October 29, 2009 | Publicado por: kantoborgy Leído 14079 veces. | Tell a Friend
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El niño dragón
Los juegos infantiles, en los que prima la imaginación, y la capacidad de cambiar la realidad, provocan un deliciosos aletargamiento, el deseo de dormir y seguir soñando lleva a Kantoborgy a recostarse en su barca tortuga; mientras el pacazo Lucio entiende que las horas de juego han llegado a su fin, también él va en busca de la orilla, trepa ágilmente haciendo buen uso de sus garras prehistóricas en la enorme piedra en forma de batea, allí descansará y recobrará la fuerza para otra batalla, la inconmensurable ola de neutrinos prodigados por el astro rey son el combustible de recarga por excelencia para sus músculos reptilianos.


Las aves del bosque regresan a sus labores, ya no hay batalla que contemplar, su trinar profundiza aún más el sueño del niño dragón, éste se sumerge en el laberinto de la inconciencia, medra entre el distorsionado universo de los recuerdos, a ratos, se sacude involuntariamente ante las imágenes de sus sueños. Entrando en la zona profunda del mundo onírico, Kantoborgy recuerda que fue hace poco, cuando se quedó dormido sobre la copa del árbol de capulí, subió a éste con un objetivo claro, trazar un mapa de los lugares por donde la familia de las Guineas, bajo el mando del ansioso gallo Culincho, deambulan en busca de camorra, pelea, sí porque desean enseñorearse sobre el resto de aves que habitan la mágica estancia, La Cuadra. Una vez llegado al punto más alto del árbol de capulí, quien todavía no era niño dragón, sintiose pesado, aplastado por una gelatinosa masa incolora, sin sabor, sin olor; sencillamente fue como salir de su universo tetra dimensional para caer en el embudo giratorio de un mundo de más dimensiones, un lugar en el cual se podría observar a las criaturas que medran en el exterior de nuestro mundo. Los habitantes de estas dimensiones se perciben con todo el sistema nervioso, los lenguajes humanos, los sonidos, las gesticulaciones son innecesarias, todo se transmite y entiende mediante la radiación electroquímica. Bajo el árbol de capulí, el cuadrúpedo grasiento llamado Fox, ladra incesantemente, siente a los que acechan en el umbral de este mundo, teme por Kantoborgy, pues éste ha caído en un profundo sueño. Fox no teme que Kantoborgy descienda como presa y se despedace en la caída, pues el árbol es muy alto, sino que teme por su escape mental, por las consecuencias de contactar con criaturas de otro mundo. La percepción del can es superior al que tiene el común de los bípedos depredadores del momento, los humanos.

Kantoborgy en su dormitar profundo sobre la copa del capulí, presiente a la criatura que ha salido del infundíbulum cronosinclástico, quien ahora lo mira desde arriba y merodea sobre su rostro y cuerpo, mientras proyecta un infinito degradé de luces turquesa, de pronto Kantoborgy abre sus enormes ojos, con ello, deja entrar la amorfa sustancia etérea, sin terror, sin espasmo, sencillamente aceptando que la naturaleza tiene sus misterios, y reconociendo que quien entró por sus ojos y tomó posesión de su instancia cerebrica, era él mismo, convencido estaba de que en sueños simplemente salió a recorrer los incomparables jardines de La Cuadra, volando a placer sobre las copas de los árboles de Pico - Pico, que generosamente le regalaban los colores de sus frutos y los aromas de sus flores, siguió volando y fue a regodearse en las ramas del enorme Nogal, que en la noche cobija a la manada de Guineas, más durante el día es la guarida del rey de los gatos, el señor Melkor de Esargoth, éste no se erizó simplemente ronroneó presintiendo el vuelo de Kantoborgy, quien acaricio el hermoso pelaje del felino.

Leonardo Vivar



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