, su sino está para bajar la cuesta desentendiéndose de la rigurosidad de la altitud.
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